Fortunata y Jacinta – Parte Cuarta – Capítulo I – partes VII y VIII

–VII–

Apretaba el calor, y las escenas que he descrito se repetían, reproduciéndose con ese amaneramiento que suele tomar la vida humana en ciertos periodos, cual fatigado artista que descuida la renovación de la forma. Los paseítos por la noche para tomar el tranvía del barrio; las excursiones a algún teatro de verano; las tertulias en casa de Samaniego o de Rubín; las garatusas del crítico en la calle; la romántica figura de Olimpia colgada en el balcón como una muestra o insignia que dijera: «aquí se ama por lo fino»; las extravagancias de Ballester; los espasmos de Maxi, todo continuaba repitiéndose de día en día con regularidad de programa.

En Agosto ocurrió algo que no estaba en los papeles, y fue del modo siguiente. Una mañana fue Torquemada a ver a doña Lupe para tratar de negocios. Con su traje de verano, tenía el buen D. Francisco aspecto semejante al de los militares que vienen de Cuba, pues a más del trajecito azul, se había encasquetado un sombrero de paja de ala ancha. Su camisa, de rayas coloradas, parecía la bandera de los Estados Unidos; y para recalcar más su facha americana, llevaba una joya en la corbata y una cadena de reloj interminable, que le daba muchas vueltas de una parte a otra del pecho. Los pantalones eran tan cortos, que al sentarse se le veía media pierna. Allí venía bien decir que el difunto era más chico. Todo ello parecía prendas heredadas, o venidas a su poder por embargo judicial, o cogidas a algún filibustero. Servíale el sombrero de abanico, cuando estaba en visita, con la ventaja de que las personas circunstantes participaban de la ventilación que daba aquella prenda tropical tan bien manejada.

Un rato llevaban de interesante conferencia, cuando sonó la campanilla, y a poco entró Maxi en el gabinete, que era donde su tía y don Francisco estaban. Fortunata estaba planchando. En cuanto vio llegar a su marido, fue a ver qué se le ofrecía, pues algo desusado debía de ser. A tal hora, las diez de la mañana, no venía jamás a casa el pobre chico. Echándose un pañuelo por los hombros, porque el calor de la plancha la obligaba a estar al fresco, pasó al gabinete. Lo mismo ella que su tía se pasmaron de ver en el semblante del joven una alegría inusitada, Los ojos le brillaban, y hasta en la manera de saludar a D. Francisco advirtieron algo extraño, que las llenó de alarma. «Hola, D. Paco; yo bien, ¿y usted?… Y doña Silvia y Rufinita, ¿siguen tomando los baños del Manzanares?». Este lenguaje tan confianzudo, era lo más contrario al temperamento y a la timidez de Maxi.

«¿Qué traes por aquí a esta hora?» le preguntó su tía, disimulando su sorpresa.

Fortunata le examinaba atentamente, sentada lejos del grupo principal, en una silla próxima a la puerta de la alcoba de doña Lupe. Él no se sentó, y después de aquel saludo tan campechano que le echó al usurero, se puso de espaldas al balcón con las manos en los bolsillos, mirando a todos como quien espera recibir felicitaciones. «Pues nada—dijo—, que estoy de enhorabuena».

—Qué, ¿te ha caído la lotería?

—No es eso… ¿Para qué quiero yo loterías? Ni falta… Es mucho más que eso, porque he encontrado lo que buscaba. Ya le dije a usted que estaba pensando, que sólo me faltaba una fórmula para completar…

—¡La combinación!… Pues qué, ¿has encontrado la panacea?—expresó la tía con incredulidad.

—No es mal nombre si usted se lo quiere dar—dijo el pobre chico, exaltándose más a cada palabra—. De pan, que significa todo… y akos que es lo mismo que decir remedio. Que lo sana y purifica todo, vamos…

—¡Gracias a Dios que haces algo de provecho!—declaró doña Lupe, recelosa, observando las miradas de Maxi, cuyo resplandor de júbilo era enteramente febril.

—Anoche estuve toda la noche discurriendo muy intranquilo, los sesos como ascuas, porque al plan, mejor dicho, al sistema no le faltaba más que una fórmula para estar completo… ¡La maldita fórmula…! Por fin, ahora, hace un ratito, se me ocurrió; di un brinco de alegría. Ballester, que no comprende esto, ni lo comprenderá nunca, se enfadó conmigo y no me quería dar papel y tinta para escribir la fórmula y dejarla consignada… Temo que se me escape, que se me vaya de la cabeza… Mi memoria es una jaula abierta, y los pájaros… pif…

Doña Lupe y Fortunata se miraron con tristeza. «Bueno—dijo la tía, viendo que le venía encima una nube—. Tranquilízate, escribirás la fórmula, harás tu panacea, tendrá un gran éxito y ganaremos mucho dinero».

