La casa de mi padre, de Javier García Sánchez

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Conviene leer La casa de mi padre porque Javier García Sánchez entra en la España rural sin nostalgia, sin folclore y sin esa piedad decorativa con la que a veces se embalsama lo perdido. La novela mira de frente un mundo en retirada, pero también señala la brutalidad del mundo que viene a sustituirlo. No hay aquí una defensa sentimental del pueblo ni una condena simplista del progreso: lo que hay es una observación ácida, incómoda y muy literaria de cómo se descompone una comunidad cuando el poder, el dinero y la supervivencia se imponen sobre cualquier forma de decencia.

Serafín Burón, último descendiente de una familia conocida desde antiguo como los Burros, regresa al pueblo de sus antepasados acompañado de su novia. Su propósito, en apariencia modesto y razonable, es aislarse para escribir una tesis doctoral. La casa que habita no es una propiedad cualquiera: es la casa que su padre levantó tras años de trabajo, ahorro y obstinación. Ese dato, que podría parecer solo biográfico, concentra buena parte del sentido moral de la novela. La casa representa una herencia, una idea del esfuerzo, incluso una forma de pertenencia. Pero pronto ese refugio se convierte en territorio amenazado cuando Serafín descubre que la nueva autovía proyectada entre la capital provincial y la capital del Estado pasa exactamente por allí.

A partir de ese conflicto, García Sánchez construye algo más que una historia sobre expropiaciones, caciques locales o desmanes urbanísticos. Lo que me interesa de la novela es cómo convierte ese episodio concreto en una radiografía de un país. La autovía no funciona solo como infraestructura, sino como símbolo de una modernización agresiva, de esa España del pelotazo que confundió desarrollo con ocupación del terreno y progreso con cemento. Frente a ella aparece la España rural, pero no como paraíso moral. El pueblo que recibe a Serafín está atravesado por códigos violentos, misoginia heredada, jerarquías invisibles y una idea cerrada de la vida. El dicho que resume su visión del mundo —«La vaca, tudanca / el vino, tinto / la mujer, callada»— no es una nota pintoresca, sino una declaración de principios brutal.

La mirada de Serafín resulta decisiva. No estamos ante un héroe épico ni ante un rebelde de manual. Es menudo, culto, tímido, más observador que combatiente. Esa desproporción entre su fragilidad física y la dureza del entorno produce buena parte de la tensión del libro. Serafín pertenece a una estirpe asociada al carácter peleón y a la apostura guerrera, pero él parece hecho de otra materia. Justamente por eso su presencia desestabiliza el relato familiar y el relato comunitario. Su regreso no confirma una identidad: la pone en duda. Y esa duda es uno de los grandes aciertos de la novela.

En términos formales, La casa de mi padre destaca por una prosa de gran energía verbal. García Sánchez no escribe desde la contención minimalista, sino desde una expresividad abundante, irónica, a veces feroz. Su lenguaje tiene músculo narrativo, capacidad satírica y oído para las deformaciones morales del habla colectiva. La comicidad, cuando aparece, no suaviza la violencia de lo narrado: la hace más visible. Me parece importante subrayarlo, porque el humor de la novela no busca la complicidad cómoda del lector, sino una forma de despiece. La sonrisa que provoca suele tener algo de mueca.

La estructura se apoya en el choque entre dos órdenes: el viejo mundo rural, con sus reglas cerradas y su memoria tribal, y el nuevo mundo económico, administrativo y especulativo, con su jerga de progreso y su fondo depredador. Pero la novela no cae en la simetría fácil. No opone inocentes a culpables, ni tradición a corrupción. Más bien muestra que la lucha por el poder adopta formas distintas según el escenario, aunque siempre termina afectando a los cuerpos, a las casas y a la dignidad de los más vulnerables. En ese sentido, el libro tiene una dimensión ética clara: pregunta cuánto vale una vida arraigada en un lugar cuando el lugar se convierte en mercancía.

Dentro de la narrativa española contemporánea, Javier García Sánchez ocupa una posición singular por su ambición verbal y por su tendencia a enfrentarse a materiales narrativos de fuerte densidad histórica, política o moral. Después de una obra tan exigente como Robespierre, el desplazamiento hacia el norte rural peninsular no supone una rebaja de intensidad, sino un cambio de campo de batalla. La revolución, aquí, no está en los grandes discursos, sino en la carretera que arrasa una casa, en el silencio impuesto a las mujeres, en la pequeña guerra por conservar una parcela de sentido.

Leo La casa de mi padre como una novela sobre la pérdida de suelo, en todos los sentidos. Se pierde el suelo físico, amenazado por la autovía; se pierde el suelo familiar, porque la herencia ya no garantiza continuidad; se pierde el suelo moral, porque todos parecen dispuestos a negociar algo de sí mismos para sobrevivir. Por eso merece la pena leerla hoy: porque habla de una España reconocible, todavía presente bajo distintas formas, donde la modernización puede ser una máscara del expolio y donde la tradición, lejos de ofrecer refugio, puede esconder su propia violencia.

PUNTO Y SEGUIDO  – Beatriz Caso

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