Rinconete y Cortadillo 2- Novela ejemplar de Miguel de Cervantes

No les pareció mal á los dos amigos la relacion del asturianillo, ni les descontentó el oficio, por parecerles que venia como de molde para poder usar el suyo con cubierta y seguridad, por la comodidad que ofrecia de entrar en todas las casas; y luego determinaron de comprar los instrumentos necesarios para usalle, pues lop. 92 podian usar sin exámen: y preguntándole al asturiano qué habian de comprar, les respondió que sendos costales pequeños, limpios, ó nuevos, y cada uno tres espuertas de palma, dos grandes y una pequeña, en las cuales se repartia la carne, pescado y fruta, en el costal el pan, y él les guió donde lo vendian, y ellos del dinero de la galima del frances lo compraron todo; y dentro de dos horas pudieran estar graduados en el nuevo oficio segun les ensayaban las esportillas, y asentaban los costales; avisóles su adalid de los puestos donde habian de acudir: por las mañanas á la carnicería y á la plaza de San Salvador, los dias de pescado á la Pescadería y á la Costanilla, todas las tardes al rio, los juéves á la feria.

Toda esta leccion tomaron bien de memoria, y otro dia bien de mañana se plantaron en la plaza de San Salvador, y apénas hubieron llegado, cuando los rodearon otros mozos del oficio, que por lo flamante de los costales y espuertas vieron ser nuevos en la plaza; hiciéronles mil preguntas, y á todas respondian con discrecion y mesura: en esto llegaron un medio estudiante y un soldado, y convidados de la limpieza de las espuertas de los dos novatos, el que parecia estudiante llamó á Cortado, y el soldado á Rincon.

—En nombre sea de Dios, dijeron ambos.

—Para bien se comience el oficio, dijo Rincon, que vuesa merced me estrena, señor mio.

Á lo cual respondió el soldado:

—La estrena no será mala, porque estoy de ganancia, y soy enamorado, y tengo de hacer hoy banquete á unas amigas de mi señora.

—Pues cargue vuesa merced á su gusto, que ánimo tengo y fuerzas para llevarme toda esta plaza, y aun si fuere menester que ayude á guisallo, lo haré de muy buena voluntad.

Contentóse el soldado de la buena gracia del mozo, y díjole que si queria servir, que él le sacaria de aquel abatido oficio: á lo cual respondió Rincon que por ser aquel el dia primero que le usaba, no le queria dejar tan presto hasta ver á lo ménos lo que tenia de malo ó bueno; y cuando no le contentase, él daba su palabra de servirle á él, y ántes que á un canónigo.

Rióse el soldado, cargóle muy bien, mostróle la casa de su dama para que la supiese de allí adelante, y él no tuviese necesidad, cuando otra vez le enviase, de acompañarle. Rincon prometió fidelidad y buen trato: dióle el soldado tres cuartos, y en un vuelo volvió á la plaza por no perder coyuntura; porque tambien desta diligencia les advirtió el asturiano, y de que cuando llevasen pescado menudo, conviene á saber, albures, ó sardinas, ó acedías, bien podian tomar algunas, y hacerlas la salva, siquiera para el gasto de aquel dia; pero que esto habia de ser con toda sagacidad y advertimiento, porque no se perdiese el crédito, que era lo que mas p. 93importaba en aquel ejercicio.

Por presto que volvió Rincon, ya halló en el mismo puesto á Cortado. Llegóse Cortado á Rincon, y preguntóle que cómo le habia ido. Rincon abrió la mano, y mostróle los tres cuartos. Cortado entró la suya en el seno, y sacó una bolsilla que mostraba haber sido de ámbar en los pasados tiempos; venia algo hinchada, y dijo:

—Con esta me pagó su reverencia del estudiante y con dos cuartos mas; tomadla vos, Rincon, por lo que puede suceder.

Y habiéndosela ya dado secretamente, veis aquí do vuelve el estudiante trasudando y turbado de muerte, y viendo á Cortado le dijo si acaso habia visto una bolsa de tales y tales señas, que con quince escudos de oro en oro, y con tres reales de á dos, y tantos maravedís en cuartos y en ochavos le faltaba, y que le dijese si la habia tomado en el entre tanto que con él habia andado comprando. Á lo cual con estraño disimulo, sin alterarse ni mudarse en nada, respondió Cortado:

—Lo que yo sabré decir desa bolsa es que no debe de estar perdida, si ya no es que vuesa merced la puso á mal recaudo.

