París, 1871: la Comuna y la invención del miedo moderno

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Francia: ciudad, barricada, represión, mito político y disputa del relato.

París, 1871: durante setenta y dos días la capital francesa fue gobernada por una experiencia política inédita —la Comuna— que, tras su aplastamiento, dejó una huella desproporcionada respecto a su duración. La ciudad se convirtió en laboratorio urbano y, a la vez, en escenario de una pedagogía del miedo: la represión estatal y la batalla por el relato fijaron un repertorio moderno de imágenes (barricada, incendio, “peligro social”) que reaparecería en la cultura política europea.

La secuencia se sitúa en el París que sale derrotado de la guerra franco-prusiana (1870-1871). El sitio prusiano (septiembre de 1870-enero de 1871), el hambre y la humillación política precipitan la caída del Segundo Imperio y la proclamación de la República. El Gobierno de Defensa Nacional y, después, la Asamblea dominada por monárquicos se instalan en Versalles: esa distancia física y simbólica entre París y el poder central es decisiva. El detonante inmediato llega el 18 de marzo de 1871, cuando el intento gubernamental de requisar los cañones de la Guardia Nacional en Montmartre provoca una insurrección y la retirada del gobierno a Versalles. La Comuna se proclama el 28 de marzo; cae tras la “Semana Sangrienta” (21-28 de mayo), con combates barrio a barrio, fusilamientos sumarios y deportaciones.

El espacio importa aquí como dato histórico y como forma política. Los distritos del este y norte (Belleville, Ménilmontant, Montmartre) concentran una sociabilidad obrera y republicana donde la Guardia Nacional tiene arraigo; los ejes monumentales y administrativos (Tullerías, Louvre, Hôtel de Ville, Palacio de Justicia) se vuelven objetivos estratégicos y símbolos en disputa. París no es sólo marco: es actor.

La ciudad como dispositivo. La Comuna hereda y reconfigura instituciones: comités, clubes, prensa, batallones. Su administración municipal adopta medidas verificables (moratorias de alquileres, separación Iglesia-Estado, reorganización educativa, autogobierno local) que apuntan a una soberanía urbana. Esta centralidad municipal resulta clave para entender por qué el episodio se leyó como amenaza “contagiosa”: una ciudad-capital que pretende legislar sobre sí misma desafía el principio estatal de unidad.

La barricada como gramática de la insurrección. Las barricadas no son mera iconografía romántica: funcionan como tecnología defensiva en una trama de calles estrechas y barrios densos. Tras las reformas haussmannianas, algunas grandes avenidas facilitan el despliegue militar, pero la resistencia se rearticula en la capilaridad barrial. La barricada condensa tres realidades: control del territorio, visibilidad propagandística y participación popular (incluida la presencia documentada de mujeres en comités, ambulancias y, en ocasiones, combate). Su potencia formal radica en la combinación de improvisación material y eficacia simbólica.

La represión como producción de miedo. La violencia de mayo de 1871 no fue sólo punitiva: fue ejemplarizante. Las ejecuciones, los consejos de guerra, los encarcelamientos y las deportaciones (Nueva Caledonia) construyeron un mensaje: el Estado puede reconquistar la ciudad a cualquier precio. Ese “miedo moderno” no se limita al terror físico; se instala como categoría política duradera —el “comunardo” como figura del desorden—, útil para delimitar lo aceptable en la vida pública. La retórica sobre incendios y “petroleras” (mujeres acusadas de prender fuego) muestra cómo el pánico moral se articuló con el género y con la necesidad de un enemigo interno reconocible.

Mito político y disputa del relato. La Comuna fue, desde el principio, un combate de interpretaciones. Para sus adversarios, “anarquía”, “crimen” y “guerra social”; para sus defensores, ensayo de democracia radical y justicia social. La forma moderna de esa disputa se reconoce en la circulación de prensa, proclamas, memorias, informes judiciales y correspondencias; en el uso de fotografías y grabados; en la fijación de lugares de memoria (Père-Lachaise y el “muro de los Federados”). No hay neutralidad en los archivos: los fondos policiales y militares magnifican amenazas; los testimonios comuneros tienden a justificar decisiones y a elaborar martirologios. El historiador debe leer esas fuentes como documentos y como armas.

Fuentes y referencias

  • Karl Marx, La guerra civil en Francia (1871).

  • Prosper-Olivier Lissagaray, Historia de la Comuna de 1871 (1876).

  • Robert Tombs, The Paris Commune 1871 (ed. revisada, 1999).

  • Kristin Ross, Communal Luxury: The Political Imaginary of the Paris Commune (2015).

  • Jacques Rougerie, Paris libre 1871 / estudios sobre la Comuna (varias eds.).

  • David Harvey, Paris, Capital of Modernity (2003), para el trasfondo urbano.

Valentín Castro 

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