Entre el caos y la forma: una novela sobre los bordes de la narración
Hay libros que se enfrentan directamente con la gramática del pensamiento. Que no se limitan a contar una historia, sino que fuerzan al lenguaje a desbordarse, a estallar contra los bordes de la frase, la estructura o incluso el sentido. Melancolía de la resistencia, del escritor húngaro László Krasznahorkai, es una de esas obras que obligan a la lectura a dejar de ser cómoda, lineal o previsible. No solo por lo que dice, sino —y sobre todo— por cómo lo dice. Por eso mismo, su inclusión en nuestra sección lecturas esenciales no responde únicamente a su calidad literaria indiscutible (que la tiene), sino a su capacidad para reformular, desde dentro, las reglas mismas de la escritura narrativa.
Editada en español por Acantilado y traducida con admirable precisión por Adan Kovacsics, Melancolía de la resistencia no es una novela de fácil digestión. Es densa, oscura, laberíntica. Pero precisamente por eso resulta tan fecunda para quien se acerque a ella con la paciencia y la entrega que exige —y recompensa—. Es una obra que rompe sin destruir, que deforma sin perder el rumbo, que genera caos con una arquitectura tan firme como invisible. En ella, el lector se ve sumergido en un mundo pesadillesco y desolado, donde la lógica racional se ve sustituida por una lógica interna, subjetiva, inapelable. El estilo de Krasznahorkai, radical en su ejecución, es también un modo de pensar. O mejor: de hacer pensar.
Una sinfonía en un solo acorde
A primera vista, la trama de la novela puede parecer sencilla: una pequeña ciudad húngara, sumida en una atmósfera de tensión y de espera; la llegada de un extraño circo que trae consigo una misteriosa atracción —un enorme cadáver de ballena—; un grupo de personajes anodinos que, atrapados en su propio letargo existencial, asisten al progresivo desmoronamiento del orden establecido; y un estallido de violencia tan absurdo como inútil. Pero este argumento mínimo no es más que una excusa. Porque lo que realmente importa en Melancolía de la resistencia no es la historia que se cuenta, sino el modo en que se despliega ante nuestros ojos —o más bien, en nuestros oídos y pensamientos—.
Krasznahorkai escribe como si cada frase fuera una respiración contenida. Largas, larguísimas oraciones —algunas de más de diez páginas— se suceden con una puntuación escasa pero quirúrgica. El ritmo es hipnótico, envolvente, hasta agobiante en ciertos momentos, como si el narrador —omnisciente y asfixiante— arrastrase al lector consigo por una espiral de pensamiento que nunca se detiene del todo. Hay en esta cadencia una deliberada renuncia a la pausa. La lectura se convierte en un flujo continuo, en un río turbio que no permite detenerse a contemplar el paisaje. Y sin embargo, no hay desorden. Hay una precisión insólita en esa forma de narrar, una especie de música subterránea que ordena lo aparentemente caótico.
Este recurso no es gratuito: es parte del mecanismo emocional de la novela. El lector, sometido a esa prosa torrencial, siente en su cuerpo la misma opresión que viven los personajes. Una ciudad sin nombre, decrépita y absurda, se convierte en el espejo deformado de nuestras propias sociedades contemporáneas, donde las decisiones no parecen responder a ninguna lógica, y donde el miedo y la inercia sustituyen a la voluntad y a la razón.
El narrador como prisión
Una de las claves técnicas más fascinantes de esta obra reside en el uso del punto de vista. El narrador no es neutral: posee una cadencia propia, un modo de pensar que impone sobre los acontecimientos una lectura única. Más que contar, piensa. Reflexiona, digiere, asocia. Y lo hace en una especie de monólogo indirecto libre continuo, en el que se mezclan sin transición la percepción de los personajes con la voz narrativa, dando lugar a una suerte de pensamiento colectivo —implacable, melancólico, lúcido— que atrapa al lector sin que este se dé cuenta. La novela nos obliga a pensar desde dentro del narrador. No hay distancia posible.
Este narrador-mente funciona como una cárcel: reduce la pluralidad del mundo a su propia lógica. Y es ahí donde reside su fuerza. Porque en Melancolía de la resistencia, la melancolía no es una emoción pasajera, sino un estado permanente. Todo en esta novela está teñido por una sensación de derrota anticipada, de fracaso inevitable. Incluso los momentos de rebelión, de estallido, de ruptura, se ven atravesados por la certeza de que nada va a cambiar, de que el orden se reconstituirá sobre sus propias ruinas, igual o peor que antes. No hay catarsis, no hay redención. Solo una ironía amarga, casi cruel, que nos recuerda que la historia avanza más por repetición que por transformación.
Entre la sátira y el apocalipsis
A pesar de su tono grave, esta novela está atravesada por un humor ácido, casi grotesco, que recuerda por momentos a Kafka o a Beckett. Los personajes —la señora Eszter, un ama de casa que desea imponer un nuevo orden moral; el profesor Valuska, ingenuo y patético profeta del caos; el director del circo; los habitantes zombificados del pueblo— parecen salidos de una pesadilla burocrática. No son individuos, sino figuras, síntomas de una descomposición más profunda. Sus acciones no tienen consecuencias, sus ideas no generan cambio. Son, como el título sugiere, meros resistentes melancólicos, atrapados en un tiempo que ya no les pertenece.