—Eso es ello, pecador de mí, respondió el estudiante, que la debí de poner á mal recaudo, pues me la hurtaron.

—Lo mismo digo yo, dijo Cortado: pero para todo hay remedio, si no es para la muerte, y el que vuesa merced podrá tomar es lo primero y principal tener paciencia, que de ménos nos hizo Dios, y un dia viene tras otro dia, y donde las dan las toman, y podria ser que con el tiempo el que llevó la bolsa se viniese á arrepentir, y se la volviese á vuestra merced sahumada.

—El sahumerio le perdonaríamos, respondió el estudiante.

Y Cortado prosiguió diciendo:

—Cuanto mas que cartas de descomunion hay paulinas, y buena diligencia, que es madre de la buenaventura, aunque á la verdad no quisiera yo ser el llevador de la bolsa, porque si es que vuesa merced tiene alguna órden sacra, parecermeia á mí que habia cometido algun grande incesto ó sacrilegio.

—Y ¿cómo que ha cometido sacrilegio? dijo á esto adolorido el estudiante; que puesto caso que yo no soy sacerdote sino sacristan de unas monjas, el dinero de la bolsa era del tercio de una capellanía que me dió á cobrar un sacerdote amigo mio, y es dinero sagrado y bendito.

—Con su pan se lo coma, dijo Rincon á este punto, no le arriendo la ganancia, dia de juicio hay donde todo saldrá, como dicen, en la colada, y entónces se verá quién fué Callejas, y el atrevido que se atrevió á tomar, hurtar y menoscabar el tercio de la capellanía: y ¿cuánto renta cada año, dígame, señor sacristan, por su vida?

—Renta la puta que me parió; y ¡estoy yo agora para decir lo que renta! respondió el sacristan con algun tanto de demasiada cólera: decidme, hermano, si sabeis algo, si no quedad con Dios, que yo la quiero hacer pregonar.

—No me parece mal p. 94remedio ese, dijo Cortado, pero advierta vuesa merced no se le olviden las señas de la bolsa, ni la cantidad puntualmente del dinero que va en ella, que si yerra en un ardite, no parecerá en dias del mundo, y esto le doy por hado.

—No hay que temer deso, respondió el sacristan, que lo tengo mas en la memoria que el tocar de las campanas: no me erraré en un átomo.

Sacó en esto de la faldriquera un pañuelo randado para limpiarse el sudor que llovia de su rostro como de alquitara; y apénas le hubo visto Cortado, cuando le marcó por suyo: y habiéndose ido el sacristan, Cortado le siguió y le alcanzó en las gradas, donde le llamó y le retiró á una parte, y allí le comenzó á decir tantos disparates al modo de lo que llaman bernardinas, cerca del hurto y hallazgo de su bolsa, dándole buenas esperanzas, sin concluir jamas razon que comenzase, que el pobre sacristan estaba embelesado escuchándole; y como no acababa de entender lo que le decia, hacia que le repitiese la razon dos y tres veces.

Estábale mirando Cortado á la cara atentamente, y no quitaba los ojos de sus ojos: el sacristan le miraba de la misma manera, estando colgado de sus palabras: este tan grande embelesamiento dió lugar á Cortado que concluyese su obra, y sutilmente le sacó el pañuelo de la faldriquera, y despidiéndose dél, le dijo que á la tarde procurase de verle en aquel mismo lugar, porque él traia entre ojos que un muchacho de su mismo oficio y de su mismo tamaño, que era algo ladroncillo, le habia tomado la bolsa, y que él se obligaba á saberlo dentro de pocos ó de muchos dias.

Con esto se consoló algo el sacristan, y se despidió de Cortado, el cual se vino donde estaba Rincon, que todo lo habia visto un poco apartado dél, y mas abajo estaba otro mozo de la esportilla que vió todo lo que habia pasado, y cómo Cortado daba el pañuelo á Rincon; y llegándose á ellos les dijo:

—Díganme, señores galanes, ¿voacedes son de mala entrada, ó no?

