En un rincón olvidado del reino, donde las torres del castillo de los reyes Armando e Isabella acariciaban las nubes, vivía la princesita Liliana. Para quienes la observaban de lejos, era la imagen de la perfección, con sus cabellos de trigo y sus ojos de zafiro.
En realidad, Liliana habitaba en un mundo distinto, un lugar donde le costaba mantenerse despierta. Cuando el sueño la vencía, se le nublaba la vista como si una niebla densa la envolviera. Además, sentía un cansancio repentino que le impedía mantener los párpados abiertos.
Sus padres, preocupados por su débil hija, consultaron a los mejores médicos para averiguar qué podían hacer por ella y encontrar una solución a su mal de sueño. Ninguno de los expertos consiguió descubrir la raíz del problema.
A pesar de la negativa de los soberanos, un buen día Liliana emprendió un largo viaje hacia tierras lejanas, en busca de una posible solución.
Durante su largo caminar por senderos escarpados y bosques profundos, la muchachita llegó a un grandioso bosque encantado. Allí se encontró con un universo mágico, lleno de animalitos que también conocían la dificultad de mantenerse lúcidos.
Al instante, Liliana se sintió envuelta por aquella magia, que le transmitió una intensa paz y recorrió todo su ser.
Una voz ronca y suave le susurró al oído:
—Liliana, preciosa muchacha, no temas. Ahora la naturaleza te protege y volverás a ser una más. Tus sueños solo los tendrás por la noche y podrás descansar en sosiego. Regresa feliz a tu castillo —le habló un viejo sabio, radiante de luz ancestral.
Liliana cerró los ojos por un instante. Al abrirlos, descubrió que la niebla había desaparecido. Los árboles se dibujaban con claridad ante ella y los rayos del sol se filtraban entre las ramas como hilos de oro.
La princesita emprendió el camino de regreso. Esta vez sus pasos eran ligeros y su corazón estaba lleno de esperanza.
Cuando llegó al castillo, sus padres corrieron a abrazarla. Al verla sonreír, comprendieron que algo había cambiado en su hija.
Desde aquel día, Liliana volvió a pasear por los jardines, a jugar con los animales y a contemplar las estrellas sin miedo a que una niebla inesperada volviera a envolverla.
Y aunque nunca supo explicar qué había ocurrido en aquel bosque encantado, guardó en su corazón las palabras del viejo sabio.
Porque, algunas veces, para encontrar la luz que buscamos, solo necesitamos atrevernos a caminar más allá de la niebla.
© Anika



