Las lenguas que deciden qué África leemos

La narrativa africana contemporánea llega a España por caminos desiguales. Ampliar sus lectores exige mirar quién elige los libros, desde qué idioma se traducen y qué lugar se concede a las voces que ya escriben en español.

Si una librería española preparase una mesa de narrativa africana, podría reunir novelas muy distintas. Sin embargo, la mesa difícilmente mostraría la amplitud de las tradiciones, lenguas y generaciones del continente. La cuestión no consiste en reclamar una cuota simbólica ni en suponer que toda novela africana debe explicar África. Consiste en preguntarse qué itinerarios permiten que una obra llegue a la librería y cuáles la dejan fuera antes de que el lector pueda decidir.

Casa África reconoce que el acceso del público español a esa producción sigue siendo limitado por la traducción y por su débil inserción en el mercado del libro. Es un diagnóstico institucional, no un recuento exhaustivo de novedades. Conviene precisar el alcance de «escasa presencia»: hay autores y editoriales que han abierto camino, pero las apariciones dispersas no equivalen a una oferta sostenida, identificable y disponible. Tampoco existe aquí una cifra actual, homogénea y contrastada que permita afirmar qué porcentaje de la narrativa traducida en España procede de África. La base abierta del Index Translationum de la UNESCO reúne datos históricos hasta 2008; usarla como fotografía del mercado español de 2026 sería engañoso.

Inglés y francés son lenguas de creación para numerosos escritores africanos. Sus libros no se vuelven menos africanos por ello: la historia colonial, la enseñanza, las migraciones y las decisiones estéticas intervienen de modos diferentes en cada trayectoria. Traducir esas obras al castellano es indispensable. El problema aparece cuando las redes editoriales consolidadas alrededor de esos dos idiomas se convierten en el principal filtro de descubrimiento y se toma la parte visible por el conjunto. A ese filtro se añade otro: solemos hablar de «literatura africana» como si fuera un género, mientras clasificamos la europea por lenguas, épocas, países y procedimientos narrativos. Una novela escrita en árabe en Sudán, otra en portugués en Mozambique y una tercera en wolof en Senegal no comparten necesariamente conflicto, público ni poética. Reducirlas a una misma expectativa de testimonio, guerra o migración empobrece la lectura tanto como ignorarlas. La pregunta crítica debería ser también qué hace cada obra con su narrador, su sintaxis, sus silencios y su forma de ordenar el tiempo.

España dispone, además, de una puerta que a menudo olvida: la narrativa de Guinea Ecuatorial escrita originalmente en español. Casa África recuerda las novelas de Donato Ndongo-Bidyogo, entre ellas Las tinieblas de tu memoria negra, Los poderes de la tempestad y El metro, y el papel de su Antología de la literatura guineana. En este caso la traducción no es la barrera inicial. La dificultad está en la atención editorial, la enseñanza, la circulación y el reconocimiento de una tradición africana que forma parte de las letras en español. Antes de buscar siempre fuera una novedad traducible, cabe examinar qué autores de esa tradición sabemos leer y mantener a disposición.

La trayectoria de Mia Couto muestra lo que una traducción cuidadosa puede abrir. El Portal digital de Historia de la Traducción en España registra sus ediciones en castellano, desde Cronicando en Txalaparta hasta Tierra sonámbula y otras novelas publicadas por Alfaguara. Couto escribe en portugués, pero transforma esa lengua con invenciones léxicas, ritmos y resonancias de Mozambique. Situarlo simplemente bajo la etiqueta «literatura lusófona» tampoco basta: hay que atender a lo que le hace a ese portugués.

La nota de Eduardo Naval, traductor de Tierra sonámbula, permite entrar en el taller sin fingir una lectura comparada que aquí no se ha realizado. Explica la dificultad de trasladar los matices de la oralidad y los neologismos, y relata una conversación de trabajo con el autor. La proximidad entre portugués y castellano no resolvió por sí sola los problemas. Traducir directamente puede conservar más posibilidades de consulta y comparación con el original; tampoco garantiza una equivalencia perfecta. La calidad depende del tiempo, los recursos y las decisiones concretas del traductor.

El árabe constituye otra vía que no debería quedar subsumida en un bloque indiferenciado. Samahani, del sudanés Abdelaziz Báraka Sakin, apareció en castellano en Armaenia en 2026, con traducción de Salvador Peña Martín. El título procede de una palabra suajili, pero la novela fue escrita en árabe: confundir la lengua de una palabra destacada con la del texto entero sería precisamente el tipo de error que una buena información editorial debe prevenir. El caso recuerda que las novelas también representan territorios plurilingües y que la ficha del libro debería dar al lector una ruta lingüística clara.

