«La última función» – Luis Landero

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La prosa de Luis Landero es siempre amable, cercana, un susurro cariñoso. Pero no de los que adormecen; sino, al contario, de los que despiertan sin estridencias, de los que alegran la mañana y te preparan para un día festivo. Landero, extremeño de Alburquerque, fue aprendiz de mil oficios para acabar como catedrático de la escritura, aunque la guitarra flamenca tampoco se le daba mal. Desconozco cómo eran sus clases como profesor de Literatura, pero solo con que fueran un 10 por ciento de lo que deja en sus escritos, gustoso hubiera pagado por la asistencia.

Me quito el sombrero, don Luis. Ante esta última función y ante el resto de libros suyos que he leído. Se reconcilia uno con la literatura con cualquiera de ellos en la mano.  Landero nunca ha necesitado gritos estentóreos, dramones o gestas épicas; y mucho menos de litros de sangre, aventuras esotéricas o monstruos del otro mundo. Escribe, como decía Machado, para el amigo que siempre va con él, con el que quiere acompañarle y poner oídos a sus palabras, bellas en sí mismas, con una musicalidad de primavera. Además, sabias. Y explicadas con una sencillez de maestro de primaria. Arte, estructura, coyuntura: lean su significado, las metáforas que utiliza. Las palabras se deshacen en su pluma, se desvanecen para envolvernos con un aura que no es misterio, sino saber escribir, auténtica maestría para transmitir las emociones, los sentimientos, la vida apacible y sin sobresaltos. Una delicia.

—Explíqueme lo que es un amor adolescente.

—Es cuando… parece que… a mi entender…

Bien, déjalo, y lee a Landero, verás qué fácil lo hace.

En La última función, y de la mano -o las voces- de un grupo de jubilados del pueblo, Landero nos trae la vida de dos personajes cuyo desarrollo va alternando en cada capítulo: Tito Gil y Paula. Paula es una mujer soñadora que siempre creyó los sueños de los demás; primero los de su padre, luego la euforia empresarial de Blas. La única herencia que le dejó su padre se redujo a una frase: No debes tener miedo, pero la vida le impidió aceptar esa herencia.

Tito Gil no le iba a la zaga en eso de los sueños. Dueño de una voz prodigiosa, soñó con ser artista desde la misma infancia a pesar de aceptar los dictados del padre y hacerse abogado y luego dirigir la gestoría heredada.

Dos vidas a las que falta un final, una última función. Así llegan Tito y Paula a San Albín -nombre del pueblo-; ambos con una carga incierta de realidades y ficciones, que esa cualidad tienen los sueños, la de diluir la frontera entre unas y otras. Lo malo es el despertar, el mal despertar. Aunque no siempre ahogue esos sueños; a veces, pocas, permite una segunda oportunidad, deja brotar una pequeña dosis de esperanza en busca de la siguiente ocasión, de la buena. Los dos personajes convergen en el pueblo casi vacío, rico en abandono y en ruinas; sin noticias, ya, de sus tiempos de esplendor. Tito había pasado en él la infancia y llega para tomar una herencia; Laura lo hace por puro azar, en el asiento trasero de una motocicleta y sin saber ni siquiera la existencia del lugar. Y juntos -con todos los habitantes del pueblo a su lado- van a volver a soñar, a poner voz y gestos y escenas a una representación teatral que la tradición había repetido muchos años atrás- La última función viene a ser una especie de intento extremo, el se acabó la cuenta atrás en cuanto a posibilidades de revitalizar esa parte de la España que nos han ido dejando vacía en nombre del provecho de algunos. Otro sueño más, claro.

Y en diciendo esto, como ya no hay nada más que contar, vuelvo a empezar a leer la novela, quiero seguir disfrutando con su lectura.

© Antonio Tejedor García. 

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