—¡Ah!…—exclamó él con la expresión que se da a toda idea de un trabajo abrumador—. No crea usted… para exponer el sistema completo con claridad bastante para que todos lo comprendan, se necesita quemarse las cejas… ¡digo! Tendré que pasar las noches de claro en claro. No importa; cuando esto empiece a correr, verán ustedes; adquiriré una reputación y una gloria tan grandes, pero tan grandes que…

—Adiós mi dinero—murmuró doña Lupe, y Fortunata dijo para sí algo parecido.

—El problema que quedaba por resolver—dijo Maxi acercándose a su tía y dando castañetazos con los dedos—, era el de la emanación de las almas. ¿De dónde emana el alma? ¿Es parte de la sustancia divina, que se encarna con la vida y se desencarna con la muerte para volver a su origen?… ¿o es una creación accidental hecha por Dios, subsistiendo siempre impersonal? Aquí estaba el intríngulis.

Doña Lupe dio un gran suspiro, mirando a D. Francisco que guiñaba los ojos de una manera entre burlesca y compasiva.

«¡Hijo, por Dios!—dijo Fortunata acercándose—, no discurras esas cosas que dan dolor de cabeza… Sí, está muy bien; pero todo lo que hay que averiguar sobre esto, está ya averiguado… No te calientes la cabeza».

—Querida mía (rechazándola con dulzura y tomando un tonillo enfático), si en este via crucis de trabajos y persecuciones que me espera; si en el camino doloroso y glorioso de este apostolado, no me quieres acompañar tú, lo sentiré por ti más que por mí; pero tú al fin vendrás. ¿Cómo no, si eres pecadora, y para los pecadores, para su redención y para su salvación es para lo que yo pienso lo que pienso y propongo lo que propongo?

Fortunata volvió a la apartada silla en que antes estuvo, y doña Lupe, después de llevarse las manos a la cabeza, hizo un gesto de conformidad cristiana. Le faltaba poco para echarse a llorar. En este punto creyó oportuno Torquemada intervenir, con esperanza de que sus discretas razones enderezaran el torcido intellectus del desdichado joven. «Mire usted, amigo Maximiliano, yo creo que todo lo que debemos saber sobre eso, ya nos lo han enseñado. Y lo que no, más vale que no lo sepamos… porque el mucho apurar las cosas le quita a uno la fe. Esta vida no es más que un mediano pasar: así lo encontramos y así lo hemos de dejar; y por mucho que miremos para el Cielo no ha de caer el maná… «Ganarás el pan con el sudor de tu frente», dijo quien dijo, y no hay más. ¿Qué saca usted de ponerse a cavilar sobre si el alma es esto o aquello? Si al fin nos hemos de morir… Tengamos la conciencia tranquila; no hagamos cosas malas, y ruede la bola… y no temamos el materialismo de la muerte; que al fin polvo somos, y…».

—Basta, no siga usted—dijo Maxi, ceñudo, cortándole el discurso—. Si usted es materialista, nunca nos entenderemos.

—No, si lo que yo digo es que el alma tiene el pago que merece, y como el cuerpo no es más que a la manera de un cascarón, cuando este se pudre, a mí no me asusta el materialismo de hacerse uno polvo.

—Ya… comprendido—dijo el otro con mayor exaltación, y acentuando la contrariedad que experimentaba—. Usted es de la escuela de mi hermano Juan Pablo: fuerza y materia. Ya discutiremos eso. Yo expondré mi doctrina; que exponga Juan Pablo la suya, y veremos quién se lleva tras sí a la señora humanidad.

Diciendo esto giró sobre un tacón, y rápidamente salió, marchándose a su cuarto. Su mujer fue tras él muy afligida. Maxi se sentó en la mesilla en que tenía algunos libros y recado de escribir. Apoyando la mano en el hombro de él, su mujer miró los garrapatos que trazaba con febril mano sobre un papel.

«Ved aquí fijados los puntos capitales—balbucía él, escribiendo—. Solidaridad de sustancia espiritual. La encarnación es un estado penitenciario o de prueba. La muerte es la liberación, el indulto o sea la vida verdadera. Procuremos obtenerla pronto…».

