En caída libre, de Rosa Ribas | 03

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El vértigo de vivir con una identidad prestada

Con En caída libre, Rosa Ribas (El Prat de Llobregat, 1963) consolida a la comisaria Cornelia Weber-Tejedor como una de las figuras más sólidas y complejas del panorama europeo de la novela negra. Ambientada en la ciudad de Fráncfort —pero alejada del tópico urbanístico habitual—, esta entrega de la serie protagonizada por la policía mestiza (de madre gallega y padre alemán) confirma a su autora como una narradora de amplio registro, capaz de conjugar la tensión narrativa propia del género con una introspección psicológica cada vez más depurada.

Si algo caracteriza el trabajo de Ribas dentro de la narrativa criminal es su capacidad para dotar de densidad humana a sus personajes sin perder la tensión argumental. En esta novela, el crimen no es tanto el centro del relato como el catalizador de una serie de preguntas que rozan lo existencial: ¿qué ocurre cuando uno asume una identidad falsa no sólo para resolver un caso, sino también para escapar de sí mismo? ¿Qué revela de nosotros la máscara cuando empezamos a vivir como si fuera propia?

La novela parte de un accidente “fortuito” en el aeropuerto de Fráncfort, uno de los principales núcleos logísticos del continente y el mayor centro de carga aérea de Europa. Pero lo que en apariencia podría resolverse como un simple caso de negligencia, pronto apunta hacia algo mucho más turbio: una posible red de tráfico de drogas que opera desde el corazón de esta inmensa infraestructura.

A diferencia de otras novelas del género donde los escenarios son meramente funcionales, en En caída libre el aeropuerto no es solo telón de fondo, sino un personaje más. Ribas lo convierte en un ecosistema complejo y casi alegórico, un espacio donde conviven miles de personas que apenas se conocen, donde las jerarquías laborales se cruzan con las legales, y donde el anonimato es tan denso como el humo de las turbinas. A lo largo de la novela, el lector siente ese zumbido de fondo constante, esa vibración del subsuelo que recuerda que, bajo el barniz de eficiencia germánica, se agitan pulsiones más sombrías.

Cornelia Weber-Tejedor es una comisaria peculiar. No responde a los clichés clásicos del investigador solitario o del policía de métodos heterodoxos, aunque los roza. Lo que la define es una identidad dividida, tanto cultural como emocional: gallega por parte de madre, alemana por parte de padre, con una carrera en la Bundespolizei marcada por esa ambivalencia que la hace sentirse a menudo ni de aquí ni de allí.

En En caída libre, Cornelia acepta una misión particularmente arriesgada: infiltrarse como una empleada más del aeropuerto, asumida bajo una nueva identidad, para detectar posibles pistas en el entorno donde ocurrió el supuesto accidente. Pero lo que comienza como un trabajo policial encubierto pronto se convierte en una deriva personal. En plena crisis sentimental —su relación con Leopold se tambalea— y sintiendo cada vez más lejana su antigua vida, Cornelia se entrega con una mezcla de profesionalismo y escapismo a su nueva identidad. Vive en una pensión, trabaja en los turnos de noche, se relaciona con un entorno obrero y multicultural que normalmente no aparece en las noticias. Y comienza, sin proponérselo, a confundirse con su papel.

El resultado es un retrato fascinante de la psicología de la infiltración: el desgaste emocional, la borrosidad creciente entre lo real y lo fingido, la dependencia de esa vida paralela donde, paradójicamente, parece respirar mejor que en la suya. Ribas explora ese descentramiento sin excesos melodramáticos, con una sobriedad narrativa que deja espacio para que el lector intuya el abismo que se abre bajo los pies de su protagonista.

