Nuestra Señora de París, de Víctor Hugo

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Hay libros que no sobreviven por la simple fuerza de su argumento, sino por la forma en que han enseñado a mirar. Nuestra Señora de París, publicada por Victor Hugo en 1831, pertenece a esa categoría. No la leo solo como una novela histórica ni como una tragedia romántica, aunque sea ambas cosas, sino como una defensa apasionada de todo aquello que la sociedad aparta, deforma o condena antes de comprender.

La historia es conocida en sus líneas esenciales: en el París del siglo XV, Esmeralda, joven marginada y fascinante para quienes la rodean, queda atrapada en una red de deseo, superstición, violencia y poder. Quasimodo, campanero de la catedral, aparece como una de las grandes criaturas literarias del siglo XIX: un cuerpo rechazado por todos que, sin embargo, guarda una capacidad de ternura que desarma cualquier lectura fácil. Pero conviene no reducir la novela a sus personajes más célebres. Hugo no escribe solo sobre ellos; escribe sobre una ciudad, sobre una época y, sobre todo, sobre una forma de injusticia que sigue resultando reconocible.

Formalmente, la novela avanza con una voz poderosa, a ratos desbordante, que no teme interrumpir la acción para detenerse en la arquitectura, en la historia urbana o en la vida popular. Ese rasgo, que hoy puede sorprender a lectores acostumbrados a narraciones más rápidas, es también una de sus mayores riquezas. Hugo convierte la catedral en personaje, archivo, símbolo y escenario moral. Notre Dame no es un decorado: es la memoria de una civilización, un cuerpo de piedra que observa cómo los hombres destruyen aquello que dicen venerar.

La estructura combina episodios dramáticos, escenas multitudinarias, digresiones históricas y momentos de intensa intimidad. Esa mezcla, lejos de ser un defecto, responde al impulso romántico de abarcarlo todo: lo sublime y lo grotesco, lo sagrado y lo carnavalesco, la belleza y la deformidad. En ese contraste se reconoce una de las claves éticas del libro. Hugo obliga al lector a desconfiar de las apariencias. Lo monstruoso no siempre está en el cuerpo que la mirada social señala; muchas veces se oculta en las instituciones, en el fanatismo, en la obediencia ciega o en el deseo convertido en posesión.

Leída hoy, Nuestra Señora de París conserva un valor incómodo. Nos habla de exclusión, de violencia contra la mujer, de prejuicio racial y social, de masas que juzgan antes de saber, de poderes que se amparan en la moral para encubrir su brutalidad. No hace falta forzar la actualidad: está ahí, en la manera en que una comunidad fabrica culpables y convierte la diferencia en amenaza.

Victor Hugo, nacido en Besançon en 1802 y muerto en París en 1885, fue poeta, novelista, dramaturgo y figura pública decisiva del siglo XIX francés. Su obra une ambición literaria y conciencia política. Además de Nuestra Señora de París, títulos como Los miserables o El hombre que ríe muestran su interés por los desposeídos, los humillados y quienes quedan fuera del relato oficial del poder. Publicada en pleno Romanticismo, esta novela dialoga con la reivindicación de la Edad Media, el gusto por lo extremo y la defensa del patrimonio arquitectónico, en un momento en que muchos edificios históricos franceses sufrían abandono o destrucción.

Al lector actual puede interesarle especialmente si busca una novela clásica con densidad moral, no solo una historia intensa. También a quien disfrute de las obras en las que el espacio tiene tanta importancia como los personajes. Su estilo exige cierta disposición: Hugo no escribe con prisa, pero recompensa con imágenes de enorme fuerza y con una mirada compasiva que nunca resulta blanda.

En esta sección, Leer cuesta poco, la elección de Nuestra Señora de París tiene pleno sentido: acercar grandes obras a nuevos lectores sin convertirlas en piezas de museo. Que una novela así esté disponible en una edición asequible de Alianza Editorial recuerda algo sencillo y necesario: algunos clásicos no están lejos; basta con volver a abrirlos.

>> Compra de ejemplares  (13,25 €  – Alianza Editorial)

PUNTO Y SEGUIDO – Beatriz Caso

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