Cuando los teatros españoles olían a naranja

En los corrales de comedias del Siglo de Oro, beber aloja, comer fruta, discutir con el vecino y responder a los actores formaba parte de una experiencia teatral bulliciosa y popular, muy alejada del silencio de las salas contemporáneas

Antes de que se apagasen las luces y el silencio se convirtiera en una norma casi sagrada, el teatro español olía a madera, a sudor, a miel especiada y a cáscara de naranja. En los corrales de comedias de los siglos XVI y XVII, el público no permanecía inmóvil ni contemplaba la representación desde una respetuosa distancia. Comía, bebía, conversaba, cortejaba, protestaba, aplaudía y, cuando la obra no respondía a sus expectativas, podía silbar o arrojar al tablado los restos de la merienda. La representación no ocurría solamente ante los espectadores: sucedía también entre ellos.

Un patio convertido en teatro

Los primeros corrales estables aparecieron durante las últimas décadas del siglo XVI, cuando la creciente afición por las comedias exigió espacios capaces de acoger a un público numeroso. Muchos se instalaron en patios interiores de manzanas de viviendas, aprovechando corredores, balcones, galerías y ventanas. Bastaba levantar un tablado en uno de los extremos y organizar los accesos para convertir un ámbito cotidiano en una pequeña industria del espectáculo.

El nuevo teatro comercial transformó la relación con las artes escénicas. El espectador pagaba una entrada y, por tanto, adquiría algo más que el derecho a ocupar un lugar: se consideraba legitimado para juzgar. Los dramaturgos y las compañías dependían de su aprobación. La comedia debía conquistar a un auditorio heterogéneo, exigente y poco dispuesto a disimular el aburrimiento.

Los corrales reunían a nobles, comerciantes, artesanos, soldados, criados, estudiantes, clérigos y mujeres del pueblo, aunque cada grupo ocupaba un espacio determinado. Los hombres permanecían de pie en el patio o se sentaban en bancos y gradas; las mujeres asistían desde la cazuela, situada frente al escenario; las familias acomodadas alquilaban aposentos laterales, en ocasiones protegidos por celosías; y los religiosos e intelectuales podían situarse en la tertulia. Como resume el estudio del Museo Casa Natal de Cervantes, estaban «juntos pero no revueltos»: compartían la representación, pero la arquitectura reproducía las jerarquías y separaciones de la sociedad barroca. Museo Casa Natal de Cervantes

La naranja, el barquillo y la aloja

Decir que aquellos teatros olían a naranja no es únicamente una licencia literaria. Los cítricos circulaban entre el público y aparecen en testimonios de la época. Juan de Zabaleta, en El día de fiesta por la tarde, publicado en 1660, describe a un limero abriéndose paso entre los espectadores y sirviendo de intermediario entre un hombre situado en el patio y una mujer de la cazuela. La compra de una docena de limas se convierte así en mensaje amoroso, pequeño soborno sentimental y parte del espectáculo social que precede a la comedia.

Las naranjas podían acabar también convertidas en proyectiles. Algunas fuentes recuerdan que desde la cazuela se arrojaban cáscaras de naranja, pepinos y otros restos cuando la representación desagradaba o cuando el público quería prolongar la algarabía. La fruta cumplía, por tanto, varias funciones: refrescaba, entretenía las esperas, facilitaba el galanteo y, en situaciones menos pacíficas, expresaba el descontento.

En el zaguán se encontraba la alojería, una modesta dependencia donde se servía la aloja, bebida preparada con agua, miel y especias aromáticas. Junto a ella se vendían agua, frutos secos, barquillos y otras golosinas fáciles de consumir. No parece que el espectador acudiese al corral para sentarse ante una comida completa, pero sí podía aliviar el hambre durante una sesión que ocupaba buena parte de la tarde.

El ambiente debía de formar una mezcla difícil de separar: el dulzor de la miel, la acidez de los cítricos, el polvo del patio, las maderas del tablado, las ropas apretadas y la cercanía de centenares de cuerpos. La experiencia teatral era también táctil, olfativa y material. Nada semejante al recinto climatizado, oscurecido y cuidadosamente aislado del exterior que hoy identificamos con una sala de teatro.

