MITOS Y LEYENDAS DE LOS IK’HUE
Los presentes mitos y leyendas conforman el imaginario colectivo de la tribu de los Ik’hue, una nación norteamericana de carácter ficticio en la que se desarrolla la novela «Ik’hue – Lazos de sangre» (Verbum, 2024), obra del prolífico autor guipuzcoano Iñaki Sainz de Murieta.
Es bien sabido que, cuando las personas mueren, su cuerpo se pudre, pero no su espíritu. Estos pueden ser benéficos o maléficos, según los senderos y las decisiones que han tomado en vida. Algunos vagan por las ardientes arenas como desgarbados espejismos entre nuestro mundo y el superior, penando por su egoísmo hasta que los rezos de los suyos consiguen orientarlos. En ocasiones podemos llegar a vislumbrarlos, pero no es bueno que esto ocurra. Es mala medicina. Los ancianos nos lo han hecho saber en repetidas ocasiones. Si todo acontece como debe, cuando ascendamos podremos volver a reunirnos y compartir el tabaco sagrado. Hasta entonces, debemos hacer que nuestra vida sea digna y no renunciar jamás a ella. Es un regalo del Gran Espíritu. Aquellos que actúan de forma recta y en beneficio de los demás, en vez del suyo propio, serán bienhallados en el Círculo Superior. Los egoístas y los mentirosos se convierten en seres malignos que adoptan el cuerpo de brujos o de animales, para así acechar en la oscuridad y abrirse camino en los corazones de aquellos que anteponen sus deseos a todo lo demás. Cuando un niño de pecho muere, se acostumbra a cortar un mechón de su cabello y se guarda un tiempo indeterminado, hasta recibir una visión que propicie una ceremonia de despedida. Entonces se queman los cabellos en un ritual sagrado, despidiendo así al espíritu que ha permanecido en la familia con el propósito de reconocer a los suyos en el mundo superior. Allí se encontrará con sus antepasados y se unirá a ellos. No hay espíritus pequeños.
En los tiempos en los que mi padre cazaba, un bravo murió a manos de un puma, dejando tras de sí a dos mujeres y seis hijos menores, el mayor de los cuales aún no se había estrenado siquiera como cazador. Fue un duro golpe para ellos, pero así está dispuesto el círculo de la vida. El primogénito amaba muchísimo a su padre y sentía terriblemente su pérdida, hasta el punto de que no dejó de llorarlo ni un instante desde que tuvo conocimiento de lo ocurrido, llevando hasta límites extraordinarios su duelo. Echaba de menos que estuviera a su lado y cometió el error de verbalizarlo. Lo llamó por su nombre. Su otra madre notó una presencia extraña en el hogar familiar y llamó inmediatamente a la madre del joven. Al regresar al hogar descubrieron que el espectro de su difunto marido daba vueltas en torno a la tienda. La mujer le asestó una bofetada al pequeño para que se callase de inmediato. El espíritu estaba desorientado y no podía proseguir su camino. Se necesitaron muchos rezos y ceremonias para devolverlo a su lugar. Es por esto por lo que no debe nombrarse a los muertos. Solo los hombres medicina pueden hacerlo y bajo unas normas muy estrictas, como ocurre cuando se honra a una persona otorgándole el nombre sagrado de sus antepasados. Honradlo siempre, aunque parezca ridículo. Ningún nombre lo es.
© Iñaki Sainz de Murieta.



