El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio

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ATLAS LITERARIO: LITERATURA DEL SILENCIO

El silencio como estética: Decir lo justo. Callar como forma de belleza


España siglo XX : El Jarama – Rafael Sánchez Ferlosio – Cátedra 2023

En El Jarama el silencio no aparece como un hueco a rellenar, sino como un dispositivo de sentido. Ferlosio escribe contra la tentación explicativa: contra la novela que ilumina a sus personajes desde dentro y organiza el mundo en torno a una tesis. Aquí lo callado no es el “no dicho” de la elipsis psicológica, sino una forma de presencia: un límite que impone condiciones a la mirada y, por tanto, a la ética de la representación. En el recorrido por las “literaturas del silencio”, El Jarama ocupa un lugar singular porque convierte la contención en método y el método en interrogación moral: ¿qué derecho tiene la novela a interpretar lo que muestra?

La operación formal más característica es la renuncia a la voz soberana. Ferlosio adelgaza la instancia narradora hasta dejarla en un plano casi técnico: registra, anota, transcribe. Esa aparente neutralidad —que en realidad es un artificio muy consciente— desplaza el centro de gravedad hacia el habla y sus ritmos. Lo crucial no es lo que “se revela” de los personajes, sino el modo en que el lenguaje los hace existir socialmente: frases hechas, muletillas, repeticiones, brusquedades, vacíos de atención. En lugar de la interioridad, la superficie sonora; en lugar del “carácter”, el uso. El silencio se incrusta entonces en dos niveles: en lo que los personajes no llegan a formular (porque no tienen palabras, o porque el medio social no las ha cultivado) y en lo que la novela se niega a completar por ellos.

La estructura refuerza esa ética de la negativa. El Jarama trabaja la duración y la atención como si fueran materias narrativas. La disposición temporal —la obstinación de un día, de unas horas— instala una forma de presente casi clausurado, sin grandes proyecciones ni retrospectivas que otorguen “sentido” desde fuera. No hay una teleología que redima la insignificancia: la novela se sitúa en el borde de lo que suele considerarse narrable y obliga a reconsiderar ese criterio. Esa elección no es meramente estética: desactiva los mecanismos clásicos de jerarquización (lo importante / lo accesorio) y expone el modo en que la literatura suele administrar relevancias. El silencio, aquí, es también silencio de la trama en el sentido tradicional: no porque no suceda nada, sino porque el texto rechaza convertir la experiencia en argumento.

El estilo intensifica la paradoja. La prosa de Ferlosio es exacta, pero no enfática; precisa, pero no subrayadora. La precisión no sirve para “embellecer”, sino para delimitar. Cuando la narración describe el entorno, lo hace con una minuciosidad que tiene algo de inventario: como si la mirada quisiera agotar lo visible sin traducirlo en símbolo. Y sin embargo esa misma negativa a simbolizar acaba produciendo, por acumulación, un efecto inquietante: el mundo aparece saturado de cosas y, a la vez, desprovisto de interpretación legítima. En ese punto, el silencio ya no es ausencia sino fricción: la fricción entre lo que se ve y lo que no se sabe decir sobre lo visto.

La gestión del diálogo es decisiva. Ferlosio no “selecciona” el habla para que suene literaria; la deja ser, con su torpeza y su circularidad. Esa fidelidad no tiene nada de costumbrismo complaciente: es una apuesta por la literalidad como problema. El habla cotidiana, con su aparente transparencia, se revela opaca: comunica sin esclarecer, reúne sin construir comunidad, llena el tiempo sin dotarlo de espesor. Se habla para estar, para sostener una pertenencia mínima, para no escuchar lo que alrededor insiste. El silencio, entonces, no se sitúa solo entre frases; está dentro del propio lenguaje, en su capacidad de evitar lo esencial mediante fórmulas, chistes, comentarios laterales. La novela no denuncia con discursos; muestra cómo una colectividad puede instalarse en una conversación que no alcanza a nombrar lo que la amenaza.

En el contexto de la narrativa española de posguerra, El Jarama suele asociarse al realismo social, pero conviene matizar: su intervención no depende de una denuncia explícita, sino de una forma. Frente a la novela que “explica” una situación histórica, Ferlosio pone en escena los límites de la conciencia disponible. En una España donde la vida pública está amputada y la palabra política resulta inviable o peligrosa, la novela registra una sociabilidad que parece intacta —una excursión, un río, una charla— y deja que la violencia de época se filtre como ruido de fondo: no en consignas, sino en una pobreza de vocabulario moral y en una resignación perceptiva. Ese es su gesto ético: no apropiarse del sufrimiento ajeno con una voz iluminada, sino mostrar la forma en que una sociedad se acostumbra a vivir sin decirse a sí misma.

Por eso El Jarama dialoga con una estética del silencio que no equivale a “minimalismo”, sino a responsabilidad. Ferlosio sospecha de la novela como aparato de sentido, y esa sospecha la convierte en técnica: reducción del comentario, insistencia en lo observable, escucha del habla sin traducción. La contención funciona como crítica de la omnisciencia. Y, al mismo tiempo, esa contención no es neutral: obliga al lector a ocupar el lugar que el narrador no ocupa, a hacerse cargo de la interpretación sin la coartada de una voz autorizada. La novela desplaza la carga ética hacia la lectura: si lo callado pesa, es porque alguien tiene que oírlo.

La singularidad de El Jarama reside, en última instancia, en su modo de producir tensión sin declararla. La tensión está en el desfase entre una superficie de ocio y una densidad latente; entre el ruido de la charla y una especie de intemperie moral. Lo que hiere no es un mensaje, sino la evidencia de un lenguaje que no alcanza. Y lo que protesta no es un grito, sino una forma que se niega a mentir: que se niega a embellecer, a psicologizar, a convertir lo vivido en parábola.

Hipótesis crítica abierta: El Jarama puede leerse como una “novela de escucha” que ensaya una ética de la representación basada en la renuncia —renuncia a explicar, a juzgar, a cerrar—, y en esa renuncia deja una pregunta activa: si la literatura calla para no usurpar la voz de su tiempo, ¿no está también señalando que el verdadero silencio, el más político, es el que una sociedad aprende a considerar normal?

REDACCIÓN, Equipo Punto y Seguido

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