Leer Mala gente que camina sigue siendo, a mi juicio, una experiencia necesaria porque Benjamín Prado no se limita a contar una historia: se adentra en una de las zonas más turbias de la posguerra española y lo hace desde la literatura, no desde el panfleto. En la sección Por qué leer encaja con naturalidad una novela como esta, que obliga a mirar de frente aquello que durante mucho tiempo se quiso mantener en penumbra. La recomendaría no solo por la gravedad de su asunto —el robo de niños a las presas republicanas—, sino porque Prado consigue convertir la investigación de una memoria herida en una indagación sobre la mentira, la impunidad y la fragilidad del relato histórico.
La novela parte de una pesquisa casi casual. Juan Urbano, profesor de instituto, se interesa por la figura de Dolores Serma, una escritora enigmática vinculada a la Sección Femenina y a Auxilio Social que publicó una sola novela, Óxido, en la que parece asomar, veladamente, una denuncia del expolio de hijos a mujeres republicanas. A partir de ahí, el narrador va tirando de un hilo que no solo le conduce hacia la biografía real de esa autora, sino también hacia un entramado moral e ideológico mucho más amplio, en el que comparecen las imposturas del franquismo y las falsificaciones posteriores con las que algunos intelectuales afectos al régimen trataron de recomponer su imagen pública. Lo que empieza como una curiosidad literaria termina convirtiéndose en una exploración de la podredumbre histórica y de las coartadas con que esa podredumbre se disfraza.
Lo primero que me interesa de Mala gente que camina es su voz. Prado opta por una primera persona que no busca imponerse desde la autoridad, sino avanzar entre dudas, hallazgos, asociaciones y sobresaltos morales. Esa elección es decisiva, porque la novela no pretende presentarse como una reconstrucción cerrada del pasado, sino como el proceso mismo de una conciencia que intenta comprender. Juan Urbano no es un héroe de la memoria, sino alguien que investiga, se equivoca, sospecha y enlaza lecturas con testimonios. Esa modulación de la voz le da al libro un tono conversacional, reflexivo, a menudo digresivo, que en sus mejores momentos resulta muy eficaz: no leemos solo lo que ocurrió, sino cómo alguien se va enfrentando al peso de lo que descubre.
La estructura responde a ese mismo impulso. No es una novela de avance lineal ni de intriga pura, aunque se sostenga sobre un dispositivo de investigación. Prado intercala documentos, evocaciones, comentarios sobre la tradición literaria y pasajes en los que el presente del narrador dialoga con la materia histórica. Ese procedimiento podría haber derivado en un artefacto excesivamente discursivo, pero aquí funciona porque la dispersión está al servicio del sentido: la verdad sobre el franquismo, parece decirnos la novela, no aparece nunca entera ni ordenada, sino fragmentada, contaminada por silencios, interesadamente mutilada. La forma, por tanto, no ilustra solo una historia: reproduce la dificultad misma de acceder a ella.
En cuanto al lenguaje, Prado escribe con una claridad que agradezco. No renuncia a la densidad moral del asunto, pero evita el énfasis solemne. Hay en su prosa una voluntad de precisión, una cadencia ensayística que a veces roza la digresión literaria y periodística, y que encaja bien con el perfil del narrador. No estamos ante una escritura despojada, sino ante una prosa de ideas, llena de conexiones culturales, citas y resonancias, que exige una lectura atenta. A algunos lectores puede parecerles por momentos demasiado explicativa; a mí me parece que esa tendencia forma parte de su apuesta: Prado quiere pensar narrando, no simplemente narrar.
La importancia de la novela se entiende mejor si la situamos en su contexto. Publicada en un momento en que la literatura española volvió a interrogarse con intensidad por la memoria histórica, Mala gente que camina participa de esa conversación, pero introduce un matiz relevante: no se limita a rescatar a las víctimas, sino que examina los mecanismos del encubrimiento y la fabricación de coartadas culturales. Ahí reside buena parte de su potencia ética. La novela no plantea una memoria sentimental, sino una memoria crítica. No busca consolar, sino incomodar. Y esa incomodidad me parece valiosa, porque impide que el pasado quede convertido en un repertorio de tópicos morales manejables.
Mi lectura de la obra pasa precisamente por ahí. Más que una novela sobre un crimen histórico, la leo como una novela sobre la lucha entre relato y verdad. Prado sugiere que el franquismo no solo impuso violencia material, sino también un sistema de ficciones destinado a justificarla y, después, a embellecer a sus cómplices. La figura de Dolores Serma condensa muy bien esa ambigüedad: representa el lugar en que la adhesión al poder, la culpa y la posibilidad de una verdad cifrada se entrecruzan. Por eso el libro no se agota en la denuncia del robo de niños; va más allá y plantea una cuestión incómoda: hasta qué punto la literatura puede revelar lo que la historia oficial ha querido borrar, y hasta qué punto también puede servir para ocultarlo.
Yo leería Mala gente que camina por esa doble condición suya: es una novela de indagación y, al mismo tiempo, una reflexión nada complaciente sobre la responsabilidad de los escritores y sobre el modo en que una sociedad se cuenta a sí misma sus propias vergüenzas. Benjamín Prado acierta al no ofrecer una reparación simbólica fácil. Nos deja, más bien, ante una herida abierta y ante la sospecha de que todavía seguimos viviendo entre versiones amañadas del pasado. Y precisamente por eso su lectura sigue importando.
PUNTO Y SEGUIDO – Marcos Gómez-Puertas



