Borja es un pequeñajo de tres años con una energía inagotable. Tiene el pelo castaño claro, siempre un poco despeinado por las travesuras del día, y unos ojos grandes y curiosos que parecen absorber todo lo que sucede a su alrededor. Su sonrisa es amplia, llena de inocencia y siempre acompañada de una risita contagiosa.
Le encanta explorar el mundo a su manera. Si ve una piedra en el suelo, se agacha y empieza a examinarla como si fuera un tesoro; si pasa por un charco, no puede evitar meter los pies, aunque termine empapado hasta los tobillos. A menudo se le oye diciendo, con voz alta y clara, “¡Mira, mamá!” mientras señala algo que ha encontrado, ya sea un insecto o una hoja caída, con una fascinación casi desbordante.
A pesar de su tamaño diminuto, Borja tiene un corazón grande, siempre dispuesto a compartir sus juguetes o dar abrazos a quienes le rodean. Tiene una imaginación desbordante y se inventa historias en las que sus juguetes cobran vida, convirtiéndose en valientes superhéroes o exploradores de mundos fantásticos.
Aunque todavía está aprendiendo a controlar sus emociones, su risa es su sello personal y lo que más disfruta es estar rodeado de su familia, en especial cuando su mamá le cuenta historias antes de dormir. Borja , ese pequeño de tres años con su risa contagiosa y su energía desbordante, tiene una rutina que ama. Cada mañana, antes de que el sol está completamente alto, se levanta con los ojos brillantes de emoción. Le encanta ese momento del día en que su padre y él se sientan en la soleada cocina de casa, una cocina pequeña pero acogedora, donde el olor a café y pan tostado llena el aire.
Esa mañana, Borja llega puntual a la mesa, con su mochila de dibujos animados colgada en el hombro, llena de libros y lápices que, en realidad, aún no utiliza demasiado. Es un niño pequeño, con sus tres años recién cumplidos, pero su padre siempre dice que ya se le nota la curiosidad por el mundo. Se sienta en su silla de niño, su pequeño asiento que está a la altura perfecta para alcanzar la mesa, y empieza a devorar su desayuno: trozos de pan con mermelada y, por supuesto, un vaso de cola, FAO, su bebida favorita por la efervescencia y el color rojo brillante.
Antes de dar el primer sorbo, Borja, con su inseparable mirada curiosa, se levanta de su silleta con un pequeño salto y va directo al vaso de su padre. Quiere algo más: la pajita.
Su padre lo observa con una sonrisa pícara, como siempre hace, y le comenta mientras lo ve sostener la pajita con ambas manos, listo para meterla en su vaso:
—Lo de desayunar con pajita es de pequeñitos, no de mayores como tú…
Borja lo mira, frunce un poco el ceño, pero su expresión cambia rápidamente a una de absoluta seriedad. Está convencido de que esa pajita, aunque sea cosa de niños pequeños, es algo que él aún puede disfrutar. Y, con la seguridad de quien sabe que tiene la respuesta perfecta, le contesta:
—Que sí, papi, lo estoy dejando… —aclara, mientras se acomoda de nuevo en su sillita, apretando la pajita con fuerza.
El padre suelta una risa suave, porque bien sabe que Borja no está dejando nada, al menos no hoy. Es un niño lleno de contradicciones y risas, y esa es una de las cosas que más le gusta a su papá: su forma tan positiva de estar creciendo, pero sin apresurarse.
La conversación sigue con pequeñas bromas y más risas, mientras el sol ilumina la cocina y los dos comparten ese tranquilo desayuno, casi como si el mundo exterior no existiera por un momento.
Y justo antes de salir al colegio, Borja deja de jugar con la pajita y se levanta de su silla, caminando hacia la puerta con su mochila al hombro, un poco más grande en su manera de caminar, como si la mochila tuviera algo mágico que lo hace sentir más alto y fuerte.
Su padre, con un suspiro de cariño, lo mira desde la mesa, observando cómo su pequeño se dirige hacia el mundo exterior, dispuesto a afrontar una nueva jornada llena de pequeños descubrimientos y risas.
“¿Quién sabe?”, piensa su padre, mientras se levanta para acompañarlo. “Tal vez mañana ya no quiera la pajita, o quizás… tal vez aún necesite un poco más de tiempo”.
Borja, con sus ojitos brillando, levanta la mano y dice, antes de abrir la puerta:
—¡Hasta luego, papi! ¡Voy al cole con mi mochila!
Y mientras se aleja, el sonido de sus pasos pequeños se va perdiendo en la calle, dejando tras de sí una imagen de un niño que, aunque crece a su propio ritmo, sabe que no hay prisa.
© Anika



