El colgajo
El colgajo se incorpora a LECTURAS ESENCIALES no por el acontecimiento que lo origina —que ya pertenece a la Historia—, sino por la solución literaria que Philippe Lançon encuentra para narrar lo casi innencionable: una autobiografía sin sentimentalismo, construida desde la disociación narrativa (el yo que observa y el yo herido, a veces separados por una distancia clínica) y desde un ritmo suspendido que no “corre” hacia la explicación, sino que se detiene donde el trauma obliga a detenerse. Es un libro ejemplar para entender cómo la escritura puede reconstruir un yo sin falsearlo, y cómo el lenguaje —cuando no se entrega al consuelo fácil— se convierte en resistencia ética y forma de conocimiento.
Una voz que se niega al “relato de superación”
La primera operación formal de Lançon es una decisión de tono: mantiene la frase a ras de suelo, con una prosa que parece llana pero está medida con precisión. Ese tono mesurado no es frialdad: es un modo de impedir que el texto se transforme en un memorial de autocelebración o en un catálogo de efectos. En la escritura de trauma hay una tentación recurrente: la de forzar la emoción para que el lector “sienta” lo que el autor vivió. Lançon hace lo contrario: confía en que la emoción surja de la exactitud, no del subrayado.

Aquí la “autobiografía” no busca fabricar un personaje admirable, sino registrar una experiencia límite sin traicionarla. Por eso el yo narrador aparece a menudo como un sujeto fracturado: periodista, paciente, superviviente, testigo, cuerpo intervenido, voz que vuelve poco a poco a ser voz. Esa fragmentación no se exhibe como truco; se vuelve la condición misma de la enunciación. La pregunta no es “¿qué me ocurrió?”, sino “¿quién habla ahora, desde qué lugar, con qué derecho?”. El libro avanza con esa inquietud moral de fondo: escribir no como descarga, sino como responsabilidad.
Disociación narrativa: el yo como campo de batalla
El motivo técnico —la disociación— no es un adorno interpretativo: es la arquitectura íntima del libro. Lançon narra como si tuviera que negociar cada frase con un cuerpo que ya no le pertenece del todo, con una memoria que se defiende a sí misma mediante cortes, nieblas, desplazamientos. La disociación aparece en el modo de mirar(se): el narrador observa al paciente casi como a un tercero, describe protocolos médicos, rutinas, gestos, y esa mirada externa funciona como protección, pero también como método.
Esa distancia produce un efecto peculiar: el lector no entra en una “confesión”, entra en una zona de trabajo. La experiencia traumática se presenta como algo que exige herramientas —y el lenguaje es una de ellas—, no como algo que pide aplauso compasivo. La identidad, aquí, no es un bloque: es una serie de reajustes. En lugar de continuidad biográfica, hay reconstrucción. En lugar de “ser el mismo”, aparece la tarea de aprender a habitar un cuerpo distinto y, por extensión, un mundo que ya no se percibe igual.
El ritmo suspendido: la temporalidad del hospital y la ética del tiempo
La segunda gran operación formal es el ritmo. El colgajo se escribe desde una temporalidad hospitalaria: intervenciones, esperas, sedaciones, pruebas, rehabilitación. En un libro menos riguroso, esa materia podría derivar hacia la repetición o el melodrama. Lançon convierte esa lentitud en una poética del tiempo: el relato se suspende, se reanuda, vuelve atrás, se concentra en un detalle mínimo y, de pronto, abre un pasillo hacia la memoria cultural o hacia una reflexión estética.

El resultado es una prosa que no se organiza por el suspense de “qué pasará”, sino por el espesor de “qué significa esto que ocurre, cómo se piensa, cómo se dice”. El trauma desordena el tiempo: lo fragmenta, lo estira, lo contrae. La forma del libro reproduce esa experiencia sin teatralizarla. Y ahí está su enseñanza: no se trata de imponer un ritmo “novelesco” a lo vivido, sino de encontrar el ritmo moralmente adecuado a la verdad del estado en que se escribe.
El cuerpo como texto: mandíbula, voz, materialidad del yo
La dimensión física —la reconstrucción de la mandíbula, el aprendizaje de una nueva relación con la alimentación, el habla, el dolor— no aparece como simple descripción médica. Lançon trabaja el cuerpo como problema estético y núcleo filosófico: ¿qué sucede con la identidad cuando la cara, la voz, los gestos —eso que nos devuelve el espejo y nos reconoce el otro— quedan alterados? El título mismo concentra esa tensión: el “colgajo” nombra una técnica reconstructiva, pero también sugiere una condición existencial: algo que pende, que queda entre, que no termina de encajar en la idea previa de uno mismo.
