Llegóse en esto la sazon y punto en que bajó el señor Monipodio, tan esperado como bien visto de toda aquella virtuosa compañía: parecia de edad de cuarenta y cinco á cuarenta y seis años, alto de cuerpo, moreno de rostro, cejijunto, barbinegro y muy espeso, los ojos hundidos: venia en camisa, y por la abertura de delante descubria un bosque, tanto era el vello que tenia en el pecho: traia cubierta una capa de bayeta casi hasta los piés, en los cuales traia unos zapatos enchancletados; cubríanle las piernas unos zaragüelles de lienzo anchos y largos hasta los tobillos, el sombrero era de los de la ampa, campanudo de copa y tendido de falda; atravesábale un tahalí por espalda y pechos, á do colgaba una espada ancha y corta, á modo de las del perrillo; las manos eran cortas y pelosas, los dedos gordos, y las uñas hembras y remachadas; las piernas no se le parecian, pero los piés eran descomunales de anchos y juanetudos. En efecto, él representaba el mas rústico y disforme bárbaro del mundo. Bajó con él la guia de los dos, y trabándoles de las manos, los presentó ante Monipodio, diciéndole:
—Estos son los dos buenos mancebos que á vuesa merced dije, mip. 98 señor Monipodio; vuesa merced los desamine y verá cómo son dignos de entrar en nuestra congregacion.
—Eso haré yo de muy buena gana, respondió Monipodio.
Olvidábaseme de decir que así como Monipodio bajó, al punto todos los que aguardándole estaban, le hicieron una profunda y larga reverencia, escepto los dos bravos, que á medio mogate, como entre ellos se dice, le quitaron los capelos, y luego volvieron á su paseo. Por una parte del patio y por la otra se paseaba Monipodio, el cual preguntó á los nuevos el ejercicio, la patria y padres.
Á lo cual Rincon respondió:
—El ejercicio ya está dicho, pues venimos ante vuesa merced; la patria no me parece de mucha importancia decirla, ni los padres tampoco, pues no se ha de hacer informacion para recebir algun hábito honroso.
Á lo cual respondió Monipodio:
—Vos, hijo mio, estais en lo cierto, y es cosa muy acertada encubrir eso que decís, porque si la suerte no corriere como debe, no es bien que quede asentado debajo de signo de escribano ni en el libro de las entradas: fulano, hijo de fulano, vecino de tal parte, tal dia le ahorcaron, ó le azotaron, ó otra cosa semejante, que por lo ménos suena mal á los buenos oidos; y así torno á decir que es provechoso documento callar la patria, encubrir los padres y mudar los propios nombres; aunque para entre nosotros no ha de haber nada encubierto, y solo ahora quiero saber los nombres de los dos.
Rincon dijo el suyo, y Cortado tambien.
—Pues de aquí adelante, respondió Monipodio, quiero y es mi voluntad que vos, Rincon, os llameis Rinconete, y vos, Cortado, Cortadillo, que son nombres que asientan como de molde á vuestra edad y á nuestras ordenanzas, debajo de las cuales cae tener necesidad de saber el nombre de los padres de nuestros cofrades, porque tenemos de costumbre de hacer decir cada año ciertas misas por las ánimas de nuestros difuntos y bienhechores, sacando el estupendo para la limosna de quien las dice, de alguna parte de lo que se garbea; y estas tales misas, así dichas como pagadas, dicen que aprovechan á las tales ánimas por via de naufragio: y caen debajo de nuestros bienhechores el procurador que nos defiende, el guro que nos avisa, el verdugo que nos tiene lástima, el que cuando alguno de nosotros va huyendo por la calle, y detras le van dando voces: al ladron, al ladron, deténganle, deténganle, uno se pone en medio, y se opone al raudal de los que le siguen, diciendo: déjenle al cuitado, que harta mala ventura lleva, allá se lo haya, castíguele su pecado; son tambien bienhechoras nuestras las socorridas, que de su sudor nos socorren así en la trena como en las guras; y tambien lo son nuestros padres y madres que nos echan al mundo, y el escribano que si anda de buena, no hay delito que sea culpa, ni culpa á quien se dé muchap. 99 pena; y por todos estos que he dicho, hace nuestra hermandad cada año su adversario con la mayor popa y soledad que podemos.
