Tras un día agotador en la consulta veterinaria, el doctor Polifemo volvió a casa completamente rendido.
Abrió el armario para coger la bata… y se encontró con un perro de raza indefinida. El animal, al verse sorprendido, reaccionó de manera social: movía la cola con ternura y ofrecía la patita con una educación conmovedora.
Pero, por mucho que el doctor Polifemo le suplicaba que saliera del armario, el perro no quería saber nada.
Confundido, fue a ducharse. Al abrir el armario del baño, otro perro.
En la cocina, uno más, oculto entre las ollas.
Otro en el lavavajillas.
Otro, medio congelado, en la nevera.
Un perrito de lanas se acurrucaba en el rincón de las escobas.
Y un chihuahua cabeceaba dentro del cajón del escritorio.
Llegado a este punto, el doctor Polifemo podría haber llamado al portero para desalojar a los invasores. Pero no era eso lo que su corazón, amante de los perros, le dictaba.
Corrió a la carnicería y compró diez kilos de filetes para alimentar a sus inesperados huéspedes.
Desde entonces, cada día compraba diez kilos de carne.
El carnicero comenzó a sospechar.
Los clientes cuchicheaban.
Y pronto, las calumnias se extendieron como el humo:
—¿No será que el doctor Polifemo tiene espías atónicos en su casa?
—¿O tal vez hace experimentos diabólicos con rodajas de carne y perros diligentes?
El pobre doctor terminó perdiendo toda su clientela.
Y alguien, alimentado por el morbo, acabó llamando a la policía.
El jefe de policía ordenó un registro inmediato.
Y lo que encontraron fue lo que ya se temían…
…un hombre bueno, soportando el escándalo con dignidad, por puro amor a los perros.
© Ana Cachinero



