Por amor al arte, de Andreu Martin (06)

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En Por amor al arte, Andreu Martín sitúa la intriga donde la novela negra suele encontrar un filón especialmente productivo: en el punto de fricción entre dinero, prestigio y violencia. El arranque —un industrial catalán, Jorge Puiggrán, encarga a Daniel Ponce la recuperación discreta de tres Picassos robados— no es solo un motor argumental, sino una declaración de intenciones: el arte como mercancía y como pantalla. A partir de ahí, la pesquisa se complica con un sospechoso improbable, dos extranjeras asesinadas y una fauna de artistas conceptuales que, entre orgías y teorías sobre “la esencia de la creación”, dibujan un submundo tan ridículo como inquietante. La novela no se limita a acumular peripecias: explora, con mala leche y precisión, cómo la cultura puede convertirse en coartada de impunidad.

Resumen argumental sin destripar la maquinaria

Daniel Ponce es “pintor metido a detective, o al revés”: la ambivalencia no es un chiste, sino el eje de su mirada. Cínico, venal si hace falta, poco dado a heroicidades, acepta el trabajo porque hay dinero y porque el encargo exige discreción: que el robo de los Picassos no trascienda. La investigación lo empuja a un circuito donde coleccionistas, intermediarios, galeristas y supuestos vanguardistas se rozan con la misma familiaridad con que se reparten favores. El caso se bifurca: al robo se le superpone el hallazgo de dos mujeres extranjeras asesinadas, y el relato va tensando la conexión entre ambos hilos. Como en la mejor tradición del género, la pregunta deja de ser “quién lo hizo” para convertirse en “quién puede permitirse hacerlo” y “qué se compra, exactamente, cuando se compra silencio”.

Contexto y localización: una Cataluña reconocible, no turística

Aunque el libro no necesita postales, el marco catalán es decisivo. El cliente industrial encarna una burguesía que quiere preservar su imagen y su capital simbólico con la misma diligencia con que protege el patrimonio. Frente a ella, la “red de artistas conceptuales” —de “dudosa respetabilidad”— permite a Martín desplegar una sátira de la bohemia profesionalizada: el margen como decorado, la transgresión como etiqueta. La ciudad (y, por extensión, su ecosistema cultural) aparece como un tablero de circulación: de los espacios de la riqueza a los de la noche, de la respetabilidad pública a los sótanos del deseo y la trampa. No es una Barcelona de estampita, sino una urbe funcional a la lógica negra: lugares que sirven para negociar, ocultar, sobornar o desaparecer.

Comparaciones literarias: una veta propia dentro del hard boiled español

El planteamiento dialoga con una tradición reconocible. El detective descreído, con brújula moral variable, remite a la escuela hard boiled anglosajona (Chandler y Hammett, sobre todo en la manera de entender la investigación como descenso por estratos sociales). En el ámbito español, el contraste con Vázquez Montalbán resulta inevitable: donde Carvalho metaboliza la realidad con un escepticismo melancólico e intelectualizado, Martín tiende a una sequedad más inmediata, más de calle, menos dada a la digresión ensayística. También puede ponerse en conversación con Juan Madrid, por esa atención a los mecanismos del poder y a la violencia como moneda corriente, pero Por amor al arte introduce un giro específico: el mundo del arte como escenario criminal, lo que lo acerca a la novela negra que usa un “sector” —finanzas, política, medios— para radiografiar una ética colectiva.

La sátira de los artistas conceptuales, además, entronca con una línea europea más corrosiva (piénsese en el polar francés cuando apunta a las imposturas culturales), aunque Martín no necesita solemnizar el diagnóstico: le basta con mostrar cómo la retórica de la “creación” puede convivir con prácticas predatorias sin despeinarse.

