Café en la calle Huertas de Madrid

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DANIEL S. LARDON Diario de un eterno finalista.

He descubierto que uno no entra en ciertos cafés: entra en una versión algo menos áspera de sí mismo. Esta tarde me ha ocurrido en la calle Huertas, en uno de esos locales donde la madera parece haber absorbido conversaciones durante décadas y donde el camarero, sin incurrir en la simpatía, sabe exactamente cuánto tarda un hombre en decidir si pide otro café o se resigna a volver a casa.

Había entrado para matar una hora y salí con la impresión de haber tropezado con una de esas pequeñas fatalidades que, con el tiempo, adoptan la apariencia de una revelación. En la mesa de al lado se sentó un hombre de mi edad, quizá algo mayor, con una americana clara de entretiempo, vencida en los hombros, y una carpeta azul de las que ya casi nadie usa. Llevaba una camisa abierta en el cuello, sin corbata, y tenía el aspecto de quien ha llegado pronto a todas partes y, sin embargo, siempre ha llegado tarde a lo importante. Sacó unos folios, los ordenó, los devolvió a la carpeta y pidió un brandy a una hora impropia, lo que me hizo pensar que quizá se trataba de un poeta o de un enfermo; a veces ambas cosas se confunden.

No tardamos en cruzar esa primera mirada de reconocimiento entre fracasados educados, esa forma de cortesía que consiste en no preguntar demasiado y, aun así, entenderlo casi todo. Fue él quien habló primero. Me preguntó si escribía. Debo de tener cara de eso: de hombre que ha pasado demasiadas horas corrigiendo una frase que nadie leerá con la atención que uno cree merecer. Le dije que sí, aunque cada vez me cuesta más pronunciar esa afirmación sin sentir que exagero o miento. Él sonrió con alivio, como si hubiera encontrado por fin a un cómplice para un delito menor. Me contó que llevaba veinte años terminando novelas y enviándolas a premios. Finalista aquí, mención allá, una carta amable más lejos. Nunca el premio, nunca la publicación decisiva, nunca esa validación externa que, aun despreciándola en voz alta, todos hemos aguardado alguna vez con una mezcla de rencor y de fe.

Le escuché con una atención que no era del todo generosa: estaba escuchándome a mí mismo en otra garganta. Hablaba con esa precisión triste de los hombres que han rehecho muchas veces la misma derrota hasta convertirla en argumento. Dijo algo que se me quedó adherido como el poso del café en la porcelana: “No me duele no haber llegado; me duele haber vivido siempre a la distancia exacta de llegar. Entendí perfectamente lo que quería decir. Hay una humillación específica en rozar las cosas. El fracaso rotundo, al menos, tiene la limpieza de lo indiscutible. Pero ser casi, estar a punto, figurar en listas, recibir elogios tibios, ser “prometedor” a una edad en la que uno ya debería haberse desengañado de las promesas… eso desgasta de una manera mezquina.

Le dije que yo también conocía esa comarca. No entré en detalles. En los cafés uno confiesa mejor lo general que lo íntimo. Hablamos de editores, de suplementos, de la impostura cansada del pequeño mundo literario, de esa costumbre tan española de admirar a los muertos y sospechar de los vivos. No había acritud en él, lo cual me desconcertó. Esperaba el resentimiento y encontré algo peor: una lucidez resignada. Al despedirse, me estrechó la mano con una dignidad que me conmovió. Salió a la calle con una gabardina ligera doblada sobre el brazo, y durante unos segundos pensé que yo podría haber sido perfectamente ese hombre visto desde otra mesa.

Regresé andando hacia Argüelles con una lentitud casi ceremonial. Madrid tenía esa luz de última hora de abril que no embellece nada, pero lo vuelve soportable. Yo mismo iba sólo con una chaqueta ligera, suficiente para la tibieza engañosa de la tarde. A la altura de Moncloa me llamó Marcos.

Con Marcos siempre sucede algo extraño: la distancia le ha dado la familiaridad de los pocos que no exigen presencia. Quizá por eso se ha ido convirtiendo, con los años, en una suerte de confesor laico. Nos vemos de tarde en tarde, según sus viajes y mis inercias, pero hablamos con esa facilidad de quienes no necesitan ponerse al día para retomar lo esencial. Me preguntó qué hacía. Le hablé del café de Huertas y del escritor derrotado. Se rió con esa indulgencia suya, a medio camino entre la ironía y el afecto, y me dijo que al día siguiente estaría en Madrid, aunque sólo unas horas. Sin pensarlo demasiado, quedamos en vernos allí mismo. Comprendí entonces que quería volver a ese café, como si el lugar hubiera quedado investido de una promesa que no sabría formular.

Hoy hemos cumplido la cita. El café seguía siendo el mismo, lo cual ya es bastante pedirle a una ciudad. Marcos venía con ese aire ligeramente extranjero que le dejan los viajes: no es que cambie, es que regresa con capas nuevas. Llevaba una cazadora clara, una camisa remangada y ese aspecto de hombre que ha aprendido a convivir con una maleta cerca sin convertirlo en mérito. Me habló de su último viaje, de estaciones, de hoteles discretos, de teatros pequeños en ciudades que yo apenas sabría situar en un mapa, de un actor rumano que recitaba a Chéjov como si hubiera aprendido el dolor en una lengua prestada. Como siempre, escucharle fue una forma vicaria de moverme del sitio.

Después, sin ceremonia, pasamos de lo pintoresco a lo verdadero. Hablamos de lo humano y de lo divino, que a nuestra edad viene a ser hablar del cuerpo, de la decepción, de los libros que aún nos sostienen y de la sospecha de que el tiempo ya no concede prórrogas generosas. Y entonces le hablé de Clara.

No sé muy bien por qué me cuesta tanto nombrar mis temores sin sentirme vulgar. Le conté, o más bien le insinué, mi inquietud por sus últimos devaneos, por aquella reunión de quince días con su “amigo”, palabra que en determinadas circunstancias pierde la inocencia y adquiere una textura desagradable. Le dije que no había querido insistir, que respeto su intimidad, que uno no puede convertir el amor en una inspección. Pero también le confesé que hay silencios que no protegen nada; sólo agrandan la sombra. Marcos no me ofreció consuelos de repertorio, y se lo agradecí. Dijo que el amor adulto tiene algo de pacto entre dos opacidades, y que el verdadero problema empieza cuando uno deja de saber si respeta al otro o si simplemente teme preguntar. Me pareció una observación cruel y exacta. Yo, que tantas veces he fingido serenidad, noté por un instante el cansancio de sostener una compostura que quizá ya no me representa.

Nos despedimos al caer la tarde. Mientras volvía a casa pensé que, pese a todo, había en estos días una forma modesta de consuelo: un café hallado por azar, una conversación honesta, la posibilidad de decir en voz alta aquello que, dicho a solas, sólo suena a derrota. No es mucho. Pero a ciertas edades uno aprende que no es poco.

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