—Por cierto, dijo Rinconete (ya confirmado con este nombre) que es obra digna del altísimo y profundísimo ingenio que hemos oido decir que vuesa merced, señor Monipodio, tiene; pero nuestros padres aun gozan de la vida; si en ella les alcanzáremos, daremos luego noticia á esta felicísima y abonada confraternidad para que por sus almas se les haga ese naufragio ó tormenta, ó ese adversario que vuesa merced dice, con la solenidad y pompa acostumbrada; si ya no es que se hace con popa y soledad, como tambien apuntó vuesa merced en sus razones.
—Así se hará, ó no quedará de mí pedazo, replicó Monipodio.
Y llamando á la guia, le dijo:
Ven acá, Ganchuelo, ¿están puestas las postas?
—Sí, dijo la guia, que Ganchuelo era su nombre, tres centinelas quedan avizorando, y no hay que temer que nos cojan de sobresalto.
—Volviendo pues á nuestro propósito, dijo Monipodio, querria saber, hijos, lo que sabeis, para daros el oficio y ejercicio conforme á vuestra inclinacion y habilidad.
—Yo, respondió Rinconete, sé un poquito de floreo de villano; entiéndeseme el reten: tengo buena vista para el humillo; juego bien de la sola, de las cuatro y de las ocho; no se me va por piés el raspadillo, berrugueta y el colmillo; éntrome por la boca de lobo como por mi casa, y atreveríame á hacer un tercio de chanza mejor que un tercio de Nápoles, y á dar un astillazo al mas pintado, mejor que dos reales prestados.
—Principios son, dijo Monipodio; pero todas esas son flores de cantueso, viejas y tan usadas, que no hay principiante que no las sepa, y solo sirven para alguno que sea tan blanco que se deje matar de media noche abajo; pero andará el tiempo, y vernos hemos, que asentando sobre ese fundamento media docena de liciones, yo espero en Dios que habeis de salir oficial famoso, y aun quizá maestro.
—Todo se hará para servir á vuesa merced y á los señores cofrades, respondió Rinconete.
—Y vos, Cortadillo, ¿qué sabeis? preguntó Monipodio.
—Yo, respondió Cortadillo, sé la treta que dicen mete dos y saca cinco, y sé dar tiento á una faldriquera con mucha puntualidad y destreza.
—¿Sabeis mas? dijo Monipodio.
—No, por mis grandes pecados, respondió Cortadillo.
—No os aflijais, hijo, replicó Monipodio, que á puerto y á escuela habeis llegado, donde ni os anegaréis, ni dejaréis de salir muy bien aprovechado en todo aquello que mas os conviniere; y en esto del ánimo, ¿cómo os va, hijos?
—¿Cómo nos ha de ir, respondió Rinconete, sino muy bien? ánimo tenemos para acometer cualquiera empresa de las que tocaren á nuestro arte y ejercicio.
—Está bien, replicó Monipodio; pero querria yo que tambien le tuviésedes para sufrir si fuese menester p. 100media docena de ansias, sin desplegar los labios, y sin decir esta boca es mia.
—Ya sabemos aquí, dijo Cortadillo, señor Monipodio, qué quiere decir ansias, y para todo tenemos ánimos, porque no somos tan ignorantes, que no se nos alcance que lo que dice la lengua paga la gorja, y harta merced le hace el cielo al hombre atrevido, por no darle otro título, que le deja en su lengua su vida ó su muerte, como si tuviese mas letras un no que un sí.
—Alto, no es menester mas, dijo á esta sazon Monipodio: digo que sola esta razon me convence, me obliga, me persuade y me fuerza á que desde luego asenteis por cofrades mayores, y que se os sobrelleve el año del noviciado.
—Yo soy dese parecer, dijo uno de los bravos.
Y á una voz lo confirmaron todos los presentes, que toda la plática habian estado escuchando, y pidieron á Monipodio que desde luego les concediese y permitiese gozar de las inmunidades de su cofradía, porque su presencia agradable y su buena plática lo merecia todo.
Él respondió que por dallos contento á todos desde aquel punto se las concedia, advirtiéndoles que las estimasen en mucho, porque era no pagar media anata del primer hurto que hiciesen; no hacer oficios menores en todo aquel año, conviene á saber, no llevar recaudo de ningun hermano mayor á la cárcel ni á la casa de parte de sus contribuyentes; piar el turco puro; hacer banquete cuando, como y adonde quisieren, sin pedir licencia á su mayoral; entrar á la parte desde luego con lo que entrujasen los hermanos mayores, como uno dellos, y otras cosas que ellos tuvieron por merced señaladísima, y los demas con palabras muy comedidas las agradecieron mucho.
