En estas latitudes, con temperaturas que rondan los cuarenta grados en verano, no hay manera de terminar un libro. La novela, cuya trama es amena y al alcance de cualquier lector, a medida que avanza, su lectura se convierte en una verdadera carrera de obstáculos. Empiezas con ganas y llegas con suerte a superar veinte primeras páginas de tirón, pero a medida que la temperatura se dispara, aumenta tu irritabilidad y desasosiego. Te levantas una y otra vez en busca de algo refrescante. Vas a la nevera varias veces. Vuelves a la lectura, avanzas diez páginas más, pero el agua que bebiste es ahora sudor que brota, y sientes sus gotas por la frente y la espalda. Eliges otro asiento que se adhiera menos a tu piel, y acabas en una silla de enea. Otras cinco páginas más y ¡hay! empieza a dolerte las lumbares. Su respaldo es demasiado recto, el peso del cuerpo y la espalda no se distribuyen bien. El interés por la novela empieza a decaer. Dejas el libro sobre la mesa y coges el periódico que compraste por la mañana, cuando saliste a por el pan. Echas un vistazo a los titulares, pero solo lees noticias nacionales; tampoco estás para informaciones locales o artículos de opinión.
Enciendes la televisión. No requiere mucho esfuerzo. Movida por una curiosidad insana, quieres enterarte de como sobreviven otros mortales con las olas de calor. Eliges un programa que confirme lo desafortunada que eres, mientras otros con más suerte se sumergen en las aguas de alguna playa de arenas doradas y aguas cristalinas. Efectivamente, estás donde no quieres estar.
Han pasado más de dos horas desde que abandonaste el libro, y la tarde parece un chicle que sigues mascando desganada; ha perdido el sabor. Te acuerdas de aquellas tardes de verano que sabían a fresa intensa, o a hierbabuena, incluso a áspero mentol. Eras joven. Se acababan las clases, y la expectativa de felicidad con que terminabas el curso, se cumplía con creces en los meses de Julio y Agosto. Sin obligaciones, con todas las asignaturas aprobadas, te sentías merecedora de todas las bondades del verano: naturaleza, amigos, libertad. Fuera de la supervisión escolar y del encierro urbano, el tiempo volaba mientras estabas ocupada en vivir un presente en el que sucedían más cosas de las que podías recordar
Subes algo las persianas que te protegen del sol. Un horizonte de toldos y contraventanas cerradas se cierne a tu alrededor. Abres un poco el cristal para confirmar que las unidades externas de los aires acondicionados y el propio asfalto vomitan calor.
¿Leer? Te gustaría volcarte en la lectura, que el tema o la trama tuviera el poder de absorber tu atención, que los hechos contados, las vidas narradas, los pensamientos y experiencias de sus protagonistas pudieran aliviar tu desasosiego… pero la lectura no ha podido sustraerte a las secuelas de las “olas de calor”. Si estuvieras a la orilla del mar, y el tiempo de lectura se acompasará con los vaivenes del oleaje, o si contemplaras la tarde desde el porche en sombra de una casita en la sierra, con una brisa que pase las hojas del libro…, sería diferente.
Cuando ni siquiera la lectura sirve de refugio, cuando solo eres capaz de sentir las consecuencias de un encierro forzado por la irradiación, sin perspectiva de un tiempo menos inclemente en las próximas semanas, anhelas octubre.
Antes no era así. Octubre era la vuelta a la rutina, la vuelta al trabajo, la vuelta a las clases, la vuelta a la responsabilidad. El espaldarazo definitivo a la vida ociosa, libre, desenfadada. En octubre se oscurecía el horizonte y sonaba el despertador. Una sombra cubría el calendario la última semana de septiembre, como si a partir de entonces nada de lo que pasara fuera intenso y mereciera plena atención.
Ahora, que los veranos son tan largos, que la canícula acecha y los vientos secos del desierto son tan frecuentes…, ansiamos el olor a lluvia cercana, la ráfaga de aire fresco que cierre una ventana de golpe, las noches más largas, la sábana que cubra nuestros cuerpos insomnes, y el vuelo de pájaros en desbandada hacia otras latitudes.
Algo impacta en nuestro cerebro cuando finaliza el estío. Algo nos rejuvenece, nos vigoriza, pone todos nuestros sentidos en alerta, como si fuéramos sabuesos que buscan con avidez desenterrar el otoño para impregnarnos de su humedad, de su olor amaderado y reconfortante. No solo el viento empuja las hojas, también esos aires más frescos nos empujan de nuevo hacia los espacios donde habitan los libros. Librerías olvidadas, somnolientas, bibliotecas, libros amontonados “dormitando como pájaros que esperan la mano de nieve que sepa arrancarlos”. Y con ese mismo impulso, y sin salir de tu casa vas en busca de ellos.
Primero echas un vistazo a los libros que están más a la vista, aquellos señalados con un marcapáginas, pero que su lectura quedó abortada cuando el termómetro superó los 38 grados. “Imposible decir adiós” de la coreana y nobel de literatura, Han Kang. ”Un caballero en Moscú” de Amor Towles; “Los europeos” de Fitges; “Maite” la última novela de Ferando Aramburu, entre otros.
Unos estantes más arriba están los libros que resistieron muchas mudanzas, aquellos que conservas, porque los releerás de cuando en cuando. Son novelas que te hicieron crecer, con las que sofocaste la pena, gracias al arrojo y fortaleza de sus personajes. Novelas, quizás trasnochadas en su estilo, pero que conservan la fuerza y la vivacidad con que su autor las creó.
Seguro que este otoño volverás a leer a Flaubert, Galdós, Pio Baroja, Tolstoi… Pero aún tiene que hacer más frío para retomar esa relación. Escuchar el silbido del viento, o que la lluvia se encauce por los canalones de los tejados.
Sigues paseando por los estantes. A la izquierda están los libros de poesía. Juntos y revueltos comparten espacio los contemporáneos, los “novísimos” y los clásicos. Ocupan varias baldas y mientras paseas la vista por ellos, te encuentras con Bécquer y abres sus poemas por la rima VII, la del arpa olvidada y polvorienta. ¿Casualidad? No, no crees en las casualidades. Tenía que ser así, y dócilmente aceptas la señal. ¡Ojalá que este año retomes la poesía! “… y aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no hay que afligirse, porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo…” El poema de Wordsworth vuelve a situar las cosas en su sitio, y se disparan algunos versos sueltos de Rilke, Cernuda, Machado, E. Dickinson, Rosalía. Cumplieron un destino poético. ¡Es tan difícil cumplir un destino poético ¡
Abres un libro de Juan Ramón por una página al azar, y lees el poema como quién abre la carta que esperaba de hace tiempo, con la esperanza de encontrar la palabra precisa, añorada, casi oracular, que desperece y desentumezca de la siesta estival. Receptivo, el poeta sale al encuentro y te dice que “Cada otoño, la vida afirma, en un martirio lento, el ideal.” Sigues leyendo a Juan Ramón, el que años atrás te parecía hermético, parco. Sonríes porque ahora esos versos resuenan como si hubieran llegado hasta ti procedentes de una misma fuente, de un mismo caudal.
Tras los cristales un horizonte de nubes grises y oscuras que tapan el sol. De momento ninguna lluvia; presagios y ramas que se agitan al compás de una sinfonía cercana. Es octubre que llama. Son los libros que esperan.
© Rosario Pérez Blanco.Todos los derechos reservados.



