Carmen Martín Gaite: la cocina, la merienda y la intimidad de la conversación

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Una taza puede dar tiempo a hablar; una bandeja, ofrecer una salida cuando faltan las palabras. En Carmen Martín Gaite, los gestos domésticos registran distancias que el diálogo disimula. Alrededor de la merienda se negocian la atención y el derecho a tener una vida propia.La cocina conserva recuerdos, pero también obligaciones. Leer estos espacios exige escuchar las confidencias y reconocer cuándo resultan imposibles.

En el capítulo catorce de Entre visillos, Elvira sirve café a Pablo Klein durante una visita en la que están su madre, su hermano Teo y Emilio. Se siente ridícula ejerciendo de anfitriona. Cuando la animan a mostrar sus pinturas, se defiende descalificándolas y rechaza la ocasión de hablar de ellas. Después recoge las tazas; los demás pasan a comentar los viajes de Pablo. Entre visillos, capítulo XIV. La secuencia permite leer algo más que una joven incomprendida. Elvira desea reconocimiento, pero teme exponerse y contribuye a cerrar la conversación que podría acercarla a los otros. Martín Gaite preserva esa contradicción: el malestar tiene causas sociales y también una forma íntima, difícil de explicar.

La cafetera, la cucharilla y la bandeja organizan las posiciones del grupo. Ella atiende y termina retirándose; la conversación continúa sin ella. El cambio de asunto queda marcado por frases breves. La narración hace perceptible la exclusión mediante movimientos y pausas, sin necesitar un discurso explicativo. La merienda ofrece, así, una posibilidad de encuentro que puede fracasar. Compartir una habitación no equivale a disponer de la misma libertad para intervenir en ella.

En El cuarto de atrás, la narradora ofrece té frío con limón al visitante vestido de negro y va a buscar el termo a la cocina. Allí recoge restos de merienda. La acción cotidiana abre una larga exploración del pasado. El capítulo tercero, «Ven pronto a Cúnigan», reúne dos recuerdos que conviene leer juntos. Su madre llevaba la merienda a quienes estudiaban en casa y alentaba la formación de la hija. Frente a ese cuidado, la propaganda de la Sección Femenina imponía un modelo de mujer laboriosa y alegre.

Precisamente aquí aparece un bizcocho. Martín Gaite compara irónicamente la supuesta infalibilidad de una receta —huevos, harina y azúcar en sus proporciones— con la pretensión de fabricar una esposa ejemplar mediante «alegría y actividad». El alimento se convierte en instrumento crítico: una persona no puede ajustarse a una fórmula.

El capítulo también cuestiona las cocinas impersonales y la felicidad doméstica publicitaria. Su lectura permite enlazar la posguerra con la sociedad de consumo: renovar los utensilios no resuelve, por sí solo, quién sirve y quién dispone de tiempo para conversar. El cuarto de atrás, capítulos II y III.

La introducción de Usos amorosos de la postguerra española aporta una clave material. Martín Gaite recuerda el valor extraordinario de una merienda de pan y chocolate durante la escasez y observa cómo el lenguaje del racionamiento pasó a regular también los afectos. Ahorrar, contenerse y no entregarse al placer se convirtieron en consignas que excedían la despensa. Introducción de la autora, reproducida por Anagrama. Conviene, por tanto, separar épocas y situaciones. El hambre de los primeros años cuarenta, las meriendas de ciertos hogares acomodados y las cocinas del consumo posterior no forman una estampa doméstica uniforme. Tampoco un bizcocho con varios huevos, azúcar y aceite debe presentarse como alimento cotidiano al alcance de todas las familias.

Nuestra propuesta pertenece a una cocina actual. Su relación con estas obras es interpretativa: invita a pensar qué ocurre alrededor de lo que se prepara y comparte, sin reconstruir ficticiamente una receta de posguerra. Desde esta perspectiva, la sociabilidad femenina no consiste en una inclinación natural de las mujeres hacia la cocina. Depende de una distribución histórica del espacio, el trabajo y las oportunidades de salir de casa. Entre las paredes domésticas puede nacer una alianza, transmitirse una prohibición o ensayarse una voz propia.

El interés literario está en distinguir esas situaciones. Una visita admite confidencias, pero también fiscaliza; una madre puede sostener los estudios de su hija mientras otras voces la encaminan exclusivamente hacia el matrimonio. La intimidad se construye con atención y margen de libertad. La vajilla, por sí sola, no la concede.

Receta: bizcocho casero de limón

Versión inspirada en el universo doméstico de estas obras. Adaptación basada en la receta documentada de bizcocho de limón de Eva Arguiñano: empleamos yogur natural, fijamos las cantidades en gramos y mililitros y prescindimos de la decoración. El limón es una elección de esta versión, no una característica del bizcocho mencionado por Martín Gaite.

Comensales: 8.

Dificultad: fácil.
Preparación: 15 minutos. Cocción: 40–45 minutos. Enfriado: unos 45 minutos.
Molde: redondo, de 22 cm.

Ingredientes

  • 3 huevos medianos.

  • 200 g de azúcar.

  • 125 g de yogur natural.

  • 100 ml de aceite de oliva suave.

  • 240 g de harina de trigo común, sin levadura incorporada.

  • 16 g de levadura química o impulsor.

  • Ralladura de 1 limón lavado, solo la parte amarilla.

  • 5 ml de aceite para engrasar el molde.

Elaboración

  1. Precalienta el horno a 180 °C, con calor arriba y abajo, sin ventilador. Engrasa el molde y cubre la base con papel de horno.

  2. Bate los huevos con el azúcar durante 3–4 minutos. Incorpora el yogur, el aceite y la ralladura.

  3. Tamiza harina e impulsor. Añádelos y mezcla suavemente hasta que no queden restos secos.

  4. Vierte en el molde y hornea en la zona central durante 40–45 minutos. No abras antes de los 35. Comprueba el centro con una brocheta: debe salir sin masa cruda; prolonga unos minutos si hace falta.

  5. Espera 10 minutos antes de desmoldar y deja enfriar sobre una rejilla.

Notas del redactor

Basta servirlo sin rellenos, con café, té o una infusión sin cafeína. Contiene trigo —gluten—, huevo y leche.

El valor de esta merienda termina de decidirse cuando alguien se sienta. Al regresar a Martín Gaite, la pregunta es quién puede hablar de lo que desea, quién encuentra escucha y quién acaba recogiendo las tazas. Una cocina habitable también debería dejar sitio para la vida de quien la atiende.

Nota de consulta: se han utilizado las versiones digitales de las novelas enlazadas —la de Entre visillos incluye prólogo de Laura Freixas— y la introducción del ensayo publicada por Anagrama. Las localizaciones remiten a capítulos, no a la paginación de una edición impresa.

PUNTO Y SEGUIDO: Andrés López