El secreto de la modelo extraviada, de Eduardo Mendoza [05]

En El secreto de la modelo extraviada, Eduardo Mendoza regresa a una de las criaturas más reconocibles de su narrativa: ese detective sin nombre, desquiciado sólo en apariencia, cuya mirada oblicua le ha permitido radiografiar durante décadas las miserias públicas y privadas de Barcelona. Leída hoy, la novela no me parece únicamente una nueva entrega de la serie iniciada con El misterio de la cripta embrujada; la leo, sobre todo, como una variación melancólica sobre la novela negra española, un artefacto narrativo que utiliza el crimen menos para restaurar un orden que para poner en evidencia que ese orden quizá nunca existió.

El punto de partida es sencillo y eficaz. Un episodio trivial devuelve al narrador a un caso de los años ochenta: el asesinato de una modelo en una Barcelona todavía turbia, de descampados morales y poderosos intocables. Entonces él fue utilizado como cabeza de turco; ahora, más de veinte años después, decide revisar aquel expediente y reconstruir las piezas que quedaron sueltas. Esa doble temporalidad organiza el libro: por un lado, la peripecia pasada, ligada al caso criminal; por otro, la pesquisa retrospectiva, atravesada por la memoria, el desgaste y la transformación de la ciudad. No estamos ante una intriga concebida para el puro suspense, sino ante una investigación que funciona como contraste entre dos Barcelonas y, en el fondo, entre dos formas de corrupción.

La localización es decisiva. Mendoza ha hecho de Barcelona algo más que un escenario: una máquina de producir sentido. La ciudad de los ochenta, sórdida y desigual, convive aquí con la Barcelona turística, remozada y admirada, pero no necesariamente más transparente. A mí me interesa mucho ese desplazamiento. La novela sugiere que la modernización urbana no borra las viejas lógicas de abuso, sino que las recubre con una superficie más amable. En ese aspecto, Mendoza se acerca a una veta central de la novela negra: la investigación como exploración de una sociedad donde el delito no es una anomalía, sino una derivación natural de las relaciones de poder. Si Vázquez Montalbán hizo de Carvalho un intérprete crítico de la Transición y de sus simulacros, Mendoza opta por la farsa y la deformación, pero el diagnóstico de fondo no es menos severo.

Dentro del contexto de la novela negra española, El secreto de la modelo extraviada ocupa un lugar singular. No participa del realismo áspero de Juan Madrid ni de la violencia seca de Andreu Martín, aunque dialogue con ambos en su atención a la trastienda social del crimen. Mendoza trabaja desde otro registro: el de la comicidad verbal, la digresión y el disparate controlado. Su detective no es el investigador competente y desencantado de la tradición clásica, sino un superviviente excéntrico, un inadaptado que entiende el mundo precisamente porque no encaja en él. Esa anomalía del protagonista le permite al autor desmontar los protocolos del género desde dentro: hay pesquisa, hay cadáver, hay red de intereses, pero también una permanente impugnación de la solemnidad detectivesca.

El estilo narrativo es, a mi juicio, el gran argumento del libro. La voz en primera persona mantiene intacta esa mezcla tan mendociana de candidez, astucia y delirio razonador. El narrador se presenta como alguien marginal, víctima frecuente de los acontecimientos, pero su aparente desorden mental es una forma de lucidez satírica. Su sintaxis tiende a la expansión, al inciso, a la hipérbole cómica; sin embargo, esa exuberancia no entorpece la narración, sino que le da ritmo y espesor. Mendoza domina un lenguaje que parece improvisado y oral, aunque está cuidadosamente calibrado. El humor no funciona como mero adorno: introduce distancia crítica, rebaja la tentación melodramática y permite que la novela trate asuntos turbios sin caer en la gravedad enfática.

Formalmente, la estructura alterna evocación y pesquisa presente con notable fluidez. El caso avanza por acumulación de encuentros, recuerdos, equívocos y revelaciones parciales. No es una arquitectura de relojería, ni falta que le hace. En Mendoza, el desvío es parte del método. Lo importante no es sólo averiguar quién mató a la modelo, sino observar cómo cada testimonio, cada regreso a un lugar, cada reaparición de personajes secundarios recompone un ecosistema moral. La novela negra comparece aquí menos como un mecanismo de resolución que como una herramienta para leer las metamorfosis de una ciudad y la persistencia de sus zonas oscuras.

Desde una perspectiva ética y cultural, la novela plantea algo incómodo: la facilidad con que una sociedad fabrica culpables verosímiles cuando necesita proteger a los verdaderos responsables. El protagonista, por su condición de sujeto extravagante y socialmente débil, resulta perfecto como chivo expiatorio. Esa lógica no pertenece sólo al pasado del relato; tiene una resonancia plenamente contemporánea. También me parece relevante la figura de la modelo asesinada, que remite a la mercantilización del cuerpo, al cruce entre espectáculo, deseo y poder, y a la fragilidad de quienes circulan por esos espacios regidos por intereses masculinos y jerárquicos. Mendoza no convierte estos elementos en tesis explícita, pero los deja actuar bajo la superficie cómica.

Mi lectura, por tanto, es clara: El secreto de la modelo extraviada no es sólo una novela de pesquisa con humor, sino una meditación irónica sobre la memoria, la impostura del progreso y la continuidad del abuso bajo distintas máscaras urbanas. Mendoza sabe que el género negro sirve para contar crímenes, pero también para desenmascarar relatos oficiales. Y sabe, además, que la risa puede ser una forma muy seria de conocimiento.

Por todo ello, recomiendo su lectura a los lectores amantes del género: encontrarán aquí una novela negra desviada hacia la sátira, pero fiel en lo esencial a la mejor tradición crítica del policial, y escrita con una voz narrativa que sigue siendo una de las más personales de la literatura española contemporánea.

PUNTO y SEGUIDO – Marcos Gómez-Puertas

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