El 27 fuera del retrato oficial

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María Zambrano, Concha Méndez, Ernestina de Champourcín, María Teresa León, Josefina de la Torre y otras creadoras transformaron la cultura española desde la poesía, el pensamiento, la edición, el teatro y las artes.

La fotografía más divulgada de la Generación del 27 está incompleta. No porque falten algunas figuras en un retrato concreto, sino porque el relato posterior redujo una época extraordinariamente fértil a una nómina casi exclusivamente masculina. Mientras los manuales fijaban los nombres de Lorca, Alberti, Salinas, Guillén, Cernuda, Aleixandre o Gerardo Diego, numerosas escritoras, artistas, editoras, actrices e intelectuales quedaban desplazadas hacia las notas al pie. Recuperarlas no consiste en incorporarlas a una lista ya cerrada. Obliga a reconsiderar qué fue realmente el 27 y cómo se construyó su canon.

Una generación más extensa que su nómina

La denominación «Generación del 27» nunca describió un grupo perfectamente delimitado. Sus integrantes no compartieron una sola poética, una ideología común ni una trayectoria histórica semejante. Los unieron ciertas amistades, revistas, editoriales y espacios culturales; la admiración por Góngora; el diálogo entre tradición y vanguardia, y una experiencia colectiva que la Guerra Civil acabaría quebrando. Sin embargo, el acceso a esos espacios no se produjo en condiciones de igualdad.

Una prueba reveladora aparece en las antologías. En la edición ampliada de Poesía española preparada por Gerardo Diego en 1934, Ernestina de Champourcín y Josefina de la Torre fueron las dos únicas mujeres incluidas. Su presencia demuestra que ambas gozaban de reconocimiento contemporáneo; su excepcionalidad, en cambio, descubre el estrechamiento que ya estaba produciéndose en la representación del periodo. La semblanza crítica de Champourcín recuerda que sus libros recibieron reseñas destacadas y que La Gaceta Literaria solicitó en 1930 su opinión sobre la vanguardia junto a la de intelectuales de reconocido prestigio.

No se trataba, por tanto, de autoras desconocidas que la crítica actual haya decidido rescatar por cortesía retrospectiva. Muchas participaron activamente en la cultura de su tiempo. Lo que se interrumpió fue la transmisión de su obra.

Seis trayectorias, seis formas de modernidad

María Zambrano ocupa una posición singular. No fue poeta en el sentido convencional ni su pertenencia al 27 puede equipararse a la de quienes acudieron al homenaje sevillano a Góngora. Su lugar está en la constelación intelectual de la Edad de Plata: las aulas universitarias, Revista de Occidente, las Misiones Pedagógicas, el pensamiento republicano y, más tarde, las revistas del exilio. En Horizonte del liberalismo (1930) comenzó a plantear una reflexión política alejada del dogmatismo; en Filosofía y poesía (1939) examinó la separación occidental entre pensamiento racional y conocimiento poético. La denominada razón poética, desarrollada durante décadas, convirtió la imagen, la memoria y la experiencia interior en formas legítimas de conocimiento. Su proximidad al 27 no fue decorativa: proporcionó una de las formulaciones filosóficas más hondas sobre aquello que la poesía podía revelar.

Concha Méndez representa otra modernidad: la mujer que viaja, practica deporte, conquista el espacio público y rechaza el destino doméstico que su familia había previsto. Inquietudes (1926), Surtidor (1928) y Canciones de mar y tierra (1930) incorporan el mar, el movimiento, el cine, la velocidad y el deseo de independencia. En Niño y sombras (1936), la experiencia de la pérdida de un hijo se convierte en una poesía sobria y desgarrada, sin sentimentalismo complaciente. Méndez fue también editora e impresora. Su trabajo junto a Manuel Altolaguirre resultó decisivo para revistas y colecciones en las que publicaron algunos de los principales autores del periodo. Reducirla a «esposa de» significa borrar no solo a una poeta, sino a una de las personas que hicieron materialmente posibles los libros del 27.

La poesía de Ernestina de Champourcín recorre un camino diferente. En títulos como La voz en el viento (1931) y Cántico inútil (1936), el yo femenino deja de ser objeto contemplado para convertirse en sujeto que desea, interroga y habla. En sus primeras obras confluyen la depuración juanramoniana, la poesía pura y una conciencia amorosa progresivamente emancipada. El exilio mexicano y su posterior orientación religiosa modificaron su escritura, pero no anularon aquella primera búsqueda. Leer únicamente su poesía espiritual supone amputar la complejidad de una trayectoria atravesada por el amor, el destierro, el silencio y el regreso.