Desde el punto de vista de la trama, En caída libre se sostiene con solvencia. Hay intriga, giros bien dosificados, sospechas, falsas pistas y un desenlace que cierra con eficacia los cabos abiertos. Pero sería un error leer esta novela esperando únicamente la satisfacción que ofrecen las estructuras clásicas del whodunit (Quién lo ha hecho). En realidad, Ribas utiliza el crimen como punto de entrada a algo más hondo: el retrato de una sociedad estratificada, la soledad en los entornos urbanos hipermodernos, y la fragilidad emocional de quien vive en los márgenes del reconocimiento.

El mundo del aeropuerto —con su jerga interna, su cadena de mandos, su vida nocturna, sus espacios intersticiales donde nadie parece mirar— es ideal para articular esta reflexión. En ese sentido, la novela se inscribe en una tradición del noir europeo donde el crimen no es tanto un acto individual como el síntoma de una patología estructural. Hay corrupción, sí, pero sobre todo hay una red de silencios, miedos, intereses cruzados y normalización del abuso que permiten que el mal se instale sin necesidad de grandes conspiraciones.

Uno de los grandes aciertos de Rosa Ribas es su dominio del ritmo narrativo. No hay apresuramientos, pero tampoco digresiones gratuitas. Cada escena tiene un propósito, y la tensión se construye desde lo cotidiano, sin necesidad de pirotecnia argumental. El lenguaje es sobrio, eficaz, con una atención especial al diálogo como herramienta de caracterización.

El bilingüismo de la protagonista —y de la propia autora, que reside en Alemania desde hace décadas— permite que el texto incorpore matices culturales que enriquecen el relato sin caer en la explicación forzada. Ribas sabe sugerir sin subrayar: el peso del acento, las diferencias de registro, los malentendidos sutiles entre personajes de diferentes orígenes… Todo ello contribuye a crear una atmósfera cargada de realismo.

Hay, además, un tono ligeramente melancólico que atraviesa la novela, no incompatible con la acción, sino en tensión con ella. Esa melancolía —de quien sabe que está perdiendo algo, aunque no sepa exactamente qué— se encarna en Cornelia, en su mirada cada vez más descreída y en su forma de moverse por el mundo con una mezcla de obstinación y cansancio.

Si algo distingue a esta serie policiaca de otras es la construcción de su protagonista. Cornelia no busca redimirse, ni destacar, ni convertirse en heroína. Es, en muchos sentidos, una mujer corriente enfrentada a circunstancias extraordinarias. Pero es precisamente esa normalidad —con sus dudas, contradicciones y decisiones cuestionables— lo que la hace creíble, y por tanto, memorable.

En En caída libre, su evolución personal se torna más visible. No es solo que adopte otra identidad: es que, por momentos, deja de reconocer la suya. Y esa pérdida de referencia se convierte en uno de los motores del relato. Al final, cuando la trama criminal se cierra, queda flotando la verdadera pregunta: ¿quién ha sido realmente Cornelia durante esas semanas? ¿Qué parte de esa nueva vida desea olvidar… y cuál, en cambio, le gustaría conservar?

En caída libre no es únicamente una novela policial eficaz —que lo es—, sino también un texto que propone una lectura crítica del presente europeo. Habla del trabajo precario, de las identidades fragmentadas, de la soledad urbana, de los espacios sin pertenencia. Habla también del miedo a mirar hacia dentro, y de la escritura como herramienta para explorar lo que queda entre los pliegues de la acción.

Rosa Ribas ha logrado escribir una novela negra con sustancia y sin artificios, donde el crimen importa menos que las vidas que lo rodean. Una obra que se inscribe con mérito en la mejor tradición del polar europeo, pero con una voz propia, marcada por la inteligencia narrativa y la profundidad emocional.

Al cerrar el libro, queda la impresión de haber acompañado a Cornelia Weber-Tejedor no en una misión policial, sino en un descenso interior, en una caída libre hacia las capas menos visibles de sí misma. Y es en ese descenso donde la novela encuentra su verdadera fuerza.

Redacción por Punto y Seguido

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