Cuando Salomé y Priscila caminan por las calles de una ciudad llena de historia y monumentos, Priscila siente un miedo constante a perderse y, a menudo, se ve atrapada por el pánico. Por otro lado, Salomé no teme perderse en absoluto. Si se pierde, simplemente se pierde. Eso es todo. Mira el mapa y encuentra el camino. Incluso se divierte dando vueltas por las calles de la ciudad sin tener una idea clara de dónde se encuentra. Es como si vagara por los campos de la soledad y aprendiera a encontrarlos acogedores.
Cuando la soledad se hace presente, podemos sacar el mapa y encontrar la forma de salir de ella sin dejarnos llevar por el pánico, sin llegar a la conclusión inmediata de que el mundo no existe, sin cuestionarlo todo ni adentrarnos más allá del abismo.
En ese sentido, Salomé y Priscila representan dos formas diferentes de enfrentarse a la soledad. Priscila, presa del miedo, la ve como un peligro, como algo que amenaza su existencia. Por otro lado, Salomé la abraza como una oportunidad para explorar, para perderse y encontrarse a sí misma en el proceso.
Ambas perspectivas nos invitan a reflexionar sobre cómo enfrentamos la soledad en nuestras vidas. ¿La vemos como una amenaza o como una oportunidad de crecimiento? ¿Nos dejamos llevar por el pánico o encontramos la manera de salir de ella?
Al final del día, cada uno de nosotros tiene la capacidad de elegir cómo enfrentar la soledad. Podemos verla como un enemigo o como un compañero de viaje que nos enseña lecciones valiosas sobre nosotros mismos.
Anika



