Hay platos que no entran en una novela para adornar la mesa, sino para rematar una conversación. En Ritos de muerte, de Alicia Giménez Bartlett, Barcelona no funciona como un simple decorado urbano: es una red de despachos, bares, casas y trayectos donde se negocian el poder, el cansancio y la verdad. En ese mapa, el pollo al ajillo comparece como cena tardía de barra, comida de resistencia, remedio aromático para seguir hablando cuando ya se ha dicho demasiado. Petra Delicado, que mira el mundo con ironía y con una lucidez no siempre amable, pertenece también a esa estirpe de personajes que piensan mejor cuando comen algo concreto, rotundo, sin ceremonia.
La aparición del plato en la obra
En la novela, la comida no interrumpe la investigación: la acompaña, la humaniza y, en cierto modo, la delata. El bar, el restaurante o la cocina doméstica son estaciones de descanso aparente en las que los personajes bajan la guardia lo justo para revelar algo. El pollo al ajillo responde a ese clima. No es un plato sofisticado ni pretende representar una idea elevada de la cocina; precisamente por eso funciona tan bien en el universo de Petra Delicado. Llega a la mesa con una lógica práctica: alimenta, perfuma, exige pan y, sobre todo, obliga a compartir un mismo aire cargado de ajo, vino y grasa caliente.
En la novela negra, la comida suele cumplir una doble función. Por un lado, devuelve espesor material a un mundo dominado por informes, interrogatorios y cadáveres. Por otro, marca jerarquías: quién paga, quién sirve, quién come deprisa, quién tiene tiempo para pedir una segunda copa. El pollo al ajillo pertenece a la cocina del bar español de toda la vida, una cocina sin retórica, hecha para sostener cuerpos cansados y conversaciones tensas. No distrae: acompaña. No embellece: fija la escena.
Lectura cultural
El ajillo, en España, tiene algo de gramática popular. Ajo, aceite, vino, laurel, perejil: pocos elementos, pero muy expresivos. Es una cocina de extracción humilde que ha pasado por tabernas, casas y menús del día sin perder su carácter. En ese sentido, encaja con una novela que atiende con precisión a las diferencias de clase, a los desplazamientos por la ciudad y a la textura social de la vida urbana en los años noventa.
Hay además una dimensión territorial. El pollo al ajillo no es un plato exclusivo de Barcelona ni está codificado como emblema catalán; es, más bien, una pieza del repertorio común español, precisamente el tipo de receta que aparece en bares donde el territorio se vuelve mestizo y funcional. En una ciudad como la de Ritos de muerte, donde conviven despachos burgueses, comisarías, pisos de distintos mundos sociales y restaurantes de diverso rango, este plato representa la franja intermedia: la restauración cotidiana, accesible, fiable.
Su simbolismo no necesita exagerarse. El ajo sirve aquí como marca olfativa y moral. Es un olor que se pega a la ropa, al aliento y a la memoria inmediata. Frente a la abstracción del crimen, el ajillo devuelve una verdad física: los cuerpos comen, sudan, esperan, se desgastan. Y el vino blanco, reducido en la cazuela, introduce ese punto agrio y adulto que conviene tanto a la novela negra: nada en exceso, nada dulzón, nada inocente.
La receta
Esta es una versión cocinable y verosímil del plato, ajustada al estilo de bar y pensada para cuatro raciones.
Ingredientes
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800 g de pollo troceado
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8 dientes de ajo
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150 ml de vino blanco seco
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1 hoja de laurel
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5 o 6 cucharadas de aceite de oliva
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Sal
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Pimienta negra, opcional
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Perejil fresco picado
Elaboración
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Seca bien el pollo con papel de cocina y sazónalo con sal. Si se quiere, puede añadirse una vuelta ligera de pimienta, aunque no es imprescindible.
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Calienta el aceite en una sartén amplia o cazuela baja. Dora el pollo a fuego medio-alto, sin amontonarlo, para que coja color por todas partes. Este paso lleva unos 8 o 10 minutos.
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Incorpora los dientes de ajo chafados, con piel o pelados de forma parcial, y la hoja de laurel. Baja un poco el fuego para que el ajo perfume el aceite sin quemarse. Bastan 2 minutos.
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Vierte el vino blanco y deja que evapore el golpe alcohólico inicial. Cuando rompa a hervir, tapa la cazuela y cocina a fuego medio-suave durante 15 o 18 minutos.
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Destapa, comprueba el punto del pollo y sube el fuego 2 o 3 minutos para que la salsa reduzca y quede ligeramente ligada al jugo de la carne y al aceite aromatizado.
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Apaga, espolvorea perejil fresco picado y sirve muy caliente.
El resultado debe ser jugoso, con una salsa breve pero intensa, apta para mojar pan sin convertir el plato en un guiso largo.
Notas del redactor
Le van bien unas patatas panadera hechas aparte, pero aún mejor un pan de miga firme que soporte la salsa hasta el final. Como vino, un blanco joven y seco funciona dentro y fuera de la cazuela: macabeo, verdejo o un godello sin exceso de madera. También cabe una cerveza bien tirada, que acerca el plato a su verdad de barra. En esta clase de cocina, mojar no es una incorrección: es una forma de insistir en la escena, de no darla por cerrada.
Cierre literario
Este pollo al ajillo queda en el lector por una razón muy simple: huele. Y lo que huele, en literatura, permanece de un modo especial. Hay imágenes que se olvidan y argumentos que se confunden, pero ciertos olores fijan una escena con una tenacidad casi física. En Ritos de muerte, donde tantas cosas dependen de lo que se observa, se calla o se deduce, un plato así introduce una evidencia menos discutible: la de la vida cotidiana que sigue alrededor del crimen. El ajo, el vino, el calor de la sartén, el pan que apura la salsa: todo eso compone una memoria lateral de la novela, una prueba íntima que no se archiva.
Ficha
Ritos de muerte, Alicia Giménez Bartlett, 1996, Grijalbo. Primera edición
Localización: Barcelona.
Volver a Ritos de muerte permite comprobar hasta qué punto Alicia Giménez Bartlett supo hacer de la investigación un modo de leer la ciudad y sus costumbres. Y cocinar este pollo al ajillo, sin solemnidad y con buen pan al lado, ayuda a entrar en esa temperatura moral de la novela donde comer también es pensar. Les recomendamos ambas cosas: leer el libro y llevar la receta a la cocina; después, escríbannos a Hojas Sueltas con sus comentarios.
PUNTO Y SEGUIDO – Marcos Gómez Puertas



