Un hombre cojo caminaba con dificultad, apoyado en dos muletas, por uno de esos caminos que llevaban a cualquier parte. Hacía un sol radiante, los pajarillos trinaban alegres y los campos brillaban en todo su esplendor.
Al llegar al borde de una estrecha pasarela de madera, que colgaba ligeramente sobre un barranco, vio un avispero adherido al lateral de las tablas, justo al inicio.
—¡Lo que me faltaba! Un nido de avispas. ¿Y ahora cómo cruzo? Ah, ya sé…
Fabián, que así se llamaba, apoyó una muleta en los tablones y levantó la otra para tirarla al vacío, convencido de que así las avispas saldrían antes de que él cruzara y no le atacarían.
Pero las avispas, astutas, percibieron la amenaza y salieron en bandada.
—¡Ay, ay, ay! ¡Que me pican! ¡Fuera! —gritaba Fabián mientras avanzaba a trompicones, apoyado en la única muleta que le quedaba, intentando esconderse al otro extremo de la pasarela.
Porque a veces, cuando la vida ya te duele… siempre aparece algo que todavía te pica más.
© Anika



