La librería de viejo

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Daniel S. Lardon – Diario de un eterno finalista

Esta tarde he vuelto a ponerme la chaqueta de pana que dejé en mayo sobre una silla. En un bolsillo he encontrado un recibo del supermercado; en el otro, un caramelo adherido al papel. He tirado ambos y he salido. A finales de septiembre, el otoño empieza así: con una pequeña limpieza que no afecta a nada importante.

He bajado desde Argüelles sin propósito preciso, salvo alejarme del encargo que me esperaba en el ordenador. Un empresario quiere que sus memorias transmitan «humildad sin perder liderazgo». Llevaba toda la mañana intentando que ambas cosas cupieran en una frase.

Entré en la librería porque vi una edición de Baroja en el escaparate. Dentro olía a cartón, madera y una humedad antigua que no llegaba a resultar desagradable. Tras el mostrador, un hombre de pelo gris y jersey azul anotaba cifras en una libreta.

—¿Puedo mirar?

—Para eso están.

Agradecí la ausencia de entusiasmo.

Entre dos diccionarios encontré un volumen delgado, de cubierta ocre. Reconocí el dibujo antes que el título: una ventana trazada por un amigo que entonces creía que los libros pequeños necesitaban ventanas.

Las habitaciones prestadas.

Lo saqué con cuidado.

No era la novela que acabo de publicar, sino aquellos siete relatos que mandé imprimir hace once años. Cuarenta ejemplares pagados con dos traducciones urgentes y un invierno de calefacción escasa. Nunca los he considerado del todo un libro. Según quién preguntara, eran una prueba, un cuaderno o una imprudencia.

Abrí la primera página.

«Para Irene, que siempre encuentra sitio donde los demás solo vemos paredes. Con todo lo que todavía no sé decir. Daniel.»

Debajo, la fecha.

Me quedé mirando mi firma. La había hecho demasiado grande.

—¿Cuánto cuesta?

—Lo pone detrás.

Tres euros, a lápiz.

Pasé el pulgar por el precio, sin borrarlo.

Irene vivió conmigo durante nueve meses, mucho antes de que Clara regresara a mi vida con aquella naturalidad trabajosa de los antiguos compañeros. Restauraba papel y sabía reparar un desgarro sin ocultarlo por completo. Yo admiraba esa paciencia. Después empecé a dar por hecho que también le alcanzaría para mis explicaciones.

Cuando propuso buscar un piso menos pequeño, dije que no era buen momento. Lo dije en febrero, en abril y otra vez después del verano. Aquel otoño, Irene dejó de preguntar.

Recuerdo poco de la última conversación. En cambio, podría dibujar la posición exacta de una caja de libros junto a la puerta. Es una memoria bastante cómoda: conserva los muebles y deja que las palabras se pierdan.

El móvil vibró en el bolsillo. Clara.

Dejé que terminara.

—¿Busca algo más? —preguntó el librero.

—¿Sabe de dónde viene este?

El hombre levantó la vista.

—De un lote.

—¿Una casa?

—Casi todos los libros vienen de una casa.

Cerré el volumen.

—Está dedicado.

—He visto.

—Por el autor.

—Eso parece.

Hubo una pausa.

—Soy yo.

El librero me miró, luego miró la cubierta.

—Pues ya sabe de qué va.

Sonreí a pesar mío.

—No estoy tan seguro.

El hombre dejó el bolígrafo.

—Nicolás —dijo, como si presentarse fuese una concesión suficiente.

—Daniel.

—Eso también lo he visto.

Volví a abrir el libro. Había una mancha de café en la página veintitrés y dos frases subrayadas. Irene solía leer con lápiz, pero no podía atribuirle aquellas marcas. El ejemplar podía haber pasado por otras manos. Me molestó descubrir cuánto deseaba que lo hubiera leído alguien después de ella.

