De las aulas sin dogmas a la Residencia de Estudiantes, el proyecto institucionista creó el clima intelectual en el que pudieron encontrarse la ciencia, las artes y la Generación del 27
La Generación del 27 no surgió únicamente de una coincidencia de talentos ni del homenaje a Góngora celebrado en Sevilla. Antes de que Federico García Lorca, Luis Cernuda, Rafael Alberti, María Zambrano, Maruja Mallo o Salvador Dalí irrumpieran en la cultura española, había sido necesario transformar los lugares donde se estudiaba, se investigaba y se discutían las ideas. En esa transformación desempeñó un papel decisivo la Institución Libre de Enseñanza.
Fundada en Madrid en 1876, la Institución no fue solo un colegio privado ni una corriente pedagógica. Representó un proyecto de reforma moral, científica y cultural que pretendía modificar la sociedad mediante la educación. Su influencia alcanzó a la escuela, la universidad, la investigación, la apreciación del paisaje, la historia del arte, la educación de las mujeres y las relaciones intelectuales con Europa. Aunque la Generación del 27 no puede considerarse una creación suya, difícilmente habría encontrado el mismo ambiente de libertad y experimentación sin las instituciones nacidas bajo su inspiración.
El origen de la Institución Libre de Enseñanza se encuentra en un conflicto político y universitario. Durante la Restauración, varios profesores se negaron a ajustar sus enseñanzas a los dogmas religiosos, políticos y morales impuestos por el Estado. La defensa de la libertad de cátedra provocó la separación de docentes como Francisco Giner de los Ríos, Gumersindo de Azcárate y Nicolás Salmerón. En lugar de limitarse a reclamar su reincorporación, decidieron crear una institución independiente.
La ILE comenzó su actividad en 1876. Nació inicialmente orientada hacia los estudios universitarios, pero pronto amplió su campo a la enseñanza primaria y secundaria. La decisión resultaba coherente con el pensamiento de Giner: la reforma de la universidad sería insuficiente si no iba precedida de una transformación profunda de la educación desde la infancia. La Fundación Francisco Giner de los Ríos, depositaria de su legado, sitúa en la defensa de la libertad de enseñanza el principio fundacional de aquella experiencia. Su fundamento filosófico procedía en buena medida del krausismo, introducido en España por Julián Sanz del Río. Sin embargo, la ILE convirtió aquella doctrina en un programa práctico. Frente a la memorización, el examen entendido como amenaza y la autoridad incontestable del profesor, propuso una enseñanza basada en la observación, el diálogo y la responsabilidad personal. No aspiraba solamente a transmitir conocimientos. Pretendía formar personas capaces de juzgar por sí mismas.
El aula institucionista no terminaba en las paredes del colegio. Las excursiones al campo, las visitas a museos y talleres, el contacto con las obras de arte, la educación física, los juegos y la observación de la naturaleza constituían partes esenciales del aprendizaje. El alumno debía aprender a mirar antes de limitarse a repetir lo que otros habían escrito. Esta voluntad de enseñar a ver explica la importancia que la Institución concedió a la educación estética. Manuel Bartolomé Cossío, continuador de Giner, entendía que el arte no debía presentarse como una acumulación de nombres, fechas y estilos. Había que situar al estudiante frente a la obra, educar su sensibilidad y relacionar la creación artística con la vida. La ILE estuvo estrechamente vinculada al nacimiento de la Historia del Arte como disciplina científica en España, según documenta la Fundación Giner en sus estudios sobre Cossío.