Cuestiones culturales y éticas: el arte como coartada y el cuerpo como daño colateral

El corazón ético del libro está en el cruce entre dos economías: la del arte (valor, firma, autenticidad, circulación clandestina) y la del cuerpo (deseo, explotación, violencia). Los Picassos son el señuelo perfecto porque condensan capital económico y simbólico: no se roba solo un objeto, se roba una posición. Recuperarlos “antes de que el asunto pase a ser de dominio público” revela la prioridad real: no la justicia, sino el control del relato. La novela negra, cuando funciona, muestra que el crimen no es una anomalía sino un síntoma; aquí, el síntoma es la gestión privada de lo público: influencias, reputaciones, silencios comprados.

La aparición de dos extranjeras asesinadas desplaza la atención hacia una violencia menos “noble” que el robo de arte, menos susceptible de convertirse en anécdota de salón. Martín obliga a leer el contraste: la urgencia por los cuadros frente a la banalización del daño sobre vidas periféricas. Hay también una crítica cultural a la impostura: la comunidad artística que teoriza sobre la creación mientras practica una sociabilidad de exceso y jerarquía, donde el “escándalo” se administra como capital. No es tanto un ajuste de cuentas con el arte contemporáneo como una disección de sus usos sociales cuando se vuelve marca y blindaje.

Estilo narrativo y elementos formales: eficacia, ironía y velocidad

Martín escribe novela negra con un sentido fuerte de la función narrativa: cada escena empuja, revela o tensa. El personaje de Ponce permite una voz adecuada al género: una mirada entrenada para desconfiar, para medir el precio de cada gesto, para detectar la hipocresía sin necesidad de discursos. La ironía —la definición misma del protagonista, “pintor y detective”— actúa como método: el libro se lee como una investigación y como una burla amarga de los ambientes que pretende retratar.

En lo formal, la estructura responde a la lógica del caso que se ensancha: del encargo aparentemente acotado (tres Picassos) a una trama donde el robo se contamina de sangre y de relaciones opacas. Esa expansión es típica de la novela negra social: la pesquisa no conduce a una verdad limpia, sino a una red. El lenguaje, por lo que deja entrever el planteamiento, trabaja con registros contrastados: el habla pragmática del investigador frente a la jerga y la grandilocuencia de ciertos artistas. Ese choque de dicciones no solo da ritmo; funciona como comentario cultural. Allí donde unos hablan para aclarar, otros hablan para nublar.

La narración evita el “misterio de salón”: importa menos el truco que la textura del mundo. Martín suele privilegiar el diálogo y la acción directa, con escenas que se sostienen por tensión y por observación de conductas; esa economía de medios encaja con una novela que no quiere embellecer su materia, sino exponerla. La violencia, cuando aparece, no necesita recrearse: pesa por lo que implica, no por su exhibición.

Lectura interpretativa: el amor al arte como forma de corrupción

El título es una trampa deliberada. “Por amor al arte” suena a gratuidad, a gesto desinteresado. La novela lo invierte: aquí casi todo tiene precio, y lo que se declara “amor” suele ser interés. El arte, en lugar de elevar, sirve para ordenar el mundo: decide quién entra, quién manda, quién queda impune. Y el detective-artista —o artista-detective— encarna la contradicción central: alguien que conoce la promesa del arte (su potencia simbólica) pero vive en la intemperie de sus transacciones. Ponce investiga un robo, sí, pero también investiga una pregunta más incómoda: qué tipo de sociedad necesita convertir la cultura en blindaje y la transgresión en negocio.

La sátira de la red conceptual no pretende negar la creación, sino señalar su parasitaje cuando se convierte en coartada de poder. En ese sentido, Martín hace novela negra en estado puro: no ofrece consuelo moral, sino un mapa de complicidades.

Una recomendación para su lectura por lectores amantes del género: ideal para quienes buscan una novela negra ágil y sin concesiones, donde la investigación sirve para radiografiar un ecosistema —el del arte como mercancía y coartada— y en el que el cinismo del investigador no es pose, sino método de supervivencia.

Redacción. Punto y Seguido 

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