—Chico, descansa ahora un ratito—díjole su esposa, tratando de quitarle la pluma de la mano—. Bastante has trabajado hoy con esos cálculos tan difíciles… Mañana seguirás… No, no creas que me parece mal; yo te ayudaré a pensar… hablaremos de esto. Yo también discurro.

Contra lo que esperaba, Maxi no se irritó. Tenía su semblante expresión seráfica; sus modales eran suaves y más parecía un iluminado antiguo, cuya demencia se elaboraba en la soledad claustral, que el insensato de estos tiempos, educado para el manicomio en los febriles apetitos de la sociedad presente.

«Tú también discurres—le dijo con dulzura—. Lo sé, tú piensas, porque sientes; tú me comprendes, porque amas. Has pecado, has padecido; pecar y padecer son dos aspectos de una misma cosa; por consiguiente, tienes el sentimiento de la liberación… Usando una parábola, te escuece en las muñecas el grillete de la vida».

Fortunata se quedó en ayunas de toda esta cantinela, pero por no contrariarle, respondía que sí. «Lo que es por padecer no ha de quedar, porque toda mi vida ha sido un puro suplicio… Pero ahora no te ocupes más de eso».

Doña Lupe miraba por el hueco de la puerta entornada.

«Tú me ayudarás—prosiguió Maxi con ráfagas de inspiración religiosa en sus ojos encandilados—, tú me ayudarás a propagar esta gran doctrina, resultado de tantas cavilaciones, y que no habría llegado a ser completamente mía sin el auxilio del Cielo. El gran misterio de la revelación se ha renovado en mí. Lo que sé, lo sé porque me lo ha dicho quien todo se lo sabe».

Observando entonces que su tía le miraba, extendió la mano para llamarla, y le dijo: «Tía, pase usted… Aquí no hablamos en secreto. También usted será conmigo en la inmensa… en la inmensa y dolorosa propaganda… Por cierto que no me explico, que no sé cómo ustedes dejan entrar aquí a ese materialista…».

—¡Don Francisco…!, hijo, ¿pues qué mal puede hacerte?

—Mucho, tía, mucho, porque todos los de esa infame secta no me pueden ver ni pintado, y si ese hombre sigue entrando en esta casa con tanta confianza, podría intentar el descrédito de mi sistema, robándome antes mi honor.

Y miraba a Fortunata como para buscar en su rostro la aseveración o apoyo de lo que decía. Ella lo comprendió. «Tiene razón, tía… ese materialista que no entre más aquí».

—Pues no entrará, hijo, no entrará… Vaya. Yo le diré que se largue con su materialismo a los infiernos.

—¿Te sientes bien? ¿Quieres tomar algo?—le dijo su mujer con cariño.

—Me siento tan bien como nunca me he sentido, créanmelo (demostrando en su tono y semblante la placidez de su alma). Desde que di con la tan rebuscada fórmula, paréceme que soy otro… Antes mi vida era un martirio, ahora no me cambio por nadie. No me duele nada, me siento bien, y para colmo de felicidad no tengo ganas de comer ni de dormir…

—Pues es preciso que tomes algo.—No lo necesito… créanmelo. Verán cómo no lo necesito. Si soy otro, si no tengo ya carne ni para nada la quiero. No tengo más que el esqueleto, y él se basta para llevar el alma.

A Fortunata se le humedecieron los ojos. Poco después, cuando salió un instante, encontró a doña Lupe lloriqueando. «Está perdido—le dijo la señora de Jáuregui—, enteramente perdido… Ya esto no tiene soldadura».


–VIII–

Aquella tarde pasaron las dos pobres mujeres ratos muy malos. Quedose él como aletargado en el sofá de la alcoba, más propiamente en éxtasis, porque tenía los ojos abiertos, y no parecía enterarse de nada de lo que a su alrededor pasaba. Fortunata tomó su costura y se le sentó al lado, esperando a ver en qué paraba aquello. Doña Lupe entraba y salía, dando suspiros y haciendo algún puchero. Al llegar la hora de comer, Maxi se despabiló un poco, resistiéndose a tomar alimento. Ellas no tenían ganas de probar bocado, y le instaban a él a que lo hiciese, empleando los más extraños medios de persuasión. Por fin, doña Lupe obtuvo resultado con este argumento: «No sé yo cómo vas a resistir esa vida de trabajos sin comer algo. Se dice de Cristo que ayunaba; pero no que estuviera días y días sin probar bocado. Al contrario, su institución fundamental, la Eucaristía, la hizo cenando…».

