El problema de todo este rollo de lo woke es que te quiere obligar a renunciar al concepto de «verosimilitud» en la ficción, esto es, que lo que ves intenta ser lo más fidedigno a lo que probablemente fue, siquiera cuando se trata de series o películas con transfondo historico. El argumento es que no debes fijarte en el color de la piel de los personajes o sus rasgos porque toda interpretación en puridad es un ejercicio de fantasía. De ese modo, si puedes aceptar que Marlon Brandon interprete Marco Antonio a pesar de lo poco o nada que se asemejaba éste a los bustos de Marco Antonio que han llegado hasta nuestro días, también podrías, y sobre todo deberías, aceptar que Napoleón pudiese ser interpretado, a saber, por Forest Whitaker. Al fin y al cabo, en ambos casos lo de menos es la verosimilitud, lo que que importa de veras es la interpretacion. Por lo que, de la misma manera que nadie le cabe duda acerca de la excelencia de la actuación de Marlon Brandon como Marco Antonio en la película Julio Cesar de 1953, tampoco habría que esperar lo contrario de una nueva versión de Napoleón con Whitaker como protagonista; peor que la de Joaquin Phoenis no va a ser, desde luego.
Sin embargo, no cuela, no, porque la dichosa verosimilitud no se mide tanto por el parecido con la hipotética realidad histórica como por el propósito de querer parecerlo. Y es precisamente eso lo que salta por los aires cuando en las series y películas históricas de nuestra época aparecen actores que dicen «racializados», y en especial «negros» para no andarnos con remilgos, en escenarios en los que todos sabemos que la diversidad «cutánea» no corresponde a lugares y momentos históricos como podría ser la Rusia de los Zares o la Viena imperial de Mozart.
Pero claro, lo que la cosa woke te pide es que renuncies a tus pejigueras historicistas en pro de una mayor integración de los actores llamados de color, que de no hacerlo contribuyes a que estos partan en desventaja respecto a sus colegas caucásicos dado que todavía hoy en día la mayoría de las ficciones históricas siguen ambientadas en la vieja Europa. Claro que este es un argumento que se cae por su propio peso cuando, por pocas que sean, algunas de esas ficciones sí tienen como protagonistas a personajes históricos «racializados». Dicho de otra manera, la que se montaría si, por lo que fuera, el actor que interpretara una serie sobre Louis Armstrong, Mao Tse Tung o Cuathemoc, fuera un blanquito. Sería, sin ir más lejos, racismo a la inversa. Sí, ni más ni menos como lo fue en su época con el blackface de The Black Singer en 1927, o esa infame en la que John Wayne hace de Ghengis Khan en The Conqueror en 1956.
En fin, un puto despropósito, como el de ver las calles de la Viena imperial del XVIII a rebosar de gente de color, negroides y mongoloides por doquier para más señas, y además de todo tipo y condición. Vamos, que por momentos pierdes la noción del lugar y el tiempo, y en vez de estar en la Viena del XVIII, piensas que estás en una ciudad cualquiera de las colonías españolas, inglesas o francesas de las Américas. Y no, claro que también podía haber y habría gente de «color» en la centroeuropea Viena del XVIII; pero, seguro que no tanta como si se tratara de la Nueva Orleans, La Habana o el Puerto Príncipe del mismo siglo.
En resumen, que lo inaceptable de la cosa woke reside sobre todo en pretender que los amantes de la verosimilitud histórica comulguemos con ruedas de molino en favor de un supuesto ejercicio de abstración cronológica para no pecar de racismo intrínseco. Vamos, que si es por dar más oportunidades a actores «racializados», pues entonces más ficciones sobre genios «racializados» del blues o el jazz o de cualquier otra disciplina artística, sanguinarios conquistadores surgidos como de la nada de las estepas asiáticas, imperios olvidados del África subsahariana al estilo del de Songhai en el XVI-XVII, civilizaciones prehispánicas con más o menos gusto por la carne humana y así todo por el estilo. Además saldríamos ganando todos, porque, la verdad, qué hartito está también uno de cómo se repiten en la ficción historias o personajes que tienen ya más de una versión a cuestas, tipo la enésima versión de El Conde de Montecristo, el puto Robin Hood, todas las de nazis y en ese plan.
© Txema Arinas



