Se repite que una editorial deja de ser independiente cuando crece demasiado. La frase parece razonable: más títulos exigen más personal, mayor inversión, una distribución más extensa y compromisos comerciales más severos. Sin embargo, los recorridos de Feltrinelli, Anagrama, Siruela, Pre-Textos y Libros del Asteroide muestran que el tamaño no decide por sí solo la independencia. La pregunta útil no es cuántos libros publica una casa, sino quién fija sus límites, quién asume sus riesgos y qué está dispuesta a sacrificar para conservar su catálogo.
En el lenguaje editorial, «independiente» se aplica con demasiada facilidad. Puede referirse a una empresa que no pertenece a un conglomerado, a un equipo con libertad para elegir autores o a un catálogo reconocible que no parece dictado por el mercado. Son condiciones relacionadas, pero no equivalentes. Conviene distinguir tres planos. Existe una independencia societaria, que depende de quién posee la empresa; una independencia editorial, relativa a quién decide qué se publica; y una independencia económica, que mide hasta qué punto la supervivencia obliga a aceptar decisiones contrarias al proyecto. Una editorial puede conservar autonomía en el segundo plano y haber perdido el primero. También puede ser jurídicamente independiente y vivir sometida a tal fragilidad que apenas disponga de libertad real.
Feltrinelli constituye una primera objeción al tópico. Es un grupo familiar de gran dimensión, con editoriales, más de un centenar de librerías, una fundación y otros instrumentos culturales. No pertenece a uno de los grandes conglomerados internacionales y mantiene una tradición intelectual identificable, pero su escala y su integración vertical impiden confundirlo con una pequeña editorial. Su caso demuestra que la independencia de propiedad no exige pequeñez; exige que el centro de decisión no haya sido absorbido por una corporación ajena al proyecto.
La historia de Anagrama obliga a precisar aún más los términos. Fundada por Jorge Herralde en 1969, fue vendida a Feltrinelli en 2010. Herralde mantuvo la dirección editorial hasta 2017 y Silvia Sesé la asumió después. El catálogo, los premios, el diseño y buena parte de la personalidad de la casa han conservado una continuidad evidente. Pero esa continuidad no convierte a Anagrama en independiente desde el punto de vista de la propiedad: forma parte de un grupo.
En 2026 publica alrededor de 130 novedades anuales y se define como una editorial de tamaño «mediano-grande». La pertenencia a Feltrinelli le proporciona respaldo financiero, proyección latinoamericana y recursos para sostener autores, reediciones y nuevas líneas. A cambio, su futuro último depende de una estructura superior, aunque esta respete las decisiones del equipo. No estamos, por tanto, ante una independencia plena, sino ante una autonomía editorial protegida por afinidad entre propietario y sello. El matiz importa. La concentración no borra necesariamente un catálogo de un día para otro. A veces permite asegurar su continuidad. El riesgo aparece a largo plazo: los propietarios cambian, las estrategias se revisan y la afinidad personal no equivale a una garantía institucional perpetua.
Libros del Asteroide representa una escala distinta. Nació con unas diez novedades al año y publica ahora entre 23 y 24. Su fundador, Luis Solano, ha señalado que duplicar títulos no significa duplicar facturación: un solo éxito puede rendir tanto como decenas de lanzamientos discretos. Su planteamiento reconoce la necesidad de crecer, pero niega que la acumulación sea una estrategia. Por debajo de cierto ritmo una editorial pierde presencia comercial; por encima de unas cuarenta o cincuenta novedades en una misma colección, la promesa de selección empieza a resultar difícil de sostener. Asteroide no hace de la pequeñez una virtud moral: busca una dimensión suficiente para ser visible sin diluir la marca.