Con esto, Maxi se avino a tomar un plato de sopa y un poco de vino; pero de aquí no le hicieron pasar. Después parecía más exaltado. Tomándole las manos a su mujer, le dijo:

«Yo no soy más que el precursor de esta doctrina; el verdadero Mesías de ella vendrá después, vendrá pronto; ya está en camino. Quien todo se lo sabe me lo ha dicho a mí».

Fortunata no entendía palotada.

Doña Lupe mandó recado a Ballester, que fue a verle después de anochecido. No sabía vencer el farmacéutico su genio vivo y zumbón, ni mostrarse tan habilidoso como el caso exigía, y aunque Fortunata le tiraba de los faldones de la levita para que tomase un tono más contemporizador, el maldito no se podía contener: «Vaya con la que saca ahora… Pero, hombre de Dios, ¿a usted qué le importa que el alma venga de acá o venga de allá? ¿Qué se mete usted en el bolsillo con esto? ¿Cree que le van a dar algo por el descubrimiento? Anteayer me dio usted la gran jaqueca con aquello de la cosa en sí… Pues pongamos que sea la cosa en no. Yo digo que esto es música pura; la cosa en sí bemol. ¡Ah, qué tontita es la criatura y qué refistolera! Porque esto de meter las narices en la eternidad, es una cosa que a Dios le debe cargar mucho. A nadie le gusta que le estén atisbando de cerca y viendo lo que hace o deja de hacer. Por esto Dios, a todos los sobones y entrometidos que le siguen los pasos y le cuentan las arrugas, les castiga volviéndolos tontos. Conque, saque usted la consecuencia. Parece mentira que un hombre que podría ser el más feliz del mundo, casado con esta perla de Oriente y sobrino de esta tía, que es otra perla, se devane los sesos por cosas que no le importan. ¡Si nadie se lo ha de agradecer!… En fin, que si estas señoras me autorizan, yo le curo a usted con el extracto de fresno administrado en vírgulas, uso externo, por la mañana y por la tarde».

Maxi le miraba con desdén, y el otro, viendo que sus cuchufletas no hacían el efecto de costumbre, púsose más serio y tomó por otros rumbos. Al salir, acompañado hasta la puerta por las dos señoras, les dijo: «Le voy a dar la hatchisschina, o extracto de cáñamo indiano, que es maravilloso para combatir el abatimiento del ánimo, causante de las ideas lúgubres y de la manía religiosa. Efecto inmediato. Verán ustedes… Si se le da a un anacoreta, en seguida se pone a bailar».

Como la nueva fase del trastorno de Maxi era pacífica, tía y esposa estaban en expectativa. Por las noches no se movía de la cama, y si bien es verdad que hablaba solo, hacíalo en voz baja, en el tono de los chicos que se aprenden la lección. A pesar de esto, Fortunata se ponía tan nerviosa que no podía pegar los ojos en toda la noche, durmiendo algunos ratos de día. El enfermo no iba ya a la botica, ni mostraba deseos de ir a parte alguna, pareciendo caer en profunda apatía y reconcentrar toda su existencia en el hervidero callado y recóndito de sus propias ideas. Fuera de los paseos que daba en el comedor o en la alcoba, no hacía ejercicio alguno, y después de la inapetencia de los primeros días, le entró un apetito voraz, que las dos mujeres tuvieron por buen síntoma. A la semana, manifestó deseos de salir; pero una y otra trataron de disuadirle. Estaba tranquilo, y como hablara de algo distinto de aquellas manías de la emanación del alma y de la doctrina que iba a predicar, se expresaba con seso y hasta con donaire. Poco a poco iban siendo menos los ratos de extravío, y se pasaba largas horas completamente despejado y tratando de cualquier asunto con discreta naturalidad. Fortunata hacía que le ayudase a estirar la ropa o a devanar madejas, y él se prestaba a todo con sumisión; doña Lupe solía encargarle que le arreglase alguna cuenta, y con esto se entretenía, y nadie le tuviera por dañado en la parte más fina de la máquina humana. A principios de Setiembre, habiendo llegado a estar tres días sin mentar para nada aquel galimatías del alma, las dos señoras estaban muy alegres confiando en que pasaría pronto el ramalazo. Volvieron los paseos de noche, y por fin le permitieron salir solo, y reanudó sus trabajos en la botica, cuidadosamente vigilado por Ballester.

