Música, obras y canciones (III): situación actual, pérdidas y resistencia

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Por el equipo de Punto y Seguido

Nunca como ahora habíamos tenido tanto acceso a la música, y nunca, al mismo tiempo, se había producido una crisis tan profunda de su sentido. En esta era de pantallas y plataformas, de velocidad y volumen, la música ha pasado de ser una experiencia transformadora a un ruido de fondo funcional. ¿Qué se ha perdido por el camino? ¿Qué queda de la música como arte, como educación del alma, como refugio o como lenguaje? ¿Podemos aún reconquistarla?

Entre la saturación sonora y la desafección emocional

El entorno musical contemporáneo está saturado. Las plataformas digitales ofrecen millones de canciones al alcance de cualquier oído, sin barreras económicas ni geográficas. Pero esa abundancia, lejos de enriquecernos, ha generado superficialidad y dispersión. Según un estudio del MIT Media Lab, el 90% de las canciones más reproducidas en Spotify en los últimos cinco años comparten estructuras casi idénticas: introducciones breves, repeticiones constantes, escasos desarrollos armónicos y letras con un vocabulario medio inferior a 200 palabras¹. El problema no es solo estético: es cognitivo y emocional. Al consumir música como un flujo incesante de estímulos, el oyente ya no se detiene, ya no escucha, ya no se conmueve. Se ha perdido el ritual de la escucha activa, que era al mismo tiempo un acto de introspección, de resistencia al ruido del mundo.

El algoritmo como censor invisible

El poder que antes ejercía la crítica especializada, las radios culturales o los festivales de prestigio ha sido sustituido por algoritmos que premian la repetición, no la originalidad; la viralidad, no la calidad. El modelo de recomendación digital privilegia canciones que mantienen al usuario dentro de la plataforma, aunque ello implique ofrecerle siempre lo mismo². Esto ha creado una paradoja inquietante: cuanto más se escucha música, menos se descubre. El usuario medio repite sus listas automatizadas, sin salir de los márgenes que le marca el sistema. Se ha quebrado el vínculo formativo con la música, que antes ensanchaba horizontes y hoy los estrecha.

La música que ya no educa

Durante siglos, la música ha sido un componente esencial en la formación humanista. En la Grecia clásica, era pilar de la educación. En la Edad Media, formaba parte del quadrivium. Hasta hace pocas décadas, conocer a Bach o a Debussy no era una rareza, sino un signo de cultura general. Hoy, la música ha sido desplazada del currículo educativo en muchos países. En España, la LOMCE (2013) redujo drásticamente las horas de música en la enseñanza obligatoria. Aunque la LOMLOE (2020) ha recuperado parcialmente esa presencia, la situación sigue siendo precaria³. Sin educación musical, no hay oído crítico. Sin oído crítico, no hay criterio. Y sin criterio, cualquier producto sonoro se acepta como válido.

Los beneficios perdidos: identidad, emoción, conciencia

Lo que se ha perdido en este proceso es mucho más que armonía o belleza. Se ha perdido:

  • Identidad cultural: la conexión con el folklore, con la música popular de calidad, con las raíces sonoras de cada región.

  • Capacidad emocional: la música ya no acompaña los grandes momentos vitales; ha sido sustituida por playlists genéricas.

  • Conciencia crítica: se ha desactivado la función de la música como vehículo de protesta, de reflexión, de interrogación ética.

Como advierte Simon Reynolds, crítico musical británico, vivimos en una “retromanía”, donde el pasado se repite sin renovación, y el presente sonoro es plano, uniforme, sin vértigo ni sorpresa⁴.

Resistencias activas: músicas que aún importan

Sin embargo, no todo está perdido. En medio de esta mercantilización global, surgen focos de resistencia creativa. En España, artistas como:

  • Silvia Pérez Cruz, con su fusión de jazz, flamenco y música de raíz.

  • María José Llergo, heredera del lamento andaluz con una mirada feminista y contemporánea.

  • Raül Refree, productor y compositor inclasificable.

  • Xoel López, reinventando la canción desde la libertad.

demuestran que la música viva y con sentido sigue existiendo, aunque no suene en los circuitos comerciales.

También hay un renacer de lo analógico: el auge del vinilo, el regreso a los conciertos acústicos, la proliferación de festivales de pequeño formato, donde se recupera el contacto directo entre artista y público.

Educar el oído, rehumanizar el sonido

La solución no es prohibir ni censurar, sino educar el oído, el gusto, la atención. Como escribía Gustav Mahler,

*“Tradición no es la adoración de las cenizas, sino la preservación del fuego”⁵.

Ese fuego, ese respeto por lo bello, por lo complejo, por lo verdadero, debe volver a ser central en la experiencia musical. Urge recuperar la música como parte de la formación integral: que vuelva a estar en las escuelas, en las bibliotecas, en los medios culturales, en los hogares.

La música que aún puede salvarnos

Frente al ruido, la música. Frente al producto, la obra. Frente al consumo, la emoción. La música verdadera —aquella que nace de la necesidad interior, de la lucidez o del dolor— sigue siendo una vía de salvación y sentido. Porque si algo hemos aprendido en esta travesía es que, como sugería el poeta español José Ángel Valente

En el silencio comienza la música verdadera, la que brota desde el fondo inefable de la experiencia interior.

Y quizá por eso, hoy más que nunca, necesitamos aprender a callar, a escuchar, a volver a la música.

Notas al pie:

  1. MIT Media Lab, Musical Repetition in Streaming Platforms, 2021.

  2. Caton, S. & Smith, A., Algorithmic Consumption: Patterns of Discovery and Repetition, Journal of Digital Culture, 2020.

  3. Observatorio Estatal de la Educación Musical en España, informe 2022.

  4. Simon Reynolds, Retromania: la adicción de la cultura pop a su propio pasado, Caja Negra Editora, 2012.

  5. Gustav Mahler, carta a Bruno Walter, 1905. En Bruno Walter: Gustav Mahler, Acantilado, 2003.

  6. José Ángel Valente, El fulgor, Tusquets, 1990.

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