La escritura, entonces, se convierte en el lugar donde el yo se recompone sin negar la herida. Hay una honestidad particular en esa mirada: el cuerpo no es alegoría bonita, es materia. Y, sin embargo, esa materia obliga a pensar el lenguaje como prolongación del cuerpo: recuperar el habla no es solo recuperar una función; es recuperar una posición en el mundo.
Estructura: crónica, memoir y ensayo sin confundir géneros
Uno de los logros del libro está en cómo cruza registros sin deshilacharse. Hay página de crónica —la atención al entorno, a París, a Francia, a la atmósfera pública tras el atentado—; hay memoir —la vida que se reordena desde un antes y un después—; y hay ensayo —las lecturas, la música, el arte, las reflexiones sobre el tiempo, la escritura, la violencia, la amistad, la fragilidad. Pero Lançon no mezcla por eclecticismo; mezcla porque la experiencia lo exige: el trauma no se deja encerrar en un único género.
Esa estructura híbrida aporta algo esencial: impide que el libro se reduzca a “testimonio” en el sentido estrecho. El testimonio está, claro, pero lo que se propone es comprender: iluminar zonas de sombra, cercar un misterio sin prometer resolverlo. La cultura —las referencias, las lecturas, la memoria artística— funciona como respiración del texto, no como adorno erudito. Es una forma de decir: sigo aquí, y sigo pensando.
Contexto ético: la violencia política y el peligro de las consignas
El atentado a Charlie Hebdo (7 de enero de 2015) impuso a Europa una discusión cargada de consignas: libertad de expresión, blasfemia, laicidad, miedo, polarización. Lançon escribe desde dentro de esa onda expansiva, pero evita el panfleto. No porque rehúya la cuestión, sino porque sabe que el lenguaje, cuando se entrega a la consigna, pierde precisión y humanidad. El libro se sitúa en un lugar difícil: no abdica de la dimensión pública, pero se niega a convertir la experiencia personal en munición retórica.
Esa postura es ética y estética a la vez. Ética, porque respeta a los muertos y a los vivos sin utilizarlos como argumento. Estética, porque entiende que la literatura —si quiere decir algo verdadero— debe resistir la simplificación. En tiempos de frases hechas, El colgajo propone un modo de hablar donde cada palabra parece ganada a pulso.
Por qué es “esencial”: una lección de distancia, montaje y pudor expresivo
En una sección como LECTURAS ESENCIALES, este libro ocupa un lugar por su valor de taller: enseña a escribir desde la herida sin convertir la herida en espectáculo. Su magisterio no está en una frase memorable aislada, sino en el conjunto de decisiones: distancia narrativa, ritmo suspendido, montaje de materiales, rechazo del sentimentalismo y reconstrucción del yo como tarea lenta y veraz.
En suma, El colgajo recuerda que escribir puede ser una forma de volver a existir sin falsificarse. Y que la literatura, cuando se toma en serio, no consuela: clarifica.
Una recomendación para su lectura por escritores en ciernes.
Si estás empezando a escribir, lee El colgajo con lápiz: no para buscar “frases bonitas”, sino para observar cómo Lançon dosifica la emoción, cómo sostiene la distancia sin apagar la intensidad, y cómo convierte el ritmo —la pausa, la espera, el rodeo— en una herramienta narrativa. Es un manual implícito sobre cómo narrar el trauma sin traicionarlo: con pudor, precisión y una confianza radical en que el lenguaje, cuando se afina, puede ser una forma de resistencia.
Dotada de un ritmo magistral y repleta de poderosas imágenes y reflexiones que la convirtieron, con razón, en una de las obras fundamentales de 2018 en Francia. La única manera de entender algunas cosas es ponerlas por escrito. Quizá al final no se consiga desentrañar por completo el misterio, pero sí iluminar las zonas de sombra a su alrededor. Eso es lo que se ha propuesto y logrado Philippe Lançon en este libro memorable, mezcla de crónica, memoir y gran literatura. Con una prosa llana y un estilo depuradísimo, Lançon nos ofrece en El colgajo un vastísimo retrato de su vida —de París, de Francia, del mundo— después de haber sobrevivido al terrible atentado de Charlie Hebdo del 7 de enero de 2015. Ese retrato, que es necesariamente una reconstrucción, corre paralelo a otras reconstrucciones: la de su mandíbula —destrozada por una bala— y la de su nueva vida después de aquella mañana. Porque ¿cómo es posible vivir después de haber sufrido un atentado, uno en el que tantos compañeros y amigos han perdido la vida? ¿Qué supone seguir viviendo cuando se ha estado en el infierno en la tierra? ¿No es eso también una condena? Con un tono mesurado, lleno de reflexiones sobre el paso del tiempo, sobre las personas que fuimos y las que seremos, Philippe Lançon traza una estupenda cartografía emocional del individuo.
Punto y Seguido



