Liquidación final, de Petros Márkaris (7)

Liquidación final pertenece a esa clase de novela negra que no necesita exagerar la violencia ni recargar la intriga para resultar perturbadora. Me interesa, sobre todo, porque Petros Márkaris convierte la investigación criminal en una forma de leer una sociedad herida. Aquí no hay sólo un asesinato ni una persecución policial: hay un país entero desfondándose moral y materialmente. El comisario Kostas Jaritos, una de las figuras más sólidas de la novela policíaca europea contemporánea, se enfrenta a un asesino que liquida evasores fiscales en una Grecia asfixiada por la crisis. Ese punto de partida, que podría prestarse al panfleto o a la caricatura, Márkaris lo maneja con una lucidez narrativa poco común.

El argumento es, en apariencia, sencillo. Un justiciero comienza a ejecutar a ciudadanos adinerados que han hecho fortuna burlando al fisco mientras el resto del país paga el precio del colapso económico. Jaritos debe detenerlo, aunque el clima social complica la pesquisa: muchos ven en el asesino una suerte de vengador providencial. Al mismo tiempo, la vida privada del comisario acusa los mismos golpes que la vida pública: recortes salariales, incertidumbre familiar, la amenaza de la emigración para los jóvenes. La novela se sitúa en Atenas, pero su verdadero escenario es una Europa en crisis, donde la legalidad parece cada vez menos convincente para quienes sienten que las instituciones han dejado de protegerlos.

Lo que más valoro en Márkaris es su capacidad para trabajar el contexto sin que la novela deje de ser novela negra. No utiliza el crimen como mero artificio argumental, sino como síntoma. En ese sentido, lo emparento con Manuel Vázquez Montalbán, no tanto por afinidades estilísticas inmediatas como por la convicción de que investigar un delito equivale a investigar una época. Como Carvalho, Jaritos no es un héroe abstracto, sino un observador incrédulo y fatigado de la realidad que le ha tocado vivir. También veo en Márkaris algo del mejor Andrea Camilleri: esa facultad para hacer que la vida cotidiana, las conversaciones domésticas y la textura social de una ciudad entren de lleno en la maquinaria del relato criminal. Sin embargo, Márkaris es más seco, menos expansivo, más sobrio en el humor, y cuando ironiza lo hace con una amargura muy particular, nacida del derrumbe colectivo.

Desde el punto de vista formal, la novela destaca por una voz narrativa de gran eficacia. Jaritos cuenta desde una primera persona escueta, observadora, casi administrativa a ratos, pero esa aparente llaneza es engañosa: bajo ella circula una conciencia moral compleja. Márkaris sabe que en la novela negra la voz no debe deslumbrar, sino sostener el mundo narrado. Por eso el estilo renuncia al ornamento y apuesta por una prosa funcional, precisa, de frases limpias, que encaja muy bien con la psicología del comisario. No hay en ella voluntad de brillo, sino de exactitud. Y esa exactitud es una de las formas de la inteligencia literaria.

La estructura responde a un modelo clásico de investigación, pero lo interesante es cómo el caso se va contaminando de debate público. Cada paso de la pesquisa obliga a preguntarse qué significa la justicia en una sociedad donde la desigualdad ha dejado de ser una abstracción para convertirse en humillación diaria. El lenguaje, por su parte, contribuye mucho a esa impresión de verdad: diálogos sobrios, observaciones rápidas, detalles domésticos que humanizan sin ablandar el relato. Márkaris dosifica muy bien la información y evita la tentación del exceso explicativo. Incluso cuando introduce elementos de contexto económico o político, lo hace a través de la experiencia de los personajes, no como si estuviera redactando un informe.

Hay, además, una cuestión ética que me parece central. Liquidación final no se limita a denunciar la corrupción o el fraude fiscal; plantea un conflicto más incómodo: qué ocurre cuando una parte de la ciudadanía empieza a considerar legítima la violencia porque las vías legales parecen inútiles. Esa ambigüedad moral es el verdadero nervio de la novela. Márkaris no absuelve al asesino, pero tampoco lo reduce a monstruo. Comprende demasiado bien el resentimiento del que nace. Y ahí la novela se vuelve especialmente incisiva: nos obliga a reconocer que la degradación económica produce también una degradación del imaginario democrático. Cuando la ley se percibe como instrumento de los poderosos, la tentación justiciera encuentra terreno fértil.

En este punto, la novela negra recupera una de sus mejores tradiciones: no la del enigma puro, sino la de la indagación moral. Márkaris se inscribe en esa línea europea que entiende el género como una herramienta crítica, capaz de interrogar las fracturas del presente. No escribe para ofrecer consuelo ni para repartir coartadas ideológicas. Escribe, más bien, para mostrar hasta qué punto una sociedad puede acostumbrarse al cinismo, y hasta qué punto ese cinismo termina por infectarlo todo: la política, la economía, la familia, incluso la idea misma de justicia.

Mi lectura de Liquidación final pasa por ahí. No la veo sólo como una novela sobre la crisis griega, sino como una reflexión sobre el momento en que la desesperación social empieza a convertir la venganza en espectáculo moralmente aceptable. Esa deriva la hace muy actual y, al mismo tiempo, la sitúa en una tradición reconocible del género negro: la que entiende que el crimen nunca ocurre en el vacío, sino en un ecosistema de intereses, frustraciones y silencios compartidos.

La recomiendo especialmente a lectores de novela negra que busquen algo más que una intriga bien resuelta: una mirada crítica, un detective con espesor humano y una historia donde el delito ilumina, con una claridad incómoda, las grietas de toda una época.

PUNTO Y SEGUIDO – Marcos Gómez-Puertas

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