La verdad y sus propietarios: intimidad, poder y responsabilidad ante una verdad que amenaza las lealtades.
Una muerte y una desaparición enfrentan a quienes investigan con algo más resistente que el desconocimiento: los intereses que aconsejan no saber. El planteamiento de La hora de la fuga permite interrogar la relación entre afecto y dominio, memoria y justificación, conocimiento y justicia. Su pregunta más inquietante concierne al precio de abandonar una versión cómoda de los demás y de nosotros mismos.
La pregunta «¿hasta dónde serías capaz de llegar para saber la verdad?» parece dirigida al investigador, pero también compromete al lector. Saber suele presentarse como una conquista: descubrir lo oculto, reunir pruebas, deshacer una mentira. Existe, sin embargo, un conocimiento que destruye aquello que sostenía a quien lo buscaba. Si la verdad afecta a la persona amada, a una amistad antigua o a la propia conducta, la investigación deja de ser una operación exterior. Obliga a revisar las razones con las que se ha vivido. Esa es la posibilidad crítica que abre el planteamiento de La hora de la fuga: examinar cuánto de nuestra identidad depende de conservar una ignorancia conveniente.
El arranque ofrece una prueba concreta. Una mujer inmovilizada descubre la falsedad de una promesa de cuidado. La percepción restringida y las frases breves sitúan al lector dentro de su desconcierto. Después, ante el cuerpo de Noelia, la narración contrapone las averiguaciones policiales con las explicaciones apresuradas del vecindario. La comunidad protegida por cámaras busca una versión tolerable de lo sucedido. El detalle permite leer la seguridad como una confianza que no garantiza conocimiento. Destaca, además, el paso entre las preguntas «¿Qué has hecho, Noelia?» y «¿Qué te han hecho?»: cambia la atribución posible de responsabilidad. La eficacia de esta apertura reside en hacer visible cómo una pregunta puede orientar o deformar la mirada antes de que exista una conclusión. El riesgo del procedimiento aparece en la caracterización generalizadora de los vecinos: la ironía social resulta clara, aunque habrá que comprobar si después adquiere matices. [1]
La sinopsis prolonga este problema mediante la relación entre Noelia Torres y Esther Sampietro. La intimidad introduce una dificultad específica: el vínculo amoroso proporciona un conocimiento privilegiado de alguien, pero también razones poderosas para interpretar en su favor cuanto hace. Confiar es indispensable para amar; convertir esa confianza en inmunidad frente a cualquier evidencia puede favorecer el daño. Una lectura atenta deberá distinguir ambos movimientos. De lo contrario, el temor a la persona amada quedaría reducido a una fórmula de suspense y perdería su espesor humano.
También importa evitar que la pareja de mujeres se convierta en explicación de la violencia. El criterio crítico debe dirigirse a las relaciones concretas: quién dispone de recursos, quién puede imponer su interpretación, quién encuentra apoyo y quién queda expuesto. El deseo adquiere relevancia literaria cuando modifica decisiones y dependencias. Una investigación sobre el dominio necesita observar esas diferencias sin utilizar la identidad sexual como atajo causal. Esta será una de las comprobaciones necesarias al leer el conjunto: cuánto espacio tienen los personajes para existir más allá del secreto que la intriga les atribuye.
Mauro Rovira ofrece otra vía de interpretación. Su condición de exfiscal y escritor, unida a su antigua relación con Esther, reúne tres posiciones potencialmente conflictivas: conocer los procedimientos de la justicia, construir relatos y estar personalmente implicado. El dato permite formular una pregunta sobre la autoridad narrativa. ¿Qué sucede cuando alguien habituado a ordenar los hechos debe explicar aquellos que comprometen su propia vida? No cabe atribuirle de antemano una conducta manipuladora. Sí cabe examinar si sus recuerdos conservan las contradicciones o las reorganizan para producir una imagen soportable de sí mismo.
La memoria, bajo esta perspectiva, merece estudiarse como una actividad. Recordar supone seleccionar, establecer relaciones, conceder importancia. Una omisión puede proceder de la vergüenza, del olvido o de una estrategia deliberada; confundir esas causas empobrecería el análisis. La afirmación de la sinopsis según la cual cada recuerdo puede constituir una pista o una trampa anuncia una tensión fértil. Para que alcance valor literario, el pasado deberá modificar nuestra comprensión de los personajes, además de administrar información. El giro más revelador sería aquel que obligase a releer una lealtad, una excusa o una forma de ejercer poder.
La presencia de una investigadora sometida a presiones desplaza la cuestión hacia las condiciones sociales del conocimiento. La verdad necesita tiempo, acceso a testimonios y posibilidad de contradecir versiones respaldadas por personas influyentes. Cuando esas condiciones se restringen, investigar exige sostener una pregunta que otros desean clausurar. El interés de Tea, desde el planteamiento conocido, reside en esa obligación. Habrá que observar qué margen conserva para decidir, qué costes afronta y cómo la escritura representa sus vacilaciones. Una figura siempre lúcida y moralmente invulnerable reduciría la dificultad que el propio conflicto propone.
La impunidad reclama, asimismo, una precisión que la crítica no puede sustituir con indignación. Conviene localizar los mecanismos que la hacen posible: dependencias, silencios, credibilidad desigual, intercambio de favores o protección institucional, si la novela los desarrolla. El poder resulta más convincente cuando se reconoce en acciones y consecuencias. Calificar de corrupto a un personaje no explica todavía por qué consigue ser obedecido ni por qué otras personas aceptan su versión. La lectura deberá atender al trabajo cotidiano mediante el cual una ventaja se convierte en capacidad de eludir responsabilidades.
Por eso merece ponerse a prueba la fórmula «nadie está libre de culpa». Como invitación al suspense, distribuye sospechas; como proposición ética, exige distinguir. Callar, equivocarse, beneficiarse y ejercer violencia no son actos equivalentes. Una novela puede mostrar responsabilidades compartidas y conservar al mismo tiempo diferencias decisivas entre ellas. La calidad de su pensamiento dependerá en parte de esa gradación. Si toda conducta termina bajo una culpabilidad indiferenciada, los más poderosos obtienen una coartada paradójica: su responsabilidad particular desaparece dentro de una condena universal.
El título admite entonces una hipótesis: la fuga podría nombrar también el intento de escapar del relato con el que alguien ha justificado su vida. Esta posibilidad nace del pasado que vuelve, de los vínculos amenazados y de las resistencias al esclarecimiento descritos en la sinopsis. Su confirmación exige seguir las decisiones de los personajes hasta el final. Por ahora, permite orientar la lectura hacia una pregunta concreta: quién necesita huir de un peligro y quién necesita huir de las consecuencias de sus actos.
Hipótesis de crítica abierta. La hora de la fuga podría explorar la desigual capacidad de controlar lo que otros consideran verdadero: una ventaja que opera tanto en la intimidad como en la vida pública. El arranque y el planteamiento permiten formular esa lectura, pero queda por comprobar si la resolución conserva la diferencia entre descubrir los hechos, asumir responsabilidades y reparar el daño. La cuestión abierta es si conocer la verdad transforma las relaciones de poder que la ocultaban o si permite únicamente reconocer su persistencia.
Este ensayo crítico, no constituye una valoración de la novela
© Anxo do Rego.