—No entendemos esa razon, señor galan, respondió Rincon.

—¿Qué, no entrevan, señores murcios? respondió el otro.

—No somos de Teba ni de Murcia, dijo Cortado; si otra cosa quiere, dígala; si no, váyase con Dios.

—¿No lo entienden? dijo el mozo, pues yo se lo daré á entender y á beber con una cuchara de plata: quiero decir, señores ¿si son vuesas mercedes ladrones? mas no sé para qué les pregunto esto, pues sé ya que lo son; mas díganme, ¿cómo no han ido á la aduana del señor Monipodio?

—¿Págase en esta tierra almojarifazgo de ladrones, señor galan? dijo Rincon.

—Si no se paga, respondió el mozo, á lo ménos regístranse ante el señor Monipodio, que es su padre, su maestro y su amparo; y así les aconsejo que vengan conmigo á darle la obediencia, ó si no no se atrevan á hurtar sin su señal, que les costará caro.

—Yo p. 95pensé, dijo Cortado, que el hurtar era oficio libre, horro de pecho y alcabala, y que si se paga es por junto, dando por fiadores á la garganta y á las espaldas; pero pues así es, y en cada tierra hay su uso, guardemos nosotros el desta, que por ser la mas principal del mundo, será el mas acertado de todo él; y así puede vuesa merced guiarnos donde está ese caballero que dice, que ya yo tengo barruntos, segun lo que he oido decir, que es muy calificado y generoso, y ademas hábil en el oficio.

—Y ¿cómo que es calificado, hábil y suficiente? respondió el mozo: eslo tanto, que en cuatro años que ha que tiene el cargo de ser nuestro mayor y padre, no han padecido sino cuatro en el finibusterre, y obra de treinta embesados, y de sesenta y dos en gurapas.

—En verdad, señor, dijo Rincon, que así entendemos esos nombres como volar.

—Comencemos á andar, que yo los iré declarando por el camino, respondió el mozo, con otros algunos que así les conviene saberlos como el pan de la boca.

Y así les fué diciendo y declarando otros nombres, de los que ellos llaman germanescos ó de la germania, en el discurso de su plática, que no fué corta, porque el camino era largo, en el cual dijo Rincon á su guia:

—¿Es vuesa merced por ventura ladron?

—Sí, respondió él, para servir á Dios y á la buena gente, aunque no de los muy cursados, que todavía estoy en el año del noviciado.

Á lo cual respondió Cortado:

—Cosa nueva es para mí, que haya ladrones en el mundo para servir á Dios y á la buena gente.

Á lo cual respondió el mozo:

—Señor, yo no me meto en teologías; lo que sé es que cada uno en su oficio puede alabar á Dios, y mas con la órden que tiene dada Monipodio á todos sus ahijados.

—Sin duda, dijo Rincon, debe de ser buena y santa, pues hace que los ladrones sirvan á Dios.

—Es tan santa y buena, replicó el mozo, que no sé yo si se podrá mejorar en nuestro arte. Él tiene ordenado que de lo que hurtáremos demos alguna cosa ó limosna para el aceite de la lámpara de una imágen muy devota que está en esta ciudad, y en verdad que hemos visto grandes cosas por esta buena obra; porque los dias pasados dieron tres ansias á un cuatrero que habia murciado dos roznos, y con estar flaco y cuartanario, así los sufrió sin cantar, como si fueran nada; y esto atribuimos los del arte á su buena devocion, porque sus fuerzas no eran bastantes para sufrir el primer desconcierto del verdugo: y porque sé que me han de preguntar algunos vocablos de los que he dicho, quiero curarme en salud y decírselo ántes que me lo pregunten: sepan voacedes que cuatrero es ladron de bestias: ansia es el tormento: roznos los asnos, hablando con perdon: primer desconcierto es las primeras vueltas de cordel que da el verdugo: tenemos mas, que rezamos nuestro rosario repartido p. 96en toda la semana, y algunos de nosotros no hurtamos el dia del viérnes, ni tenemos conversacion con mujer que se llame María, el dia del sábado.

—De perlas me parece todo eso, dijo Cortado; pero dígame vuesa merced, ¿hácese otra restitucion, ó otra penitencia mas de la dicha?

