Correo sin respuesta

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DANIEL S. LARDON. Diario de un eterno finalista

Volvimos a Madrid el domingo por la tarde, con esa fatiga dócil que dejan el mar fuera de temporada y dos días vividos a una escala más humana. Aún traía en la ropa un resto de sal, o eso quise creer al colgar la chaqueta en casa. Durante el viaje de vuelta, Clara condujo casi todo el tiempo con una serenidad que no parecía alegría ni cansancio, sino una forma discreta de estar en el mundo. Hablamos poco. No hizo falta. Después de ciertos fines de semana, las palabras sobran o llegan tarde.

Yo regresé con la bolsa de la editorial en el asiento de atrás y una inquietud que no había conseguido dejar junto al Levante. Las correcciones del editor me esperaban sobre la mesa como esperan algunas cartas antiguas: con una mezcla de autoridad y reproche. Había empezado a revisarlas esa misma noche, con disciplina casi supersticiosa, como si atender a cada marca a lápiz pudiera evitarme males mayores. Me irritó comprobar hasta qué punto dependía ya de aquel juicio. No porque las observaciones fueran injustas —al contrario, eran inteligentes, precisas, a veces incluso generosas—, sino porque me obligaban a aceptar algo que uno tarda media vida en admitir: que un texto mejora, sí, pero mejora a costa de desmontar la ilusión que uno tenía sobre él.

He pasado la semana corrigiendo por las mañanas y aplazando por las tardes lo que ya no podía corregirse en ningún manuscrito. Hay cambios pequeños que exigen más valor que una reescritura entera. Quitar un adjetivo al que uno se ha acostumbrado, cortar una frase que parecía sostener una página, desplazar un final media línea para que respire. En eso he pensado mucho estos días: en la respiración. Un libro respira o se ahoga. Supongo que a las personas les ocurre algo parecido.

De Clara apenas he sabido nada. El lunes me escribió un mensaje breve, casi administrativo: estaría ocupada unos quince días; un amigo de hace tiempo había venido a verla antes de marcharse fuera del país. No había en ese mensaje nada que pudiera considerarse ofensivo, ni siquiera frío. Y, sin embargo, desde que lo leí siento una leve alteración del pulso, como si me hubieran cambiado de sitio un mueble en una habitación a oscuras. Uno tropieza enseguida con lo que ya no está donde esperaba.

He releído varias veces esas dos líneas, con la humillación silenciosa de quien busca una segunda intención porque la primera le parece insuficiente. A mi edad, que es una edad ya poco decorativa para ciertas zozobras, debería haber aprendido que el miedo no siempre adopta formas épicas. A veces consiste simplemente en mirar el teléfono con una frecuencia impropia, en escribir un correo que no se envía, en calcular el tono exacto de una respuesta que quizá nadie ha pedido.

No sé en qué momento me acerqué tanto a ella. O quizá sí lo sé y prefiero contarlo mal. Fue en la playa, probablemente; en esa luz de marzo que no embellece nada y por eso mismo lo vuelve más verdadero. En los desayunos largos, en el rumor de las persianas medio rotas, en la facilidad extraña con que pude callarme sin sentirme torpe. Hay intimidades que no nacen de la confesión, sino de la tregua. Con Clara tuve eso: una tregua. Y ahora me descubro temiendo perderla como se teme perder una costumbre recién adquirida, una de esas que aún no han dado tiempo a estropearse.

Hoy he abierto el correo varias veces sin encontrar respuesta a mi último mensaje, que tampoco era un mensaje memorable. Le preguntaba cómo estaba, le decía que las correcciones avanzaban, añadía una observación banal sobre la lluvia en Madrid. Nada que exigiera silencio, nada que exigiera contestación. Tal vez por eso inquieta más. El silencio siempre parece deliberado cuando uno espera.

Esta tarde, al salir a comprar pan, he visto en los plátanos de la calle unas hojas nuevas, todavía endebles, casi transparentes. He pensado, sin demasiada convicción, que la primavera tiene algo de corrector editorial: elimina el exceso, mueve un poco el aire, obliga a que ciertas cosas respiren. Quiero creer que también en la vida los vacíos significan a veces eso y no una pérdida.

He vuelto al manuscrito al anochecer. He aceptado dos cortes que me resistían desde el lunes y, por primera vez en varios días, no he sentido que estuviera empequeñeciendo el libro, sino despejándolo. Tal vez con las personas no se pueda hacer lo mismo. Tal vez haya que soportar las zonas de sombra sin tacharlas enseguida.

No tengo respuesta de Clara. Tengo, en cambio, un puñado de páginas mejores que hace una semana y una inquietud menos confusa que ayer. No es gran cosa, pero empiezo a sospechar que casi nunca lo es. La vida, cuando decide no humillarnos del todo, suele concedernos avances modestos: una frase que por fin encuentra su sitio, una tarde sin derrota, la posibilidad todavía abierta de que alguien vuelva.

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© Anxo do Rego. Todos los derechos reservados. 

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Narrador. Fundador, director y editor de la extinta editorial PG Ediciones. Actualmente asesora y colabora en las editoriales: Editorial Skytale y Aldo Ediciones, del Grupo Editorial Regina Exlibris. Director y redactor del diario cultural Hojas Sueltas. Fundador en 2014 de una de las primeras revistas digitales del género negro y policial «Solo Novela Negra». Participa en numerosas instituciones culturales. Su narrativa se sustenta principalmente en la novela policíaca con dieciséis títulos del comisario del CNP, Roberto H.C. como protagonista, aunque realiza incursiones en otros géneros literarios, tales como la ficción histórica, ciencia ficción, suspense y sentimentales. Mantiene su creatividad literaria con novelas, relatos, artículos, reseñas literarias y ensayos.

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