La deshumanización del arte = José Ortega y Gasset

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La deshumanización del arte: mirar de nuevo aquello que ya no quiere parecernos humano

Pocos títulos del pensamiento español han sufrido una interpretación tan inmediata y, al mismo tiempo, tan equívoca como La deshumanización del arte. La fórmula parece anunciar una denuncia: un arte privado de compasión, de vida o de responsabilidad moral. Ortega y Gasset, sin embargo, no escribió una acusación contra las vanguardias, sino una tentativa de comprenderlas. Su ensayo no condena el alejamiento de la representación humana; trata de averiguar qué cambio de sensibilidad lo hizo posible y por qué el arte nuevo provocaba rechazo entre una parte considerable del público.

Publicado originalmente en 1925 junto con Ideas sobre la novela, el libro apareció cuando las vanguardias habían dejado de ser una sucesión de provocaciones aisladas para convertirse en una modificación profunda del lenguaje artístico. En España, aquel año coincidieron la primera exposición de la Sociedad de Artistas Ibéricos y la publicación de Literaturas europeas de vanguardia, de Guillermo de Torre. La Fundación Ortega-Marañón ha señalado, con motivo de su centenario, que el volumen fue decisivo para la recepción española del arte nuevo y produjo efectos en la literatura, la pintura, la música y el teatro. No fue un comentario exterior a las vanguardias, sino uno de los textos que proporcionaron un vocabulario para pensarlas. Fundación Ortega-Marañón

El ensayo parte de una observación social: el arte moderno divide al público. Ante una obra tradicional, las diferencias suelen referirse al grado de satisfacción que produce; ante una obra vanguardista, en cambio, la fractura afecta a su inteligibilidad. Unos espectadores reconocen el código, mientras otros consideran que allí no hay nada que comprender. Ortega convierte esa separación en el punto de partida de su análisis y sostiene que el arte nuevo exige una percepción distinta, menos pendiente de la anécdota humana y más atenta a los procedimientos de la representación.

Este sería, en síntesis, el argumento del libro: durante siglos, buena parte del público se acostumbró a buscar en el arte pasiones, conflictos, paisajes o personajes que pudieran prolongar la experiencia cotidiana. Las vanguardias alteran ese pacto. La obra deja de ofrecer una imitación convincente de la realidad y llama la atención sobre su propia condición de artificio. La metáfora, la deformación, la ironía, el juego y la estilización desplazan el interés desde lo representado hacia la forma de representar. “Deshumanizar” no significa eliminar al ser humano, sino reducir el predominio de aquello que reconocemos como vida ordinaria.

La conocida imagen orteguiana del cristal ayuda a entenderlo: normalmente miramos a través de una ventana para contemplar el paisaje, sin reparar en el vidrio. El arte nuevo obliga a cambiar el enfoque y mirar el propio cristal. La pintura no se limita a mostrar una figura; hace visible el acto de pintar. La poesía no busca únicamente comunicar una emoción; transforma el lenguaje hasta volverlo consciente de sí mismo. La obra ya no funciona como una transparencia que conduce hacia la realidad, sino como un objeto autónomo cuya forma reclama atención.

Esta intuición explica buena parte de la vigencia del ensayo. El formalismo, la abstracción, el cubismo, la poesía pura o la novela que exhibe sus mecanismos encuentran en Ortega una interpretación temprana, escrita cuando sus consecuencias todavía no podían conocerse por completo. También permite comprender algunas búsquedas de la Generación del 27: la depuración verbal, el valor cognoscitivo de la metáfora, el humor, la distancia irónica y la convivencia entre tradición y experimento. Ortega no dictó el programa de aquella generación, pero ayudó a crear el espacio intelectual —especialmente desde Revista de Occidente— en el que sus innovaciones pudieron discutirse.

Formalmente, el libro conserva la viveza del ensayo destinado a intervenir en una conversación pública. La voz no adopta el tono sistemático de un tratado académico. Avanza mediante observaciones, contrastes, ejemplos y analogías visuales; propone hipótesis y las somete a sucesivos desplazamientos. Ortega escribe como quien piensa ante el lector. Su prosa combina precisión conceptual y plasticidad metafórica, aunque en ciertos pasajes su seguridad expositiva convierte una tendencia histórica en diagnóstico general. Esa mezcla de intuición, brillo verbal y voluntad clasificatoria constituye tanto su fuerza como su límite.

El punto más discutible aparece cuando la diferencia estética se convierte en jerarquía social. Ortega distingue entre quienes comprenden el arte nuevo y quienes no pueden acceder a él, y esa oposición entre minoría y mayoría anticipa problemas que desarrollará después en La rebelión de las masas. El ensayo percibe correctamente que toda innovación modifica las condiciones de recepción, pero tiende a interpretar la dificultad como señal de superioridad. Desde una sensibilidad democrática, conviene preguntarse si la incomprensión procede siempre de una incapacidad del público o también de las desigualdades educativas, de los mecanismos de legitimación y de la voluntad de ciertos círculos artísticos de convertir la exclusión en prestigio.

Ahí se encuentra su dimensión ética. La deshumanización del arte no debe recuperarse para aceptar sin reservas la idea de un arte destinado a minorías, sino para discutir qué sucede cuando la experiencia estética se separa de la experiencia común. En nuestro presente, el problema adquiere una forma nueva. La cultura digital favorece imágenes narrativas, emocionales y reconocibles de inmediato; los algoritmos premian la identificación rápida y penalizan aquello que exige demora. Frente a esta corriente, Ortega recuerda que una obra puede pedirnos algo distinto de la empatía: atención a su construcción, conciencia del lenguaje y resistencia ante el consumo automático.

La edición de Austral resulta especialmente útil porque no presenta el ensayo como una pieza aislada. Los textos «¿Una exposición Zuloaga?», «La Gioconda», «Diálogo sobre el arte nuevo», «Ensayo de estética a manera de prólogo» y «Sobre la crítica del arte» permiten seguir la formación y las variaciones del pensamiento estético Orteguiano. La introducción de Valeriano Bozal ayuda, además, a situar su carga polémica y sus relaciones con la estética moderna. El interés del volumen reside precisamente en mostrar un pensamiento en movimiento, no una doctrina cerrada.

Motivo del rescate

Este título merece volver porque enseña a distinguir entre el asunto de una obra y su forma de hacerlo visible.
Su escritura convierte el análisis estético en una experiencia de observación, sin rebajarlo a explicación escolar.
Históricamente, permite reconstruir el diálogo español con las vanguardias y con la sensibilidad de 1925.
Su ausencia de la conversación general ha reducido la «deshumanización» a un eslogan casi siempre mal entendido.
Recuperarlo permite discutir también el elitismo cultural y los límites de la oposición entre minoría y mayoría.
El lector actual encontrará una herramienta para examinar la abstracción, la ironía y la autorreferencialidad.
Encontrará, sobre todo, una defensa incómoda de las obras que no se entregan por completo a la primera mirada.

Quizá el ensayo no afirme que el arte deba abandonar lo humano, sino que lo humano no se agota en reconocernos emocionalmente dentro de una obra. Queda abierta una pregunta: ¿la distancia formal empobrece nuestra experiencia o puede devolvernos una mirada menos previsible sobre la realidad? Releer a Ortega consiste en mantener esa tensión sin convertir su diagnóstico en dogma.

Punto y Seguido: SUSANA DIÉGUEZ