—En esto de restituir no hay que hablar, respondió el mozo, porque es cosa imposible por las muchas partes en que se divide lo hurtado, llevando cada uno de los ministros y contrayentes la suya, y así el primer hurtador no puede restituir nada; cuanto mas, que no hay quien nos mande hacer esta diligencia á causa que nunca nos confesamos, y si sacan cartas de descomunion, jamas llegan á nuestra noticia, porque jamas vamos á la iglesia al tiempo que se leen, sino es los dias de jubileo, por la ganancia que nos ofrece el concurso de la mucha gente.

—¿Y con solo eso que hacen, dicen esos señores, dijo Cortado, que su vida es santa y buena?

—Pues ¿qué tiene de mala? replicó el mozo: ¿no es peor ser hereje, ó renegado, ó matar á su padre y madre, ó ser solomico?

—Sodomita querrá decir vuesa merced, respondió Rincon.

—Eso digo, dijo el mozo.

—Todo es malo, replicó Cortado; pero pues nuestra suerte ha querido que entremos en esta cofradía, vuesa merced alargue el paso, que muero por verme con el señor Monipodio, de quien tantas virtudes se cuentan.

—Presto se les cumplirá su deseo, dijo el mozo, que ya desde aquí se descubre su casa: vuesas mercedes se queden á la puerta, que yo entraré á ver si está desocupado, porque estas son las horas cuando él suele dar audiencia.

—En buena sea, dijo Rincon.

Y adelantándose un poco el mozo, entró en una casa no muy buena, sino de muy mala apariencia; y los dos se quedaron esperando á la puerta: él salió luego y los llamó, y ellos entraron, y su guia les mandó esperar en un pequeño patio ladrillado que de puro limpio y aljofifado parecia que vertia carmin de lo mas fino: al un lado estaba un banco de tres piés, y al otro un cántaro desbocado, con un jarrillo encima no ménos falto que el cántaro: á otra parte estaba una estera de enea, y en el medio un tiesto, que en Sevilla llaman maceta de albahaca.

Miraban los mozos atentamente las alhajas de la casa, en tanto que bajaba el señor Monipodio, y viendo que tardaba, se atrevió Rincon á entrar en una sala baja de dos pequeñas que en el patio estaban, y vió en ella dos espadas de esgrima y dos broqueles de corcho pendientes de cuatro clavos, y una arca grande sin tapa ni cosa que la cubriese, y otras tres esteras de enea tendidas por el suelo: en la pared frontera estaba pegada á la pared una imágen de nuestra Señora, destas de mala estampa, y mas abajo pendia una esportilla de palma, y encajada en la pared una almofia blanca, por do coligió Rincon p. 97que la esportilla servia de cepo para limosna, y la almofia de tener agua bendita; y así era la verdad.

Estando en esto entraron en la casa dos mozos de hasta veinte años cada uno, vestidos de estudiantes, y de allí á poco dos de la esportilla y un ciego, y sin hablar palabra ninguna, se comenzaron á pasear por el patio: no tardó mucho cuando entraron dos viejos de bayeta con antojos que los hacian graves y dignos de ser respetados, con sendos rosarios de sonadoras cuentas en las manos: tras ellos entró una vieja halduda, y sin decir nada se fué á la sala, y habiendo tomado agua bendita con grandísima devocion, se puso de rodillas ante la imágen, y al cabo de una buena pieza, habiendo primero besado tres veces el suelo, y levantado los brazos y los ojos al cielo otras tantas, se levantó y echó su limosna en la esportilla, y se salió con los demas al patio. En resolucion, en poco espacio se juntaron en el patio hasta catorce personas de diferentes trajes y oficios: llegaron tambien de los postreros dos bravos y bizarros mozos, de bigotes largos, sombreros de grande falda, cuellos á la valona, medias de color, ligas de gran balumba, espadas de mas de marca, sendos pistoletes cada uno en lugar de dagas, y sus broqueles pendientes de la pretina: los cuales así como entraron, pusieron los ojos al traves en Rincon y Cortado á modo de que los estrañaban y no conocian, y llegándose á ellos les preguntaron si eran de la cofradía. Rincon respondió que sí, y muy servidores de sus mercedes.

Roberto fernández – Punto y Seguido