El paisaje también adquirió un valor educativo y moral. La sierra de Guadarrama dejó de ser para los institucionistas un fondo pintoresco y se convirtió en territorio de conocimiento. Caminar, observar la geología, reconocer la vegetación y estudiar las formas de vida rural eran ejercicios científicos, pero también modos de establecer una relación menos retórica con España. Esta sensibilidad pasó a la literatura. Antonio Machado, alumno de la Institución durante su infancia, recibió de aquel ambiente una manera sobria de comprender la naturaleza, el comportamiento humano y la responsabilidad del intelectual. Su poema dedicado a Giner de los Ríos tras la muerte del maestro en 1915 revela una filiación que no es solo afectiva. En Machado, el paisaje castellano nunca es mera decoración: constituye una forma de conciencia. Los estudios de Antonio Jiménez-Landi sobre la presencia de la ILE en la vida y la obra del poeta permiten seguir esa huella más allá de las evocaciones biográficas.
La verdadera trascendencia de la Institución se aprecia cuando sus principios salieron del colegio y alcanzaron la vida pública. El institucionismo no actuó como un partido político, pero creó redes de profesores, investigadores, artistas y gestores culturales que impulsaron nuevos organismos. La fundación en 1907 de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas supuso uno de sus resultados más importantes. La JAE era un organismo público, no una dependencia administrativa de la ILE, pero recogió buena parte de su programa modernizador. Presidida por Santiago Ramón y Cajal y con José Castillejo como secretario, concedió pensiones para estudiar en otros países, fomentó el intercambio científico y promovió laboratorios y centros especializados. El archivo histórico del CSIC conserva la memoria de una institución creada para acercar la ciencia española a los principales centros europeos.
La modernización dejaba así de consistir en importar apresuradamente novedades extranjeras. Se trataba de formar investigadores, establecer métodos de trabajo, construir bibliotecas y mantener conversaciones duraderas con Europa. La ciencia comenzó a concebirse como una tarea colectiva y continuada, no como la hazaña aislada de una personalidad excepcional. De la JAE nacieron o dependieron el Centro de Estudios Históricos, el Instituto-Escuela, distintos laboratorios científicos y la Residencia de Estudiantes. La misma corriente desembocaría durante la Segunda República en las Misiones Pedagógicas, presididas por Cossío: bibliotecas, teatro, música, reproducciones de pinturas y proyecciones cinematográficas llegaron a numerosos pueblos apartados de los circuitos culturales. En ellas participaron, entre otros, María Zambrano, Luis Cernuda, Ramón Gaya y Alejandro Casona.
La Residencia y el laboratorio del 27
La conexión más visible entre el institucionismo y la Generación del 27 se encuentra en la Residencia de Estudiantes, creada en 1910. Allí convivieron escritores, artistas y científicos; por sus salones pasaron conferenciantes españoles y extranjeros, y disciplinas que la enseñanza tradicional mantenía separadas comenzaron a relacionarse. Federico García Lorca, Salvador Dalí y Luis Buñuel coincidieron en aquel ambiente. La importancia de la Residencia no radicó exclusivamente en alojar a tres futuros creadores célebres, sino en propiciar una convivencia de la que surgieron discusiones, amistades, provocaciones y proyectos compartidos. La poesía podía conversar con el cine; la pintura, con la música; la investigación científica, con las nuevas formas artísticas. La documentación del Ministerio de Cultura sobre la Residencia de Estudiantes destaca precisamente su función como punto de encuentro entre Lorca, Dalí, Buñuel, Miguel Catalán y Severo Ochoa.
Esta convivencia ayuda a comprender la amplitud estética del 27. Sus integrantes admiraron a Góngora, pero también estuvieron atentos al surrealismo, el cine, el psicoanálisis, la arquitectura moderna, la música popular y los avances científicos. Tradición y vanguardia no constituían necesariamente mundos enemigos. La enseñanza institucionista había preparado una disposición intelectual capaz de acercarse al patrimonio español sin convertirlo en una reliquia y de recibir las novedades europeas sin simple servidumbre imitativa.
