Daniel S. Lardon – Diario de un eterno finalista
Marzo había entrado en la ciudad con una luz nueva, todavía fría, pero ya menos hostil. En los plátanos del paseo asomaban unas yemas indecisas, y en las terrazas del centro empezaban a verse mesas ocupadas a una hora que, hasta hacía poco, pertenecía al invierno. Yo caminaba hacia la editorial con esa clase de desaliento que no nace de una desgracia concreta, sino de una costumbre. Habían aceptado mi novela, sí. Eso debería haber bastado para sostenerme unos días. Sin embargo, la cita con el editor me pesaba como si fuese a recibir una amonestación y no un gesto de confianza.
Llevaba la carpeta bajo el brazo por pura inercia, aunque sabía que no tendría que enseñar nada. Me habían llamado para hablar del texto y entregarme las correcciones. En otro momento de mi vida habría entendido aquello como la confirmación de que, al fin, algo avanzaba. Pero yo había pasado demasiados años llegando tarde a todas partes, incluso a mis propias alegrías. Un eterno finalista, pensé, con esa ironía que ya ni siquiera me servía para defenderme.
La inquietud venía de más atrás. Dos noches antes, hojeando una revista digital de escasa reputación y mucha prisa, me había encontrado con un relato firmado por otro. No era entero mío, no podía decir eso sin faltar a la verdad. Pero había párrafos, una escena central, una cadencia de frases que reconocí con la punzada física con que se reconoce una voz familiar detrás de una puerta. No se trataba solo de una coincidencia. Había allí algo saqueado: una imagen, un tono, incluso una torpeza expresiva que yo recordaba haber corregido en una versión posterior y que, sin embargo, permanecía en aquel texto como una huella dactilar.
No sabía si llamarlo robo. La palabra me parecía demasiado rotunda y, a la vez, demasiado noble para lo ocurrido. Tampoco copia. Era algo más turbio y contemporáneo: la apropiación discreta de lo que uno ha dejado en correos, en lecturas de taller, en conversaciones con gente que luego ya no recuerda de dónde sacó una idea. El manuscrito que no era mío tenía, precisamente, el peor rasgo de todos: se parecía a mí sin llegar a ser yo.
Se lo mencioné al editor nada más sentarme. El despacho olía a papel, café recalentado y una forma antigua de paciencia. El editor, un hombre de gafas finas y voz contenida, me escuchó sin interrumpirme. Luego dejó sobre la mesa el taco de folios corregidos, cruzados de anotaciones a lápiz.
—No sé si merece la pena entrar en una batalla por eso —dijo—. Lo importante es que tu novela existe, y existe con una voz propia. Lo otro, si de verdad ha ocurrido como dices, quizá solo demuestre que esa voz ya circula.
No supe si agradecerle el consuelo o rechazar la resignación implícita en aquellas palabras. Abrí el manuscrito corregido. Había marcas en casi todas las páginas, pero eran marcas limpias, sensatas, de alguien que había leído de verdad. Allí una supresión justa, allí una observación sobre el ritmo, un margen donde se sugería que el final respirase un poco más. Sentí, pese a mí mismo, una emoción sobria, casi administrativa, que a mi edad empezaba a parecerse mucho a la felicidad.
Salí de la editorial con los folios en una bolsa de cartón y llamé a Clara. Ella respondió al segundo tono. Le conté la reunión, luego el asunto del relato ajeno, y por último algo más difícil de nombrar: esa impresión de que incluso cuando las cosas salían bien, yo seguía aguardando una forma de fracaso.
Clara guardó silencio unos segundos. La imaginé junto a la ventana de su casa, con el teléfono apoyado en la mejilla y la mirada en cualquier punto del cielo de marzo.
—Te escuchas como si te hubieran condenado, no como si te fueran a publicar —dijo al fin—. Vente este fin de semana conmigo.
No respondí enseguida.
—Mi tía nos deja el apartamento de la playa —continuó ella—. Levante, mar, persianas medio rotas, cafés largos y ningún aspirante a genio cerca. Te hará bien.
Sonreí por primera vez en toda la mañana.
—No sé si me hará bien el mar o tu propaganda inmobiliaria.
—Te hará bien salir de ti un par de días —dijo Clara—. Y, con suerte, entrar en la primavera sin pedir perdón.
Camino de casa, levanté la vista. La tarde tenía esa claridad oblicua de marzo que no promete nada, pero tampoco lo niega. Pensé en el texto usurpado, en los folios corregidos, en el apartamento prestado frente a una playa todavía vacía. Pensé que quizá la vida literaria consistía también en aceptar esas pequeñas expoliaciones, siempre que uno conservara intacto el lugar desde donde escribía. Lo mío, al cabo, no eran unas frases robadas, sino la obstinación de seguir buscando una voz que, por muy imitada que fuese, seguía siendo la única casa a la que sabía volver.
Y por primera vez en mucho tiempo, la idea del fin de semana no me pareció una huida, sino una tregua.
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