Entre los salones, la moda y los manuales galantes, este pequeño objeto adquirió una extraordinaria capacidad expresiva. Sus supuestos códigos amorosos exigen, sin embargo, separar los documentos de la leyenda.
El Museo del Romanticismo conserva un abanico que perteneció a Carolina Coronado. Tiene varillas de madera pintadas de rosa, plumas de cisne y un reverso de raso salmón. Fechado en el último tercio del siglo XIX, permite acercarse a la presencia social de una escritora y al refinamiento material de su época. Sobrevive el objeto; los movimientos que hizo con él su propietaria se han perdido. Esa distancia entre lo conservado y lo imaginado resulta fundamental para entender su historia. Estudio del Museo del Romanticismo.
Durante los siglos XVIII y XIX, el abanico acompañó conversaciones, visitas y encuentros. Podía atraer la atención o modificar la manera de mostrar el rostro. También se publicaron instrucciones para atribuir significados precisos a sus movimientos. Pero la existencia de esos repertorios no demuestra que las mujeres de Madrid, París o Venecia compartieran un idioma secreto perfectamente establecido. Conviene distinguir la expresividad del gesto de la utilización generalizada de un código.
Antes de cualquier insinuación, el abanico hablaba de quien podía adquirirlo. Los materiales, la decoración y el trabajo artesanal proporcionaban información sobre el gusto y los recursos de su propietario. El Museo del Traje conserva, por ejemplo, un ejemplar francés de 1780-1790 realizado con seda y varillaje de marfil trabajado. Su delicadeza permite comprender cuánto podía alejarse un instrumento para refrescarse de la mera utilidad.
La misma institución explica que, a finales del XVIII, el majismo incorporó el abanico a la imagen castiza. Su asociación con la mujer española se fue asentando dentro de una cultura de la apariencia que combinaba apropiaciones populares y distinción social. Lo que acabaría pareciendo un atributo inseparable de España pertenecía también a una circulación europea de objetos y modas. Museo del Traje: Abanico de baraja, 1890-1914.
El ejemplar de Coronado añade otro matiz: los grandes abanicos de plumas se vinculaban especialmente con las ocasiones nocturnas y la exhibición de lujo. Su presencia en una reunión podía comunicar posición social antes de que nadie intentara descifrar un movimiento.
Hay pruebas materiales de que se propusieron sistemas de comunicación. El British Museum conserva un abanico de 1797 titulado Fanology or the Ladies Conversation Fan, con inscripciones e indicaciones para comunicarse mediante el objeto. Aquí existe algo comprobable: alguien ideó unas reglas y las puso en circulación. Catálogo del British Museum. La diferencia parece pequeña, pero cambia la interpretación. Un juego puede establecer equivalencias entre movimientos y mensajes sin convertirse por ello en una costumbre extendida. Para sostener esto último harían falta testimonios de su aprendizaje y empleo, además del propio impreso.
En Francia, la casa Duvelleroy, fundada en París en 1827, contribuyó a difundir estos repertorios. Sus compradores en París y Londres recibían folletos que relacionaban gestos con mensajes, a menudo dirigidos a posibles pretendientes. El Metropolitan Museum sitúa estas publicaciones entre la promoción comercial y la construcción de una mitología galante. También interpreta los abanicos de conversación dentro de la cultura de los juegos de salón. Metropolitan Museum: el lenguaje del abanico. Cabe leer ahí una promesa comercial muy atractiva: comprar un complemento que ofrecía, además de belleza, la posibilidad de hacerse entender discretamente.
Parte de la leyenda se explica por una lectura equivocada de las fuentes. El historiador del arte Pierre-Henri Biger ha estudiado cómo textos humorísticos y atribuciones erróneas terminaron empleados como pruebas de antiguas costumbres. Uno de los ejemplos más reveladores procede de Joseph Addison. En 1711, una sátira publicada en The Spectator imaginaba una academia donde se enseñaba a manejar el abanico mediante órdenes semejantes a las de una instrucción militar. El procedimiento cómico consistía en tratar aquel accesorio como un arma. Sin embargo, autores posteriores llegaron a presentar esa academia como una institución real.
Biger examina también el supuesto diario de Cleone Knox, situado en 1764-1765. Publicado en 1925, era una ficción de Magdalen King-Hall que llegó a utilizarse como testimonio histórico. Pierre-Henri Biger: Vrais et faux langages de l’éventail. El hallazgo resulta instructivo: una referencia antigua puede ser auténtica y, al mismo tiempo, no describir un hecho sucedido. Antes de convertirla en evidencia conviene reconocer su género, su intención y su trayectoria editorial.
La literatura italiana ofrece una perspectiva especialmente fértil. Carlo Goldoni convirtió el objeto en el centro de El abanico, cuya versión italiana se representó en el Teatro San Luca de Venecia en 1765. Biblioteca de la Universidad de Malta.
Tras romperse el abanico de Candida, Evaristo compra otro y encarga a Giannina que se lo entregue. La intermediación provoca una interpretación equivocada: Candida cree que el regalo está destinado a la propia Giannina. Basta ese desplazamiento para alimentar los celos. El objeto comunica, pero los personajes no comprenden lo mismo. Goldoni, texto de los actos I y II. La comedia permite leer el abanico como un instrumento de relación cuya eficacia depende de quién mira, qué sabe y qué sospecha. No constituye una demostración documental de códigos amorosos; sí ofrece una representación de las tensiones entre intención y apariencia. Además, Goldoni sitúa esa circulación entre personajes de distinta condición. El abanico enlaza el regalo, el comercio y la vigilancia mutua de una comunidad. Su significado excede el encuentro entre dos enamorados.
Podemos imaginar una escena sin convertirla en testimonio: alguien levanta el abanico para ocultar una sonrisa, lo baja cuando desea ser visto o interrumpe su movimiento al escuchar una observación incómoda. Son posibilidades expresivas, no traducciones históricas que debamos memorizar. Esa diferencia protege también a las mujeres del pasado de una simplificación: interpretar cualquier movimiento suyo como una invitación amorosa. El calor, la incomodidad, la distracción y la voluntad de mantener cierta distancia son explicaciones que una lectura exclusivamente galante deja fuera.
Para estudiar una pieza conviene preguntar por sus materiales, su procedencia, las imágenes que contiene y las circunstancias en que se utilizó. Para estudiar un repertorio de señales, por quién lo publicó y con qué propósito. Cada fuente responde a preguntas diferentes. El abanico conserva así un interés que la corrección del mito no reduce. Nos acerca a los oficios, a la presentación pública de las personas y a una sociabilidad pendiente de las apariencias. Su secreto más duradero quizá resida en esa dificultad, todavía familiar, de distinguir entre lo que alguien quiere expresar y lo que los demás desean entender.
PUNTO Y SEGUIDO . Roberto Fernández