Fortunata tenía además otros motivos de hondísima pena. Aquél no le había escrito ni una sola carta, faltando a su solemne promesa. ¡Ingrato! ¿Qué le costaba poner dos letras diciendo, por ejemplo: Estoy bueno y te quiero siempre? Pero nada, ni siquiera esto… Revelaba estas tristezas a su única confidente, Aurora, en aquellos ratos de charla sabrosa que las señoras mayores les permitían. La inauguración de la tienda de Samaniego, que se verificó hacia el 15 de Setiembre, tuvo a la viuda de Fenelón muy atareada en aquellos días. Pocas veces se vio en un comercio de Madrid tanto movimiento ni más claras señales de que había caído bien en la gracia y atención del público. Las novedades de exquisito gusto, traídas de París por Pepe Samaniego, atraían mucha gente, y las señoras se enracimaban y caían como las moscas en la miel. Los dependientes no tenían manos para enseñar, y Aurora estaba rendida de trabajo, porque los encargos de trousseaux y ajuares se sucedían sin interrupción. Doña Casta no estaba tranquila el día en que no iba a meter las narices en la tienda y taller, para traerle luego el cuento a doña Lupe de los encargos que había, y de lo que se estaba haciendo para la Casa Real y otras que sin ser reales tienen mucho dinero. Fortunata iba poco, por propia inspiración y también por consejo de Aurora, pues no convenía que la viesen allí las de Santa Cruz, que frecuentaban mucho el taller y tienda.

Los domingos pasaban juntas las dos amigas toda la tarde en la casa de una o de otra, y allí era el comer dulces y el contarse cositas, sentadas al balcón, viendo las idas y venidas del crítico desde la calle de los Tres Peces a la de la Magdalena. Él no tendría criterio, pero lo que es piernas…

Un domingo de los últimos de Setiembre, la Fenelón llevó a la otra una noticia importante: «Mañana vienen. Hoy ha estado Candelaria limpiando toda la casa».

Lo que Fortunata sintió era una combinación de pena y alegría que no la dejaba hablar. Porque deseando que volviese, al mismo tiempo tenía presentimientos de una nueva desgracia. ¡Cuidado que no haberle escrito ni una sola letra, pero ni una…! Aurora convenía en que era una gran bribonada. Después que pusieron a esto los comentarios propios del caso, la de Fenelón dijo a su compinche algo más que fue oído con extraordinaria curiosidad y atención: «¿Creerás que se me ha metido una cosa en la cabeza?… Ello no será; pero bien podría ser. Ayer estuvo doña Guillermina en la tienda. Pepe le había ofrecido una cantidad para su obra, si salía bien la inauguración, y nada… que se plantó allí a cobrar… Pues hablando de la familia, dijo que el primo Moreno viene también mañana con ellos. Se fue con ellos y con ellos vuelve. Yo sé que han pasado el verano en Biarritz, y después han ido todos a París… ¿Qué te parece a ti? El primo Manolo no viene a España más que, por ejemplo, en invierno; nunca ha venido en Setiembre. Y eso de pegarse a la familia de Santa Cruz, ¡él, que gusta de andar siempre solo! Ello no será; ¡pero hay tantas cosas que parece que no pueden ser y luego son! Antes de que partieran, me pareció a mí, por ciertas cosas que vi y oí, que al buen hombre le gustaba demasiado Jacinta. ¡Si habrá algo…! ¿A ti qué te parece?».

Fortunata estaba absorta y como lela. Le parecía increíble lo que su amiga contaba.

«¡Porque es muy rara esa persecución! ¡Siempre con ellos… un hombre que no hace su nido en ninguna parte…! Yo no sé, no sé. ¿Habrá algo?… ¿Qué te parece a ti?».

—Pues…—dijo la de Rubín pensándolo mucho—, a mí me parece que no.

—Pues como haya algo, no se me ha de escapar, porque estoy allí, como quien dice, en mi garita de vigilancia. Desde la ventana de mi entresuelo, veo los miradores de la casa de Santa Cruz y los de Moreno. Como haya telégrafos, cuenta que les atrapo el juego… A ti qué te parece… ¿Habrá…?

—Me parece que no—volvió a decir Fortunata, pensándolo cada vez más.

Roberto Fernández – Punto y Seguido