Una tarde entera de espectáculo

La comedia principal constituía el centro de la función, pero no era su único atractivo. Las puertas podían abrirse al mediodía y la representación debía concluir antes de la puesta del sol, pues el corral dependía en buena medida de la luz natural. La espera se prolongaba y ofrecía ocasión para conversar, observar a los recién llegados, disputar un asiento o buscar desde el patio una mirada cómplice en la cazuela.

Juan de Zabaleta retrata a un espectador que llega con prisa, intenta entrar sin pagar, busca un buen puesto, se enzarza en una discusión y contempla a las mujeres antes de que los actores hayan pronunciado el primer verso. Su relato tiene una intención moralizadora y exagera algunos comportamientos para censurarlos, pero proporciona un testimonio excepcional sobre la vida cotidiana de los corrales.

Los músicos trataban de imponer silencio con una copla o una seguidilla. Después podía recitarse una loa destinada a obtener la benevolencia del auditorio. A la primera jornada de la comedia seguía un entremés; entre las restantes se intercalaban bailes, canciones o jácaras, y la función podía terminar con una mojiganga. El público conocía algunas composiciones y las coreaba. Un buen entremés podía salvar una comedia mediocre, del mismo modo que una actriz admirada o un baile esperado bastaban para justificar la asistencia. El estudioso Ricardo Navas Ruiz describió aquel programa como un espectáculo «vario, colorista, abigarrado», dentro del cual la obra extensa era solo uno de los ingredientes. Centro Virtual Cervantes

El público también representaba

Entre los hombres que permanecían de pie destacaban los célebres mosqueteros, espectadores temidos por compañías y dramaturgos. Sus aplausos podían favorecer el éxito de una obra; sus silbidos, interrupciones y comentarios contribuían a hundirla. Tampoco la cazuela era un reducto de serenidad: allí se conversaba, se discutía y se respondía a los ruidos procedentes del patio.

Sería equivocado, sin embargo, imaginar un estrépito permanente que hiciera imposible escuchar los versos. Aquel público podía ser bullicioso y, al mismo tiempo, extraordinariamente atento. La escenografía era limitada y gran parte del espacio dramático debía construirse mediante la palabra. Cuando un personaje hablaba de una noche cerrada, los espectadores tenían que imaginarla aunque el sol iluminase el patio. Cuando evocaba un palacio, un bosque o una muralla, el verso proporcionaba aquello que el decorado no mostraba.

El público no era un estorbo añadido a la representación, sino uno de sus elementos esenciales. Su imaginación completaba la escena; su reacción influía en el ritmo de los intérpretes, y su juicio condicionaba el porvenir de la obra. Entre las tablas y el patio existía una relación inmediata, a veces incómoda y con frecuencia fértil.

Del bullicio al recogimiento

Durante los siglos XVIII y XIX, muchos corrales fueron sustituidos o transformados en teatros cerrados, construidos a la italiana, provistos de iluminación artificial, palcos ordenados y escenarios preparados para escenografías más complejas. El cambio no convirtió de inmediato al espectador en una figura silenciosa —los teatros decimonónicos continuaron siendo importantes lugares de encuentro social—, pero fue estableciendo una separación más nítida entre la sala y el escenario. Museo Casa Natal de Cervantes

Con el tiempo, la oscuridad, la butaca numerada y las nuevas normas de urbanidad impusieron otra forma de mirar. El público aprendió a borrar su presencia para que la ficción pareciera completa. Ganó concentración y comodidad, pero perdió parte de aquella conversación directa con los actores.

Recordar que los teatros españoles olieron un día a naranja permite comprender que el Siglo de Oro no fue solamente una sucesión de textos ilustres. Fue también una cultura material y colectiva: vendedores que cruzaban el patio, vasos de aloja, barquillos, cáscaras de fruta, músicos reclamando atención y espectadores capaces de decidir, a gritos, la suerte de una comedia.

En los corrales, el teatro todavía conservaba algo de la plaza pública. Era literatura, industria, reunión social, cortejo y disputa. Sobre el tablado se representaba una ficción; alrededor, una ciudad entera se representaba a sí misma.

PUNTO Y SEGUIDO. Roberto Fernández