Estando en esto, entró un muchacho corriendo y desalentado, y dijo:
—El alguacil de los vagamundos viene encaminado á esta casa; pero no trae consigo gurullada.
—Nadie se alborote, dijo Monipodio, que es amigo, y nunca viene por nuestro daño: sosiéguense, que yo le saldré á hablar.
Todos se sosegaron, que ya estaban algo sobresaltados, y Monipodio salió á la puerta, donde halló al alguacil, con el cual estuvo hablando un rato, y luego volvió á entrar Monipodio, y preguntó:
—¿Á quién le cupo hoy la plaza de San Salvador?
—Á mí, dijo el de la guia.
—Pues ¿cómo, dijo Monipodio, no se me ha manifestado una bolsilla de ámbar, que esta mañana en aquel mismo paraje dió al traste con quince escudos de oro y dos reales de á dos, y no sé cuántos cuartos?
—Verdad es, dijo la guia, que hoy faltó esa bolsa; pero yo no la he tomado, ni puedo imaginar quién la tomase.
—No hay levas conmigo, replicó Monipodio, la bolsa ha de parecer, porque la pide el alguacil, que es amigo, y nos hace mil placeres al año.
Tornó á jurar el mozo que no sabia della: comenzóse á encolerizar Monipodio de manera, que parecia que fuego vivo p. 101lanzaba por los ojos, diciendo:
—Nadie se burle con quebrantar la mas mínima cosa de nuestra órden, que le costará la vida: manifiéstese la cica, y si se encubre por no pagar los derechos, yo le daré enteramente lo que le toca, y pondré lo demas de mi casa, porque en todas maneras ha de ir contento el alguacil.
Tornó de nuevo á jurar el mozo, y á maldecirse, diciendo que él no habia tomado tal bolsa, ni vístola de sus ojos: todo lo cual fué poner mas fuego á la cólera de Monipodio, y dar ocasion á que toda la junta se alborotase, viendo que se rompian sus estatutos y buenas ordenanzas.
Viendo Rinconete pues tanta disension y alboroto, parecióle que seria bien sosegalle y dar contento á su mayor, que reventaba de rabia, y aconsejándose con su amigo Cortadillo, con parecer de entrambos sacó la bolsa del sacristan, y dijo:
—Cese toda cuestion, mis señores, que esta es la bolsa, sin faltarle nada de lo que el alguacil manifiesta, que hoy mi camarada Cortadillo le dió alcance con un pañuelo que al mismo dueño se le quitó por añadidura.
Luego sacó Cortadillo el pañizuelo y lo puso de manifiesto. Viendo lo cual Monipodio, dijo:
—Cortadillo el bueno (que con este título y renombre ha de quedar de aquí adelante) se quede con el pañuelo, y á mi cuenta se queda la satisfaccion deste servicio, y la bolsa se ha de llevar el alguacil, que es de un sacristan pariente suyo, y conviene que se cumpla aquel refran que dice: no es mucho que á quien te da la gallina entera, tú dés una pierna della; mas disimula este buen alguacil en un dia, que nosotros le podemos ni solemos dar en ciento.
De comun consentimiento aprobaron todos la hidalguía de los dos modernos, y la sentencia y parecer de su mayoral, el cual salió á dar la bolsa al alguacil, y Cortadillo se quedó confirmado con el renombre de bueno, bien como si fuera D. Alonso Perez de Guzman el Bueno, que arrojó el cuchillo por los muros de Tarifa para degollar á su único hijo.
Al volver que volvió Monipodio, entraron con él dos mozas, afeitados los rostros, llenos de color los labios y de albayalde los pechos, cubiertas con medios mantos de añascote, llenas de desenfado y desvergüenza: señales claras por donde en viéndolas Rinconete y Cortadillo conocieron que eran de la casa llana, y no se engañaron en nada; y así como entraron se fueron con los brazos abiertos la una á Chiquiznaque y la otra á Maniferro, que estos eran los nombres de los dos bravos; y el de Maniferro era porque traia una mano de hierro en lugar de otra que le habian cortado por justicia: ellos las abrazaron con grande regocijo, y les preguntaron si traian algo con que mojar la canal maestra.
ROBERTO FERNÁNDEZ – Punto y Seguido