En el último relato encontré una esquina doblada. La deshice y enseguida me arrepentí. Ni siquiera sabía por qué la había doblado su último lector y ya estaba corrigiéndolo.

—¿Venían más libros suyos?

—¿Escritos por usted?

—No. Del mismo lote.

Nicolás se quitó las gafas.

—Compré ocho cajas a una mujer que estaba vaciando un trastero. No le pregunté de quién era cada cosa.

Una mujer. Un trastero. Empecé a construir una explicación con la rapidez con que suelo encontrar defectos en mis manuscritos.

—Quizá se mudaba.

—Quizá.

—O había muerto alguien.

—También.

Nicolás volvió a ponerse las gafas.

—Si quiere saber qué ha pasado con esa persona, tendrá que preguntárselo a esa persona. Aquí vendemos lo que ha llegado.

Miré las estanterías. Seguramente había dedicatorias en muchos de aquellos libros. Promesas, gratitud, afectos escritos en tinta que ahora podía comprar cualquiera. Hasta esta tarde siempre había considerado que un ejemplar de segunda mano ganaba algo con su recorrido. El mío, de pronto, me parecía abandonado.

Me dio vergüenza la diferencia.

El móvil vibró por segunda vez.

Clara otra vez.

Pulsé el botón lateral para silenciarlo. No quería contarle dónde estaba mientras siguiera buscando una versión aceptable de lo ocurrido. Escribo «aceptable» y compruebo que todavía estoy buscando una.

—¿Se lo lleva? —preguntó Nicolás.

—Sí.

Puse una moneda de dos euros y otra de uno sobre el mostrador. Nicolás no hizo descuento. Se lo agradecí: habría soportado mal la compasión y peor una tarifa especial para autores recuperados.

Mientras buscaba una bolsa, recordé una llamada a Marcos durante aquel invierno con Irene. Le había explicado que necesitaba espacio para escribir. Marcos me preguntó cuánto espacio. Respondí en metros cuadrados, aunque los dos sabíamos que hablábamos de otra cosa.

—Sin bolsa —dije.

Nicolás me entregó el libro.

—La semana que viene entra narrativa española. Por si quiere volver.

—Volveré.

No estaba seguro de querer encontrar nada más, pero me gustó que Nicolás no necesitara saberlo.

Me ajusté la chaqueta y fui hacia la puerta. Antes de salir, el teléfono vibró por tercera vez. Clara. Esta vez dejé la mano dentro del bolsillo, quieta, hasta que cesó.

—Hasta luego, Nicolás.

—Buenas tardes.

Al abrir, tuve que apartarme para dejar pasar a una mujer con gabardina clara y un pañuelo verde recogido sin esmero alrededor del cuello.

—Daniel.

Alicia Ferrer llevaba dos libros bajo el brazo. Tardé un instante en reconocerla fuera del marco de sus correos.

—Alicia. Qué casualidad.

—Vengo a menudo. Nicolás me guarda cosas.

Desde el mostrador, el librero intervino:

—Le guardo lo que pide. Las cosas ocupan mucho.

Alicia sonrió y reparó en el libro.

—Ese no lo conozco.

Lo sostuve con la cubierta contra el pecho.

—Es bastante antiguo.

—¿Tuyo?

—Una tentativa.

Alicia esperó. No tenía aquella prisa por ayudarme a terminar las frases que a veces me permite esconderme dentro de ellas.

—Lo he encontrado aquí —añadí.

—¿Puedo verlo?

Se lo entregué. Abrió la primera página, leyó la dedicatoria y levantó los ojos.

—¿Quieres tomar un café?

Estuve a punto de aceptar de inmediato. Alicia estaba allí, disponible, y no tenía que explicarle por qué no había contestado.

Saqué el móvil. Las tres llamadas de Clara seguían en la pantalla.

—Sí —dije—. Pero antes tengo que llamar.

Alicia me devolvió el libro y se apartó junto al escaparate.

Busqué el número de Clara sin volver a guardar el teléfono.

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