Topografías imaginarias: cuando el lugar no existe, pero cuenta

Espacios, escenarios y geografía literaria

A veces, al releer un manuscrito, encontramos calles por las que los personajes pasan sin que nada les ocurra. Hay una plaza, una casa, quizá un río; sabemos dónde están, pero podríamos trasladar la historia a otro sitio sin alterar una sola frase. Entonces el problema no suele ser la escasez de descripciones. Puede que aún no hayamos descubierto qué relación mantienen los personajes con ese lugar. Inventar una ciudad ofrece libertad, pero también plantea una pregunta exigente: ¿qué puede contar ese espacio que no contarían por sí solos los acontecimientos?

Una topografía imaginaria no necesita parecerse a un mapa completo. Necesita, en cambio, adquirir consecuencias. Una cuesta puede retrasar a quien lleva años evitando una visita. Una estación puede dividir el barrio donde se queda una familia del barrio al que aspira a mudarse. Una casa situada frente a otra permite que dos vecinos se vigilen sin hablarse. La distancia, la orientación y los límites dejan de ser datos decorativos cuando intervienen en las decisiones de quienes habitan el relato.

También interviene la memoria. Un solar vacío es solo un solar para quien llega por primera vez; para otra persona puede ser el lugar donde estuvo el cine al que acudía con su padre. La narración no tiene por qué explicar esa historia en cuanto aparece el terreno. Puede dejar que se manifieste más tarde, cuando el personaje cambie de acera para no verlo o se detenga ante una valla nueva. El espacio empieza a contar porque distintas vidas han depositado en él significados incompatibles.

La literatura española ofrece maneras muy distintas de inventar esa relación. Vetusta, la ciudad de La Regenta, transforma Oviedo en un territorio narrativo: permite reconocer una realidad urbana y, al mismo tiempo, contemplarla a través de los nombres, las jerarquías y las miradas que construye la novela. La ficción no borra su vínculo con una ciudad existente; lo convierte en materia de interpretación. La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes sitúa Vetusta en relación con Oviedo.

En Volverás a Región, Juan Benet emprende otra operación. Región es un territorio imaginario en el que el paisaje y los acontecimientos pasados pesan sobre la posibilidad de comprender el presente. No se ofrece como un escenario transparente que el lector pueda recorrer sin dificultad. Su resistencia forma parte de la experiencia de lectura: conocer un lugar, como conocer una historia marcada por la guerra, exige atravesar versiones, recuerdos y zonas oscuras. La ficha de la obra recoge su ambientación en Región.

Ana María Matute, por su parte, construye en Olvidado rey Gudú el reino de Olar. Su geografía acompaña la expansión del poder, los encuentros y las amenazas que rodean al reino. Las tierras no están ahí únicamente para que los personajes viajen: ayudan a imaginar qué desean conquistar, qué desconocen y qué temen. Un mismo lugar inventado puede sostener, por tanto, una exploración social, una memoria difícil o una fábula. No existe una función única para la geografía literaria. La agencia de la autora describe el reino y su paisaje simbólico.

Estos ejemplos pueden despertar una tentación: trazar primero el mapa y confiar en que la historia aparezca después. En algunos proyectos, dibujarlo ayuda a pensar; en otros, acumula calles, fronteras y nombres que el texto nunca llega a necesitar. Tal vez convenga empezar por una relación concreta. ¿Quién conoce una entrada que los demás ignoran? ¿Qué trayecto puede hacer una persona y cuál le está vedado? ¿Hay un edificio al que todos se refieren, aunque nadie quiera acercarse? Cuando surge una respuesta, la forma del lugar empieza a perfilarse a partir de la vida que contiene.

Pensemos en un pueblo inventado junto a un embalse. Una versión del manuscrito podría decir: «El embalse estaba a tres kilómetros y el barrio viejo quedaba al otro lado de la carretera». La información orienta, pero todavía no afecta a nadie. Otra posibilidad sería mostrar a una mujer que, al volver de noche, toma siempre el camino más largo para no pasar junto a la orilla. No sabemos por qué. Quizá una escena posterior revele que allí quedó sumergida la casa de su infancia; quizá descubramos algo completamente distinto. En ambos casos, la geografía ha abierto una pregunta y ha dado forma a una conducta.

Hay, además, una diferencia entre describir un lugar y elegir quién lo describe. Un niño puede recordar las tapias detrás de las cuales se juega. Una conductora de autobús conoce los cruces, las paradas donde nadie sube y los minutos que se pierden cuando llueve. Quien regresa después de veinte años compara cada esquina con otra que ya no existe. El mismo pueblo cambia según la mirada. Si el narrador conoce todos sus secretos y los declara de inmediato, quizá privemos al lector de descubrirlo junto a los personajes. Si sabe demasiado poco, puede que el espacio pierda continuidad. Esa distancia merece una decisión consciente.

También la lengua contribuye a levantar una topografía. Los nombres de las calles, la manera de llamar a una zona y las palabras que usan sus habitantes pueden revelar disputas que ninguna descripción panorámica mostraría. Un barrio figura como «Los Álamos» en los planos del ayuntamiento, pero sus vecinos siguen llamándolo «Las Huertas». Alguien emplea el nombre oficial para presumir de una dirección nueva; otra persona insiste en el antiguo porque recuerda quién vivía allí antes. Conviene escuchar esas diferencias sin convertir cada nombre en un símbolo obligado. A veces, una calle se llama así simplemente porque siempre se ha llamado así. La vida de un lugar incluye también lo que no parece significativo hasta que una historia lo vuelve relevante.

La verosimilitud de un espacio inventado tampoco depende de enumerar todos sus servicios o calcular con exactitud sus dimensiones. Puede nacer de pequeñas continuidades: el puente que obliga a rodear el río, el viento que dificulta una conversación en cierta plaza, el horario del último tren. Si un personaje llega en diez minutos a una casa que antes quedaba a una hora, el lector percibirá la fisura, aunque no disponga de un plano. Revisar esas relaciones es parte de la corrección literaria. Ayuda a comprobar que el mundo ofrece a los personajes las posibilidades y los obstáculos que la narración les atribuye.

Durante la revisión, podemos probar una pregunta sencilla: si sustituyéramos el lugar inventado por uno cualquiera, ¿qué perdería el texto? No es una prueba infalible. Algunas historias requieren un escenario deliberadamente borroso, y un sitio reconocible puede permanecer casi fuera de campo. Pero, si la respuesta es «nada», quizá haya una puerta, un trayecto o una costumbre que todavía no hemos mirado con atención. No haría falta añadir páginas de paisaje. Podría bastar con mostrar qué recuerda alguien al cruzar una plaza y por qué otra persona cruza la misma plaza sin detenerse.

Inventar un lugar permite apartarse de un mapa real, pero no nos libra de observar el mundo. Nos pide atender a cómo vivimos entre distancias, nombres, límites y recuerdos compartidos a medias. Un territorio comienza a existir para el lector cuando sus habitantes lo recorren de maneras distintas y cuando una esquina, que parecía conocida, conserva algo que aún no se ha dicho.

© PILAR SANTISTEBAN . Punto y seguido