El relato de esta transformación queda incompleto si se limita a la Residencia masculina. En 1915, la Junta para Ampliación de Estudios creó la Residencia de Señoritas bajo la dirección de María de Maeztu. El centro ofreció alojamiento, formación, idiomas, laboratorios y redes internacionales a mujeres que aspiraban a cursar estudios superiores. Su existencia contribuyó a que la presencia femenina en la universidad dejara de considerarse una rareza. La Residencia de Señoritas fue también un espacio de sociabilidad intelectual relacionado con el Lyceum Club Femenino y con figuras como Victoria Kent, María Zambrano, Josefina Carabias o Maruja Mallo. No todas fueron residentes, pero participaron de un entorno que permitió a las mujeres establecer vínculos profesionales y culturales fuera del ámbito doméstico. El Centro Documental de la Memoria Histórica subraya la función de María de Maeztu en la creación de este centro en 1915.
Conviene, no obstante, evitar una visión idealizada. La ILE no resolvió las desigualdades educativas de España ni convirtió la enseñanza avanzada en un derecho accesible para toda la población. Su radio de acción directo fue reducido y estuvo vinculado principalmente a sectores urbanos, profesionales y burgueses. La coeducación y la promoción intelectual femenina encontraron resistencias, incluso dentro de los ambientes reformistas. Las oportunidades concedidas a las mujeres siguieron siendo menores y estuvieron sujetas a mayores controles sociales.
Tampoco puede atribuirse al institucionismo, como si se tratara de un origen único, toda la modernidad cultural española. Existieron otras corrientes: movimientos obreros, escuelas racionalistas, iniciativas republicanas, proyectos católicos renovadores, asociaciones feministas y experiencias pedagógicas regionales. La influencia de la ILE fue decisiva, pero convivió con tradiciones diferentes y, en ocasiones, enfrentadas.
La Guerra Civil y su resultado final, la dictadura franquista, quebró aquella red. La dictadura clausuró la Institución, desmanteló o transformó sus organismos, depuró a profesores e investigadores y obligó a numerosos intelectuales al exilio. Parte de su legado continuó en México, Argentina, Estados Unidos y otros países gracias a quienes llevaron consigo métodos, archivos y proyectos educativos. La ruptura explica que durante décadas la ILE fuera recordada de manera fragmentaria: como un colegio progresista, un círculo de intelectuales o el antecedente de la Residencia. Fue mucho más. Propuso una concepción de la cultura en la que educar significaba formar el juicio, despertar la curiosidad y relacionar el conocimiento con la conducta.
Su vigencia no reside en repetir literalmente sus métodos, sino en recuperar algunas preguntas. ¿Puede enseñarse literatura sin educar la sensibilidad? ¿Es posible investigar sin libertad intelectual? ¿Debe la escuela limitarse a preparar exámenes? ¿Qué ocurre cuando la ciencia, el arte y las humanidades dejan de conversar?
La Generación del 27 respondió a esas preguntas mediante sus obras, pero pudo hacerlo porque encontró instituciones, maestros y espacios que habían comenzado a formularlas varias décadas antes. La Institución Libre de Enseñanza no escribió los poemas del 27 ni creó sus vanguardias. Hizo algo menos visible y acaso más duradero: preparó el terreno donde la inteligencia podía ejercerse sin pedir permiso al dogma.
Fuentes y referencias
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Francisco Giner de los Ríos: Obras completas y Ensayos sobre educación.
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Antonio Jiménez-Landi: La Institución Libre de Enseñanza y su ambiente.
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José García-Velasco y Antonio Morales Moya, eds.: La Institución Libre de Enseñanza y Francisco Giner de los Ríos: nuevas perspectivas.
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Fundación Francisco Giner de los Ríos: historia, archivo y documentación de la ILE.
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Archivo de la Junta para Ampliación de Estudios, CSIC.
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Residencia de Estudiantes: fondos históricos y documentación sobre la Edad de Plata.
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Raquel Vázquez Ramil: estudios sobre la Institución Libre de Enseñanza y la educación de las mujeres.
© SUSANA DIÉGUEZ – PUnto y Seguido
Etiquetas: Institución Libre de Enseñanza, Francisco Giner de los Ríos, Generación del 27, Residencia de Estudiantes, modernización cultural, educación en España
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