Un barco cargado de arroz, de Alicia Giménez Bartlett (06)

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En Un barco cargado de arroz, Alicia Giménez Bartlett vuelve a situar a Petra Delicado en el centro de un caso que, bajo su apariencia de suceso urbano, funciona como un dispositivo de lectura social. El hallazgo del cadáver de un mendigo en un banco de parque activa un automatismo interpretativo: la hipótesis cómoda de la violencia de bandas de cabezas rapadas. Pero la novela se sostiene precisamente en la negativa a aceptar esa explicación como cierre. Petra —y, en paralelo, su inseparable Fermín Garzón— entienden que el crimen no es un punto de llegada, sino una grieta por la que asoma una trama de intereses, prejuicios y jerarquías.

El resumen argumental puede enunciarse con sobriedad: una muerte aparentemente “menor” abre una investigación que desciende a los márgenes (la intemperie, los invisibles, los que sobreviven de residuos y de relatos) y, al mismo tiempo, asciende hacia instancias socialmente respetables. En ese movimiento de vaivén radica el pulso del libro: la ciudad —Barcelona, con su mezcla de modernidad exhibida y desamparo persistente— aparece como un tablero donde las víctimas no son solo individuos, sino posiciones. La imagen del “barco cargado de arroz” condensa esa poética del deseo mínimo: no es un símbolo grandilocuente de utopía, sino la forma que adopta la esperanza cuando ya solo queda la imaginación como propiedad privada.

En el contexto de la novela negra, Giménez Bartlett trabaja una tradición muy reconocible: el policial como exploración del tejido moral de una comunidad. La línea que va de Manuel Vázquez Montalbán a Lorenzo Silva —pasando por Andreu Martín— ha usado el caso criminal para iluminar el reverso de las ciudades democráticas: desigualdad, corrupción de baja intensidad, violencias que se vuelven rutina. Un barco cargado de arroz se inscribe en esa familia, pero con un énfasis particular: la mirada no se queda en el cinismo ni en la nostalgia, sino en la fricción cotidiana entre el deber profesional y la conciencia. Petra no investiga solo para “resolver”, sino para comprender qué se le está pidiendo que normalice.

Las cuestiones culturales y éticas aparecen desde el primer malentendido: atribuir el crimen a un tipo de agresor “esperable” (los rapados) sirve para tranquilizar a la sociedad, pero también para ocultar responsabilidades más incómodas. La novela problematiza esa necesidad de relato sencillo, tan útil para los titulares y tan letal para la verdad. ¿Qué vidas se consideran prescindibles? ¿Qué muertes se archivan con prisa? En el trasfondo, se dibuja un paisaje de exclusión donde la pobreza no es solo carencia económica, sino pérdida de estatuto narrativo: nadie cuenta la historia del mendigo salvo cuando su cuerpo obliga a hacerlo.

El estilo narrativo de Alicia Giménez Bartlett —seco, atento al diálogo, con una ironía que no busca el chiste sino el matiz— sostiene esa dimensión crítica sin convertirla en proclama. La voz de Petra (en primera persona, confesional pero controlada) permite que la investigación se lea como un itinerario mental: hipótesis, dudas, impaciencia, culpabilidad, destellos de lucidez. No hay una neutralidad aséptica: la narradora está implicada, y esa implicación, lejos de debilitar el procedimiento, lo humaniza. El lector no recibe un informe policial, sino el registro de una conciencia que trabaja.

En lo formal, la estructura responde al modelo del procedimiento con variaciones domésticas: entrevistas, visitas a escenarios, reconstrucciones parciales, y, entre medias, la vida privada como zona de interferencia. La “agitada vida sentimental” de Petra no funciona como adorno, sino como contrapunto ético: el caso la obliga a medir su propio lugar en una ciudad que clasifica a las personas según su utilidad. En el caso de Garzón, las contradicciones familiares introducen un segundo espejo: el policía que parece más tradicional contiene fisuras que complican cualquier caricatura. La pareja investigadora —con su juego de tirantez y complicidad— encarna una ética del desacuerdo: pensar juntos no significa pensar igual.

El lenguaje se mueve entre la precisión profesional y la oralidad urbana. Alicia Giménez Bartlett confía en el diálogo como herramienta de caracterización y como motor de avance narrativo. Cuando la trama “tira de los hilos”, lo hace mediante voces: testimonios, coartadas, silencios. Esa elección no es inocente: si el tema de fondo es la invisibilidad, la novela devuelve presencia a través de la palabra, incluso cuando esa palabra llega distorsionada por el miedo o la vergüenza.

Una lectura interpretativa posible —y, a nuestro juicio, central— es entender la novela como un examen de los mecanismos de atribución moral. No se trata solo de quién mata, sino de cómo una sociedad decide a quién culpar primero y a quién disculpar después. El mendigo representa un extremo: alguien de quien se espera que desaparezca sin ruido. La investigación, en cambio, obliga a producir ruido: a interrumpir la comodidad de los relatos prefabricados. En esa interrupción, la novela negra cumple aquí su función más fértil: incomodar el reparto habitual de la empatía.

Sin alardes, Un barco cargado de arroz propone que la verdad no es un objeto limpio que se encuentra, sino una relación conflictiva con la realidad social. Petra Delicado no se limita a desenmascarar a un culpable; pone en evidencia el entramado de indiferencias que hace posible el crimen. Y esa es, quizá, la forma más contemporánea de la negrura: no la del asesino excepcional, sino la de una normalidad que aprende a mirar hacia otro lado.

Para quienes leen novela negra buscando algo más que el artificio del enigma, Un barco cargado de arroz ofrece una investigación que avanza con ritmo y, a la vez, obliga a mirar la ciudad desde sus zonas menos visibles. La pareja Petra Delicado–Fermín Garzón sostiene la tensión con un diálogo vivo, inteligente, sin golpes de efecto, y la trama se despliega desde un crimen aparentemente menor hasta un entramado que interpela prejuicios y jerarquías sociales. Es una lectura especialmente recomendable para quienes disfrutan del policial de corte realista, atento a los matices morales y al retrato de época, donde la resolución importa tanto como lo que queda al descubierto sobre cómo se reparte la compasión —y la culpa— en una comunidad.

REDACCIÓN

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