Cortafuegos, de Henning Mankell (8)

Wallander ante la violencia, la desconfianza y una modernidad tecnológica que desborda sus certezas.

En Cortafuegos, el peligro alcanza tanto a la sociedad investigada como al policía que intenta comprenderla. Una sucesión de crímenes obliga a Kurt Wallander a internarse en un territorio donde su experiencia resulta insuficiente. Al desconcierto profesional se suman la soledad y las sospechas sobre sus compañeros. La novela permite así una lectura que atraviesa su intriga: ¿qué sucede cuando las defensas de una comunidad empiezan a fallar al mismo tiempo que las de quien debe protegerla?

La acción arranca en Ystad, durante el otoño de 1997. Un fallecimiento junto a un cajero automático, el asesinato de un taxista cometido por dos adolescentes y un apagón en Escania componen una secuencia de hechos cuya relación debe descubrirse. El contraste entre violencia física y complejidad informática sostiene el conflicto: Wallander puede examinar un escenario criminal, pero necesita ayuda para penetrar en sistemas que desconoce. La investigación pone a prueba su capacidad para aprender y para confiar.

Esta situación modifica el sentido de la competencia policial. Saber investigar exige reconocer lo que uno ignora. El inspector conserva la perseverancia, aunque ya no puede dar por supuesto que sus herramientas basten. Ahí aparece una inquietud cercana: llevar muchos años haciendo bien un trabajo tampoco garantiza entender aquello en lo que ese trabajo se está convirtiendo. Su desorientación tiene una dimensión profesional, generacional y afectiva.

La escala del caso amplía esa incertidumbre. El cajero y el suministro eléctrico introducen en la vida cotidiana unas infraestructuras que solemos utilizar sin conocer su funcionamiento. A partir de esos elementos, cabe interpretar el crimen como una revelación de dependencias invisibles. Una ciudad aparentemente manejable participa de una organización mucho mayor. La proximidad del escenario deja de garantizar la proximidad de las causas.

El título admite, desde esta perspectiva, una resonancia que rebasa su significado informático. Un cortafuegos protege mediante límites; Wallander necesita averiguar qué límites siguen siendo eficaces. Los del conocimiento, los de la institución policial y los de su intimidad están sometidos a presión. Esta lectura permite vincular los distintos planos del relato sin reducir la tecnología a una decoración moderna ni la soledad a un rasgo pintoresco del protagonista.

La sospecha dentro del equipo vuelve especialmente delicado ese vínculo. La policía necesita compartir información, distribuir tareas y aceptar el criterio ajeno. Cuando la confianza se resquebraja, el daño afecta al propio procedimiento de investigación. El inspector debe interpretar también las conductas de quienes trabajan a su lado. Resolver un caso y saber en quién apoyarse pasan a ser problemas relacionados, aunque ninguna destreza técnica pueda resolver por sí sola el segundo.

También la violencia de las adolescentes desestabiliza sus explicaciones. Su indiferencia puede leerse como un desafío a la expectativa de encontrar un motivo reconocible o una señal de culpa. Pero conviene mantener distancia frente a las conclusiones generales del investigador. Su espanto no demuestra por sí solo la descomposición de toda una sociedad. El interés crítico está precisamente en observar cómo un hombre agotado intenta convertir una experiencia intolerable en una explicación del mundo.

La recepción del libro ha destacado tanto la persistencia del protagonista como la acumulación de dificultades que lo rodean. Kirkus Reviews subrayó el atractivo de un Wallander solitario y desbordado, al tiempo que consideraba sobrecargado el caso. Esa doble valoración señala una tensión productiva: el personaje puede sostener la atención incluso cuando la maquinaria argumental acumula más elementos de los necesarios.

Desde el punto de vista narrativo, importa la diferencia entre acumular acontecimientos y hacer avanzar una comprensión. La investigación policial obtiene parte de su fuerza de la información incompleta, los errores y las rectificaciones. Sin embargo, la reiteración del desconcierto puede convertirse en demora. En Cortafuegos, la ambición de relacionar violencia cercana y amenaza de gran alcance exige valorar si cada ampliación del caso profundiza el conflicto o simplemente aumenta su tamaño.

La dimensión informática es, además, el aspecto más expuesto al paso del tiempo. Leonardo Moledo cuestionó en Página/12 la verosimilitud de su planteamiento tecnológico y la extensión de la novela. Su lectura, muy severa, resulta útil para evitar una celebración automática de Mankell. La vigencia de una preocupación —la fragilidad de las redes que sostienen nuestra vida— no garantiza que todos los mecanismos de una ficción hayan conservado la misma credibilidad.

Con esas reservas, el principal interés del libro puede situarse en la relación entre vulnerabilidad y responsabilidad. Wallander sigue investigando mientras se pregunta cuánto tiempo podrá continuar. No dispone de una vida privada capaz de compensar fácilmente el desgaste del oficio. Su perseverancia tiene así un coste que impide confundirla con una superioridad cómoda. A veces, seguir trabajando significa apenas reunir fuerzas para atender el siguiente problema.

Cortafuegos ofrece una vía de lectura especialmente sugerente para quienes buscan en la novela policiaca algo más que la solución de un enigma. Su amenaza tecnológica pertenece a un momento concreto; la dificultad de confiar conserva una cercanía inmediata. Mankell reúne ambas inquietudes alrededor de un investigador que necesita comprender el crimen y, al mismo tiempo, recuperar alguna certeza desde la que seguir viviendo.

Fuentes 

MARCOS GÓMEZ-PUERTAS – Punto y Seguido