El invierno oscuro, de Julián Ibáñez (15)

El invierno oscuro, de Julián Ibáñez: la distancia entre burlarse y desobedecer

Un adolescente implicado en la kale borroka sitúa en primer plano la pertenencia familiar, la responsabilidad y el engaño de sentirse a salvo gracias a la ironía.

Hay una forma de obedecer que permite conservar una buena opinión de uno mismo: cumplir las órdenes mientras se piensa que quienes las dan son bastante menos inteligentes. El planteamiento de El invierno oscuro permite explorar esa contradicción. Santi participa en la violencia callejera, pero mantiene sus bromas en privado. Se concede una distancia interior que los demás desconocen. La pregunta incómoda es cuánto vale esa distancia cuando sus actos siguen sirviendo a quienes cree mirar por encima del hombro.

Julián Ibáñez, nacido en Santander en 1940, cuenta con una trayectoria que arranca con La triple dama, publicada en 1980. El invierno oscuro figura en su bibliografía en 2008 y fue recuperada por Unaria en 2017. Dentro de una obra muy vinculada al personaje de Bellón, este título propone otra entrada: un muchacho de dieciséis años que narra su implicación en la kale borroka desde el interior de ese ambiente. [1, 2, 3]

La edad importa. Santi pertenece a una familia abertzale y su incorporación al grupo se presenta, en la sinopsis, como una prolongación natural de ese origen. Precisamente ahí conviene detenerse: lo que un entorno considera natural puede contener una renuncia a decidir. La pertenencia precede a la pregunta por las consecuencias.

Eso tampoco autoriza a identificar el conjunto del nacionalismo vasco con la violencia. El foco de la historia es un recorrido particular de incorporación a ella. Confundir ambos planos empobrecería la lectura y convertiría a los personajes en simples etiquetas políticas.

El rasgo más sugerente de Santi es su humor reservado. No parece entregado sin fisuras a la solemnidad del grupo; sospecha, observa y se ríe para sí. Cabe interpretar esa actitud como una defensa adolescente frente a la autoridad, pero también como una coartada. Saber que algo es absurdo no equivale a negarse a hacerlo. Dicho de manera más llana: darse cuenta de la barbaridad no sirve de mucho si después uno pone su parte para que ocurra.

La presentación de Castelló Negre recoge una valoración de Luis Mateo Díez que destaca la ironía y la escasa convicción del protagonista. Ese dato respalda una lectura centrada en la separación entre adhesión íntima y conducta. [1] El interés del personaje nace de esa grieta: puede obedecerse sin entusiasmo, por costumbre, por presión o por no encontrar el valor de salirse del camino marcado. La falta de fervor no elimina la responsabilidad.

El encargo de vigilar a una mujer modifica la situación inicial. Santi percibe que se trata de algo distinto y posiblemente grave. Aun así, acepta. La vigilancia abre una cuestión que pertenece de lleno a la novela criminal: qué sucede cuando una persona empieza a ser tratada como información útil para otros.

Desde el planteamiento facilitado, puede leerse ese seguimiento como el encuentro entre dos formas de mirar. Para quienes ordenan, la mujer es alguien sobre quien reunir datos; para Santi, que la observa y reflexiona sobre ella, puede empezar a adquirir una existencia que desborda el encargo. No conocemos por la sinopsis el alcance de esa transformación. Sí queda planteado el conflicto entre cumplir una función y reconocer la vida que esa función amenaza.

La intriga contiene, por tanto, una desigualdad de información. Santi ejecuta una tarea cuyo propósito sospecha, aunque no domina. El lector recibe la advertencia de unas consecuencias trágicas, pero ignora cómo se producirán. La tensión puede asentarse en esa distancia entre lo que el muchacho cree controlar y aquello que ya está contribuyendo a desencadenar.

Este interés por el personaje encuentra una referencia útil en las declaraciones del propio Ibáñez. En una entrevista concedida a Diana Segovia Pérez para Almiar, el escritor sitúa el estilo, los protagonistas, los secundarios y los diálogos por delante de la trama entre sus preferencias de lectura. [2] Esa declaración ayuda a contextualizar su concepción del género; comprobar cómo se concreta aquí exige acudir a las páginas de la novela.

También merece atención la palabra «error», con la que la sinopsis anuncia el giro trágico. Un error puede decidir el momento de una catástrofe sin explicar por sí solo las condiciones que la hacen posible. La lectura debería interrogar tanto la equivocación individual como la cadena de órdenes y obediencias en la que se produce. De otro modo, la tragedia correría el riesgo de parecer un accidente aislado.

Ahí se sitúa una exigencia crítica para esta historia: acercarse a la conciencia de Santi debe permitir comprender sus contradicciones sin hacer desaparecer a quienes sufren sus actos. Su juventud y su ingenio explican aspectos del personaje; no bastan para absolverlo.

El invierno oscuro ofrece así un punto de partida fértil para pensar la violencia desde la participación cotidiana y las pequeñas justificaciones personales. Su cuestión más perturbadora está ya en el arranque: cuánto puede engañarse alguien que confunde pensar por su cuenta con actuar libremente. Reírse a escondidas de una orden todavía deja la orden en pie.

Fuentes 

  1. Festival Castelló Negre, presentación de El invierno oscuro en su colección: https://www.castellonegre.es/coleccion-castello-negre/

  2. Diana Segovia Pérez, «Todo Bellón. Entrevista a Julián Ibáñez», Almiar, 30 de enero de 2018: https://margencero.es/almiar/todo-bellon-entrevista-julian-ibanez/

  3. Cuadernos del Laberinto, ficha y bibliografía de Julián Ibáñez: https://www.cuadernosdelaberinto.com/autores/paginas/JULIAN_IBANEZ.html

  4. Librotea, ficha de la edición de Unaria de 2017: https://librotea.eldiario.es/libros/el-invierno-oscuro

© Marcos Gómez-Puertas – Punto y Seguido