María Teresa León fue narradora, ensayista, periodista, dramaturga, directora teatral y organizadora cultural. Durante la República y la guerra asumió una intensa actividad política e intelectual; después conoció el exilio en Francia, Argentina e Italia. Su figura quedó durante demasiado tiempo cubierta por la celebridad de Rafael Alberti. Sin embargo, obras como Contra viento y marea, Juego limpio o Memoria de la melancolía muestran una voz propia. Esta última, publicada en 1970, rebasa la autobiografía privada: reconstruye el destierro, la legalidad republicana perdida y la memoria de quienes quedaron sin lugar en la historia oficial. Su obra convierte el recuerdo personal en responsabilidad colectiva, como ha señalado la investigación dedicada a la memoria en su escritura.

Josefina de la Torre desborda igualmente las clasificaciones. Poeta, actriz, cantante, novelista y profesional del doblaje, transitó entre literatura, escena, cine y radio. Versos y estampas (1927) combina poemas en verso y breves composiciones en prosa vinculadas a la percepción, la infancia y el paisaje insular. No es una curiosidad juvenil: un estudio publicado por la Universidad Complutense ha destacado la audacia formal de esas «estampas» y su relación con la vanguardia. Su trayectoria demuestra, además, que la cultura del 27 no puede comprenderse atendiendo únicamente al libro impreso.

Una red de creadoras, no un apéndice

Alrededor de estas figuras aparecen Rosa Chacel, Carmen Conde, Maruja Mallo, Margarita Manso, Ángeles Santos, Marga Gil Roësset, Remedios Varo, Delhy Tejero o Luisa Carnés. No todas pertenecieron al mismo círculo ni mantuvieron idéntica relación con el 27. Precisamente por eso resultan necesarias: amplían el mapa hacia la novela, el periodismo obrero, la pintura, la escultura, la traducción y las artes escénicas.

Instituciones como el Lyceum Club Femenino, fundado en Madrid en 1926 bajo la dirección de María de Maeztu, ofrecieron a las mujeres un lugar para organizar conferencias, exposiciones, debates y proyectos profesionales. Revistas, imprentas, compañías teatrales y tertulias completaron una red cultural que permitía compartir lecturas y oportunidades. La modernidad no estuvo únicamente en los poemas: también residió en la conquista de esos espacios.

Guerra, exilio y desaparición crítica

La Guerra Civil destruyó buena parte de aquella red. Zambrano, Méndez, Champourcín y León sufrieron largos exilios. Otras creadoras permanecieron en España y soportaron el aislamiento, la censura o la necesidad de refugiarse en géneros considerados menores. Josefina de la Torre recurrió en determinadas etapas a seudónimos y a la narrativa popular, mientras proseguía su actividad artística.

A la fractura política se añadió una desventaja crítica. El trabajo de muchas mujeres quedó explicado mediante sus relaciones familiares: esposa de Alberti, de Altolaguirre o de Juan José Domenchina; hermana de Claudio de la Torre; discípula o amiga de algún escritor reconocido. La relación era cierta, pero su utilización como identidad principal acabó subordinando la obra.

Los límites de «Las Sinsombrero»

La expresión «Las Sinsombrero», popularizada en el siglo XXI, ha resultado eficaz para devolver estos nombres al espacio público. Ha impulsado documentales, reediciones, exposiciones e investigaciones. Pero no fue la denominación que ellas utilizaron para reconocerse como grupo. Aplicarla sin matices puede crear una falsa homogeneidad y convertir una reparación histórica en una nueva etiqueta simplificadora.

La revisión del canon debe avanzar desde la visibilidad hacia la lectura. No basta con afirmar que existieron: es necesario analizar sus libros, establecer ediciones fiables, recuperar correspondencias, estudiar revistas y reconstruir sus intervenciones profesionales. La investigación reciente sobre la ausencia de las mujeres en la historiografía de la Edad de Plata confirma que el problema afecta a la manera misma en que se ha contado la cultura española contemporánea.

Una vigencia que modifica el pasado

Estas creadoras interesan hoy porque sus obras continúan interrogándonos. Zambrano cuestiona los límites de una razón incapaz de comprender el sufrimiento; Méndez reivindica el viaje y la creación como conquistas personales; Champourcín convierte el deseo femenino en voz poética; León transforma la memoria del exilio en conciencia histórica; Josefina de la Torre atraviesa sin complejos las fronteras entre poesía, música, cine y literatura popular.

Su recuperación no completa simplemente una fotografía antigua. Cambia el encuadre. La Generación del 27 deja entonces de parecer una reunión cerrada de poetas varones y se revela como lo que fue: una cultura plural, contradictoria y atravesada por mujeres que escribieron, pensaron, editaron, interpretaron y sostuvieron buena parte de aquella modernidad.

Fuentes y referencias

 

©Susana Diéguez, para