Estos ejemplos no demuestran que el portugués o el árabe estén suficientemente atendidos. Muestran, más modestamente, que existen profesionales y catálogos capaces de sostener otras vías. La labor pendiente consiste en convertir los aciertos aislados en continuidad editorial, crítica y bibliotecaria.

El caso de Boubacar Boris Diop hace visible una dificultad distinta. Doomi Golo fue escrito en wolof y llegó al castellano como El libro de los secretos en una coedición de Casa África y Almuzara. Casa África organizó incluso un club de lectura en wolof alrededor del escritor. Importa decir «novela escrita en wolof», porque el idioma elegido forma parte de su proyecto literario. Para valorar la edición española con mayor precisión habría que consultar su página de créditos y establecer la lengua efectiva de partida; las fichas públicas revisadas no permiten certificarla. Esa pregunta, lejos de ser un tecnicismo, forma parte de la lectura responsable.

Hay un ejemplo documentado del uso de una lengua puente, aunque corresponde a un clásico recuperado y no a una novedad contemporánea. Luchar por tierra extraña, de Gebreyesus Hailu, escrito en tigriña, apareció en castellano en 2025. Joseba García Celada explicó que tradujo desde la versión inglesa de Ghirmai Negash y contó con la ayuda de una intérprete de tigriña. El rodeo permitió acceder a una obra que de otro modo quizá habría seguido fuera de circulación. También obliga a explicar las mediaciones: una versión intermedia puede haber resuelto o perdido ambigüedades, registros y asociaciones culturales que después ya no son visibles para quien traduce al castellano.

No hay que condenar toda traducción indirecta. Cuando faltan especialistas, ediciones fiables o recursos, puede ser una solución honrada. Pero la honestidad exige nombrar el idioma original, la versión utilizada, los traductores implicados y, cuando proceda, las consultas realizadas. La transparencia no resta valor al libro; permite entender mejor su viaje. A la vez, contratar una traducción directa del wolof, el suajili, el amhárico o el tigriña exige formar mediadores, remunerarlos y darles calendarios posibles. Pedir diversidad lingüística sin financiar el trabajo que la hace legible solo produce una declaración de intenciones.

Las pequeñas editoriales y los programas públicos han demostrado que pueden corregir una ausencia. Casa África sostiene una colección de traducciones y encuentros con autores. La UNESCO, en su estudio de 2025 sobre la industria del libro africano, insiste en la capacidad de los editores del continente para contar sus propias historias y preservar su diversidad lingüística. Esto invita a colaborar también con editoriales, agentes y traductores radicados allí, en lugar de esperar a que una obra sea validada primero por Londres o París. Es una orientación razonable a partir de esas fuentes, no una receta capaz de suprimir los costes de derechos, distribución y promoción.

Una política editorial viable podría empezar por un catálogo pequeño y estable: varias obras de una misma tradición, reediciones disponibles, buenas notas sobre las lenguas de partida, presencia de los traductores en la conversación pública y encuentros que no reduzcan al autor a portavoz de un continente. Las bibliotecas pueden comprar y programar esas obras; la crítica puede leerlas como literatura y no solo como documentos sociales; los medios podemos identificar la lengua original y revisar nuestras propias etiquetas. También corresponde aceptar el límite económico: una editorial independiente no puede sostener sola todas las traducciones deseables. Las ayudas públicas y las alianzas entre sellos cobran sentido cuando se vinculan a una circulación real de los libros, no únicamente al acto de publicarlos.

Tal vez la prueba más sencilla sea mirar una mesa de novedades y preguntarse qué mapa dibuja. Si solo ofrece nombres ya consagrados en inglés y francés, faltan trayectos. Si incluye alguna rareza traducida pero desaparece al poco tiempo, falta continuidad. Si olvida a los narradores ecuatoguineanos en español, falta memoria cercana. Abrir esa mesa no consiste en buscar una África más «auténtica», sino en admitir que ninguna de sus lenguas puede hablar por todas las demás. La traducción empieza mucho antes de la primera frase vertida al castellano: empieza cuando alguien decide que merece la pena escucharla.

Fuentes consultadas

© PILAR SANTISTEBAN para FIRMAS INVITADAS