Krasznahorkai construye así un retrato implacable de la Europa del Este poscomunista, pero sin caer en la denuncia política directa. Lo suyo es más complejo: una radiografía existencial de la decadencia, del absurdo y de la impotencia. Y en este sentido, Melancolía de la resistencia se inscribe en una tradición de novelas apocalípticas, pero sin catástrofe final. Aquí el apocalipsis no es un evento, sino una atmósfera. Una forma de vida.
Ritmo, sintaxis y sentido
Es imposible hablar de esta novela sin detenerse en su estilo. Como ya se ha dicho, una de sus marcas más características son las frases extensas, con escasos signos de puntuación. Pero no se trata de una experimentación vacía. La puntuación, aunque mínima, está perfectamente calculada. Krasznahorkai logra un equilibrio casi milagroso entre fluidez y tensión. Las oraciones avanzan como pensamientos, se expanden, se ramifican, vuelven sobre sí mismas, pero nunca pierden del todo el hilo conductor. Es como si el lenguaje estuviera al borde del colapso, pero resistiera. Como si la sintaxis fuera una forma de heroísmo.
Esto convierte la lectura en un acto físico. No se puede leer esta novela a saltos, ni en tramos cortos. Hay que entregarse, dejarse llevar, aceptar la lógica del texto. Y es ahí donde se produce el milagro: cuando uno se sumerge en ese ritmo, empieza a comprender. No necesariamente lo que sucede (que a veces es irrelevante), sino el clima, la atmósfera, el tono. Se entra en sintonía con el mundo interno de la narración, que es, en última instancia, lo que más importa en esta obra.
Para quien estudie literatura o desee explorar los límites de la narración, este libro es un caso ejemplar. No solo por su forma, sino por su capacidad de sostener esa forma durante casi cuatrocientas páginas sin perder fuerza, sin caer en la repetición vacía. Es un ejercicio de resistencia también para el autor, que demuestra aquí un dominio absoluto de los recursos estilísticos. Y para el lector, por supuesto, que debe aprender a leer de otra manera. Más lenta, más profunda, más atenta.
Una alegoría del presente
Más allá de su dimensión técnica o estilística, Melancolía de la resistencia puede leerse también como una gran alegoría contemporánea. Una novela que, bajo su apariencia de fábula centroeuropea, habla de nosotros, de ahora, de este presente en el que los sistemas se descomponen, las ideologías se disuelven y las respuestas políticas se reducen a gritos vacíos o gestos de fuerza. Krasznahorkai no da soluciones. No hay héroes en su relato. Ni siquiera hay víctimas claras. Hay un mundo gris, inerte, donde el caos y el orden se alternan sin sentido.
Y, sin embargo, en medio de esa oscuridad, hay algo que se mantiene: la palabra. La escritura como forma de resistencia. La literatura como espacio donde aún se puede pensar, donde aún se puede articular una visión del mundo, aunque sea melancólica, aunque sea derrotada. En este sentido, el título de la novela no es solo descriptivo, sino programático. Hay una resistencia en el acto de escribir así. Y también en el acto de leerlo.
Una lectura ineludible
Incluir Melancolía de la resistencia en esta sección no es una recomendación ligera. Es una advertencia y una invitación. Advertencia porque se trata de una lectura exigente, que puede incluso resultar frustrante si se aborda sin preparación. Pero invitación también, porque quien cruce ese umbral se encontrará con una obra mayor, una de las cumbres de la literatura europea contemporánea.
Krasznahorkai no solo rompe las reglas: las sustituye por otras. Su escritura es la prueba de que aún es posible innovar desde la tradición, deformar sin destruir, resistir sin ilusiones. En un mundo cada vez más acelerado, simplificado y reducido al eslogan, esta novela nos recuerda que la complejidad sigue siendo una virtud, que el pensamiento largo, el ritmo lento y la forma densa son formas de dignidad.
Por todo ello, esta Melancolía de la resistencia es, más que una novela, un gesto literario total. Una experiencia. Un campo de batalla para la lengua y para la conciencia.
Y, sin duda, una lectura esencial.
Referencias
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Krasznahorkai, László (1989). Az ellenállás melankóliája. Budapest: Magvető Könyvkiadó.
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Krasznahorkai, László (2012). Melancolía de la resistencia. Traducción del húngaro: Adan Kovacsics. Barcelona: Acantilado. ISBN: 978-84-15689-00-9.
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Kovacsics, Adan: traductor especializado en literatura húngara contemporánea, galardonado con el Premio Nacional a la Mejor Traducción (2007).
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Editorial Acantilado: sello fundado en 1999, especializado en rescatar y difundir literatura europea de gran exigencia estilística y filosófica.
REDACCIÓN, por Punto y Seguido



