El director, guionista y productor José Luis García Sánchez falleció en Madrid el 25 de octubre, a los 85 años, después de sufrir durante sus últimos años una enfermedad neuronal. Con su muerte desaparece uno de los cineastas que mejor supieron observar las contradicciones de la sociedad española mediante la sátira, el humor negro y una profunda comprensión de las debilidades humanas. Su filmografía atravesó el final del franquismo, la Transición y varias décadas de democracia sin renunciar a una mirada crítica hacia el poder, las apariencias sociales y las formas cotidianas de supervivencia.
Nacido en Salamanca en 1941, estudió Derecho y Sociología antes de ingresar en la Escuela Oficial de Cinematografía. Allí perteneció a una generación marcada por el inconformismo político y creativo. Su enfrentamiento con la dirección autoritaria del centro provocó su expulsión, seguida por protestas y huelgas de solidaridad de otros alumnos. Aquella experiencia confirma que su oposición a la solemnidad institucional no fue únicamente una característica posterior de sus películas: formaba parte de su manera de entender la cultura y la libertad.
Después de realizar varios cortometrajes, debutó en el largometraje con El love feroz o cuando los hijos juegan al amor, estrenada en 1975. Su reconocimiento internacional llegó en 1978 con Las truchas, ganadora del Oso de Oro del Festival de Berlín. La película concentra en el comedor de un restaurante a los miembros de una asociación de pesca deportiva. Bajo la apariencia de una celebración respetable van emergiendo el egoísmo, la mezquindad y la descomposición moral de sus participantes, mientras las truchas destinadas al banquete se encuentran podridas. La situación funcionaba como una parábola grotesca de una sociedad que intentaba mantener intactas sus ceremonias mientras todo comenzaba a descomponerse a su alrededor.
García Sánchez trabajó con distintos géneros y registros. En La corte de Faraón, por la que recibió la Concha de Plata a la mejor dirección en San Sebastián, utilizó la comedia musical para recordar los mecanismos de la censura. En Divinas palabras adaptó el universo de Valle-Inclán; en La noche más larga abordó los últimos fusilamientos del franquismo, y en Tranvía a la Malvarrosa, basada en la novela de Manuel Vicent, reconstruyó una Valencia de posguerra dominada por el miedo, el deseo y la represión.
Una parte esencial de su trayectoria estuvo vinculada a Rafael Azcona. Ambos compartían la capacidad de descubrir lo grotesco dentro de la vida corriente y de mirar a los perdedores sin sentimentalismo ni desprecio. Colaboraron en películas como El vuelo de la paloma, Suspiros de España (y Portugal), Siempre hay un camino a la derecha, Tirano Banderas y Los muertos no se tocan, nene. García Sánchez obtuvo dos premios Goya como guionista: por Belle Époque, escrita junto a Fernando Trueba y Azcona, y por la adaptación cinematográfica de Tirano Banderas.
Su carrera comprendió más de treinta películas, además de trabajos documentales, teatrales y televisivos. Entre sus títulos figuran también Pasodoble, Hay que deshacer la casa, Adiós con el corazón, Lázaro de Tormes y María querida. Su último largometraje fue Los muertos no se tocan, nene, estrenado en 2011 como homenaje al mundo literario de Azcona.
En sus últimos años lamentó las dificultades que encontraban los directores veteranos para continuar trabajando en una industria progresivamente dependiente de las televisiones y de criterios comerciales. Participó, no obstante, en el proyecto Memoria Colectiva del Cine Español, impulsado por la Academia de Cine para conservar el testimonio de sus profesionales.
José Luis García Sánchez entendió la comedia como una forma de conocimiento. Sus personajes podían resultar ridículos, interesados o cobardes, pero nunca eran simples caricaturas. A través de ellos retrató un país que cambiaba de instituciones con mayor rapidez que de costumbres.
Beatriz Caso. Punto y Seguido