Pre-Textos ha seguido el movimiento contrario. Tras alcanzar el centenar de novedades, redujo su producción a una franja aproximada de 60 a 80 títulos, incluidas reediciones. Manuel Borrás interpreta el crecimiento desmesurado como un espejismo: más oferta requiere más anticipos, traducciones, impresión, promoción y almacén, pero no garantiza que cada libro encuentre lectores. Su defensa de una edición «literaria o gustosa» sitúa el criterio en la sustancia del catálogo, no en una etiqueta empresarial. La independencia, en este caso, consiste también en poder decir no a la expansión que el mercado presenta como inevitable.
Siruela ocupa una posición mediana y estable. Publica entre 80 y 90 novedades, además de rescates del fondo, y combina esa actividad con acuerdos de distribución y bolsillo. Pasó por el grupo Anaya entre 1997 y 2002, pero recuperó su andadura separada. Ofelia Grande defiende una idea poco espectacular y muy sensata: un año excepcional no debe convertirse en la base de los presupuestos futuros. Las alianzas con empresas mayores no suponen necesariamente absorción. Compartir distribución, comercialización o determinadas ediciones puede ampliar el alcance sin entregar la elección de los libros.
Los tres ejemplos desmienten dos creencias opuestas. La primera sostiene que crecer siempre fortalece; la segunda, que mantenerse pequeño garantiza la pureza. Crecer puede financiar mejores traducciones, pagar con mayor justicia, sostener títulos de rotación lenta y llegar a otros países. Pero también puede elevar el umbral de facturación hasta convertir cada libro en una pieza obligada de una maquinaria. Ser pequeño permite cuidar, aunque la precariedad puede reducir el tiempo editorial, debilitar la promoción y hacer que un fracaso amenace toda la empresa.
La coherencia de catálogo suele invocarse como demostración de independencia, pero tampoco basta. Un gran grupo puede conservar sellos muy diferenciados porque esa identidad posee valor cultural y comercial. Y una editorial pequeña puede publicar de manera errática si necesita perseguir cada oportunidad de venta.
La coherencia no significa repetir el mismo libro, sino hacer comprensible la relación entre apuestas distintas. Se reconoce en la duración: autores acompañados durante años, traducciones cuidadas, rescates que dialogan con novedades, colecciones con una razón de ser y un fondo que continúa circulando. El catálogo es independiente cuando expresa decisiones acumuladas, no cuando funciona como decoración prestigiosa de una estrategia ajena.
No existe un número mágico de empleados, novedades o euros a partir del cual desaparezca la independencia. Hay, en cambio, umbrales particulares. Una editorial deja de ser independiente societariamente cuando otro grupo adquiere su control. Pierde independencia editorial cuando las decisiones decisivas —autores, colecciones, ritmos, inversión o continuidad— se toman fuera de su equipo. Y ve erosionada su independencia económica cuando crecer se vuelve obligatorio para pagar el crecimiento anterior.
La dimensión adecuada es aquella que permite editar cada libro con atención, remunerar el trabajo, sostener el fondo, sobrevivir a varios fracasos y rechazar títulos incompatibles con el proyecto. Para Asteroide puede estar en unas dos docenas de novedades; para Pre-Textos o Siruela, en varias decenas; para Anagrama, dentro de una estructura europea mucho mayor. No ocupan la misma categoría de propiedad, aunque todos puedan conservar criterio editorial.
La independencia, por tanto, no es una talla, sino una relación entre propiedad, riesgo y capacidad de decisión. La pregunta final no debería ser cuánto ha crecido una editorial, sino si todavía puede decidir no crecer, no publicar y no obedecer. Allí donde conserva esos tres «noes», su catálogo aún responde a una voluntad reconocible.
Fuentes consultadas
-
«El grupo Feltrinelli redobla su apuesta en español y reabre el debate sobre el tamaño ideal de las editoriales», El País, 5 de agosto de 2026.
-
Entrevista con Carlo Feltrinelli, El País, 2 de marzo de 2026.
© SUSANA DIÉGUEZ – Punto y Seguido



