Con el agua al cuello sitúa al comisario Kostas Jaritos en un umbral doble: el doméstico —la boda de su hija Katerina, celebrada “por la Iglesia” y con fanfarria, como si el rito pudiera asegurar una continuidad— y el histórico —Grecia en el verano de 2010, cuando la palabra bancarrota dejó de ser una abstracción económica para convertirse en paisaje moral. Petros Márkaris arma la novela desde esa fisura: lo privado no sirve de refugio, y lo público invade hasta el último gesto cotidiano. La intriga policial, lejos de operar como simple mecanismo de entretenimiento, funciona como instrumento de lectura del derrumbe.
El arranque es elocuente en su economía: al día siguiente de la boda, Jaritos recibe el aviso del asesinato de Nikitas Zisimópulos, antiguo director de banco, degollado con un arma cortante. El crimen se superpone a una campaña anónima contra las entidades financieras que llama a boicotear bancos y a no pagar deudas e hipotecas. La coincidencia —en novela negra, la coincidencia rara vez es inocente— activa un conflicto de interpretaciones dentro del propio aparato policial. Stazakos, jefe de la Brigada Antiterrorista, pretende encajar el homicidio en el marco del terrorismo; Jaritos, más pegado a la calle y a sus texturas, se resiste a esa lectura espectacular. Su investigación, con el apoyo de sus dos ayudantes, avanza en una Atenas tensada por protestas, recortes y un resentimiento social que ya no distingue con facilidad entre justicia y venganza.
Márkaris convierte la crisis en materia narrativa sin didactismos. La novela no “explica” la economía; muestra sus efectos: humillación, miedo, agresividad, fatiga cívica. La figura del banquero asesinado no es sólo una víctima individual: es un símbolo que el asesino instrumentaliza y que la sociedad, de forma tácita, pone a circular. Ahí aparece una de las preguntas éticas centrales del libro: ¿qué ocurre cuando el malestar colectivo necesita un rostro para descargarse? La degollación, con su violencia arcaica, parece reclamar una reparación ritual; sin embargo, la novela no concede ese consuelo. Al contrario, fuerza al lector a observar cómo la moral se recalienta —como ese “caluroso domingo”— hasta el punto de deformarse.
En el campo de la novela negra, Con el agua al cuello se inscribe en la tradición del noir social europeo, donde el caso policial es una sonda en las contradicciones de la comunidad. Es inevitable pensar en Henning Mankell, por la utilización del investigador como barómetro de un Estado que deja de proteger; o en Andrea Camilleri, por la atención a las costumbres y a la corrupción como clima, más que como excepción. Pero Márkaris se diferencia en el modo de incrustar la actualidad inmediata: no crea una Grecia alegórica, sino reconocible, casi periodística, y esa proximidad no resta densidad literaria porque está filtrada por una voz que desconfía de los discursos oficiales. En clave española, el lector puede encontrar parentescos con la novela negra de Lorenzo Silva cuando el procedimiento policial se cruza con el pulso social, o con Manuel Vázquez Montalbán por la capacidad de convertir la ciudad en argumento: no es tanto el escenario como el sistema de tensiones que determina lo posible.
La localización —Atenas y su periferia institucional: jefatura, brigadas, despachos— está escrita desde una mirada de proximidad. Márkaris conoce el valor narrativo de lo cotidiano: el tráfico, el calor, los comentarios domésticos, la conversación pequeña que revela una idea grande. Esa textura sostiene el verosímil y evita que la crisis se convierta en decorado abstracto. La novela no se limita a decir “hay recortes”; hace audible el murmullo de quienes los padecen y el cinismo de quienes los administran.
En lo formal, la voz narrativa se alinea con Jaritos: una perspectiva sobria, a ratos irónica, que no se permite lirismos ni efectismos. Esa contención es clave: en una historia donde la indignación podría desbordarse, el autor elige un registro de precisión. La estructura responde al modelo clásico de investigación progresiva, pero el interés no reside sólo en “quién lo hizo”, sino en el modo en que cada paso del caso ilumina un tramo de la degradación pública: el desplazamiento de la responsabilidad, la tentación de convertir el conflicto social en amenaza terrorista, el uso político del miedo. El lenguaje, funcional y atento al matiz, está salpicado de observaciones que actúan como pequeñas tesis: no sentencias, sino constataciones surgidas del roce con la realidad.
La lectura interpretativa más fértil de Con el agua al cuello pasa por entender el crimen como síntoma: el asesino —cuyos crímenes “apenas acaban de empezar”— no es sólo un individuo desviado, sino el producto de una atmósfera donde la violencia empieza a parecer una forma de contabilidad moral. La novela examina, sin indulgencia, la deriva que convierte el resentimiento en programa y la desesperación en permiso. Jaritos, por su parte, encarna una ética del procedimiento: insiste en investigar cuando el contexto empuja a simplificar, a etiquetar, a cerrar rápido. Esa insistencia no lo convierte en héroe; lo coloca, más bien, en una posición incómoda, que es la posición moral del noir: ver lo que otros prefieren no mirar.
El mérito de Márkaris está en sostener esa incomodidad sin convertirla en sermón. Con el agua al cuello es una novela de género que se toma en serio su tiempo: no para capitalizarlo, sino para interrogarnos sobre lo que la crisis revela de una sociedad y de sus mecanismos de culpa.
Una recomendación para su lectura por lectores amantes del género: imprescindible para quien busque una novela negra donde el caso no se agota en la resolución, sino que deja al descubierto la economía moral de una ciudad al límite.
REDACCIÓN por PUNTO Y SEGUIDO



