El grito de la lechuza, de Patricia Highsmith (08)

0
63

Una novela de suspense psicológico donde la intimidad vulnerada acaba convirtiéndose en una trampa pública.

Robert Forester contempla desde fuera la cocina iluminada de una desconocida. Cree encontrar en esa rutina doméstica la calma que le falta tras separarse de su mujer y dejar Nueva York. La escena, sin embargo, contiene ya una infracción: la mujer observada no ha consentido convertirse en el refugio de nadie. En El grito de la lechuza (The Cry of the Owl, 1962), Patricia Highsmith hace crecer el suspense desde esa desproporción entre una conducta que Robert se cuenta como inocente y el daño que puede causar. El crimen llegará después; la inquietud empieza mucho antes.

Robert trabaja en una empresa aeronáutica de Pensilvania y lleva una existencia ordenada, solitaria, casi inmóvil. Durante sus paseos nocturnos se detiene a mirar a Jenny Thierolf por la ventana de su casa. La precisión importa: no investiga un delito ni persigue una pista. Busca una imagen de paz ajena a la que regresar cuando su propia vida se le hace insoportable. Highsmith coloca al lector cerca de ese razonamiento y, al mismo tiempo, le permite advertir su trampa. Sentirse triste no concede derecho a vigilar a otra persona.

La novela se aparta así del mecanismo clásico que promete una explicación final y una justicia reparadora. Su pregunta más incómoda es otra: ¿cuánto sabemos de quien observamos y de nosotros mismos cuando creemos mirar sin consecuencias? Jenny no permanece reducida al papel de objeto contemplado. Su respuesta inesperada altera el reparto de funciones que Robert había imaginado. A partir de ahí, cada personaje interpreta los actos ajenos según sus deseos, sus celos o sus temores. La mirada cambia de dirección; la impresión inicial, de significado.

Highsmith había publicado ya Extraños en un tren y El talento de Mr. Ripley. Aquí el centro no lo ocupa un criminal carismático ni un investigador capaz de ordenar los indicios. Robert resulta más opaco por su pasividad: vacila, evita las confrontaciones y confía en que una explicación sensata baste para deshacer los equívocos. Esa reserva lo vuelve vulnerable, pero tampoco absuelve la intrusión con la que comienza todo. La autora resiste la cómoda división entre un hombre del todo inocente y un entorno del todo perverso.

El paisaje de Pensilvania parece ofrecer a Robert la distancia que buscaba respecto a su matrimonio. Pronto demuestra lo contrario. El trabajo, la casa de Jenny y las relaciones de la localidad forman un circuito estrecho: un encuentro tiene testigos, un comportamiento adquiere versiones y una explicación tardía suena a coartada. Highsmith transforma la proximidad cotidiana en una fuente de amenaza. La reputación puede deteriorarse antes de que exista una prueba concluyente.

La sospecha se alimenta además de hechos reales. Robert ha espiado; negarlo sería falsear la novela. Pero haber cruzado ese límite tampoco convierte en verdaderas todas las acusaciones posteriores. Ahí reside una de las operaciones más precisas del libro: mostrar cómo un antecedente comprometedor facilita que los demás completen con conjeturas lo que ignoran. La verdad de una conducta y la verdad de un crimen son asuntos distintos, aunque la comunidad tienda a mezclarlos.

La violencia, cuando irrumpe, no reorganiza limpiamente el relato alrededor de un culpable al que descubrir. Agrava la fragilidad de los vínculos. La antigua relación matrimonial de Robert, el noviazgo de Jenny y las expectativas que cada cual deposita en el otro generan presiones que ninguna pesquisa puede resolver por sí sola. En Highsmith, la investigación policial comparte espacio con una investigación más incierta: la que el lector realiza sobre las razones que los personajes no terminan de confesarse.

La prosa de Highsmith registra horarios, trayectos, conversaciones y gestos de una vida corriente. Esa atención al detalle mantiene la amenaza pegada a lo verosímil. En el comienzo de la novela, el descenso temprano de la noche y los rectángulos de luz de la cocina convierten una escena familiar en un cuadro visto a distancia. Robert teme que lo descubran; sabe, por tanto, que su placer de mirar no es tan inofensivo como pretende. La narración no necesita subrayarlo con una condena explícita.

El suspense procede menos de esconder una pieza decisiva que de cambiar el valor de las piezas conocidas. Una presencia puede parecer protección, invasión o prueba de culpabilidad según quien la describa. El lector dispone de cercanía con Robert, pero esa cercanía no equivale a una garantía moral. Highsmith lo mantiene en una posición incómoda: comprendemos su necesidad de consuelo y rechazamos el modo en que decide satisfacerla.

El título añade una vibración fatalista. El ave nocturna sugiere un mal presagio, pero reducir la novela a la idea de un destino inevitable borraría su aspecto más perturbador: los personajes eligen, interpretan y actúan. El desastre se construye también con decisiones pequeñas, silencios y lecturas apresuradas de los demás.

La eficacia de El grito de la lechuza reside en su negativa a ofrecernos una simpatía estable. Robert puede ser objeto de una persecución desmedida sin que su voyeurismo se vuelva aceptable. Jenny posee iniciativa y una vida interior que desborda la fantasía de Robert, aunque algunas de sus reacciones puedan resultar difíciles de compartir. La incomodidad obliga a revisar cada juicio a medida que avanza la lectura.

Hay también un límite discutible: ciertas acumulaciones de infortunios y conductas extremas exigen del lector una aceptación creciente de la lógica de pesadilla. La reserva no invalida el hallazgo central. La novela muestra cómo una persona llega a ser prisionera de la versión que otros han construido sobre ella y cómo esa versión se apoya, a veces, en una falta verdadera que no explica el resto.

Para entrar en Highsmith, Extraños en un tren ofrece una arquitectura más visible de culpa y complicidad; El talento de Mr. Ripley permite seguir de cerca a su personaje más célebre. El grito de la lechuza es una excelente lectura de profundización: concentra el interés de la autora por la obsesión, el aislamiento y la inestabilidad del juicio moral en una historia sin el magnetismo protector de Ripley. Su pregunta nos alcanza todavía: ¿qué sucede cuando el deseo de mirar una vida ajena termina por impedirnos ver a la persona que la vive?

Fuentes consultadas

MARCOS GÓMEZ PUERTAS – Punto y Seguido