El perfume, de Patrick Süskind

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La fabricación del deseo y las formas invisibles del poder

Recomiendo la lectura de El perfume en esta sección porque Patrick Süskind logró construir una novela alrededor de un sentido que la literatura suele relegar. El olfato no aparece como un simple recurso descriptivo, sino como una forma de conocimiento, una vía de acceso a la intimidad y un instrumento de dominio. Bajo la apariencia de una narración histórica sobre un asesino excepcional, el libro plantea preguntas todavía vigentes acerca de la identidad, el deseo y la facilidad con que las emociones colectivas pueden ser provocadas y manipuladas.

Jean-Baptiste Grenouille nace en el París del siglo XVIII bajo una doble singularidad. Su cuerpo no desprende ningún olor y, al mismo tiempo, posee un olfato extraordinario, capaz de percibir, separar, clasificar y recordar todos los aromas del mundo. Abandonado desde la infancia y criado entre la miseria, los malos tratos y los trabajos más duros, sobrevive gracias a una resistencia física casi inexplicable. Su encuentro con el universo de la perfumería le permite transformar aquel don en un oficio y comenzar un aprendizaje que lo llevará desde los ambientes más degradados de París hasta los talleres donde se elaboran fragancias destinadas a las clases acomodadas.

Sin embargo, Grenouille no desea únicamente convertirse en un buen perfumista. Su verdadera obsesión nace cuando comprende que determinados seres humanos poseen un aroma capaz de suscitar fascinación. El protagonista quiere capturar esa esencia y crear con ella una fragancia absoluta: un perfume que le conceda la aceptación que su propia naturaleza le niega. Para conseguirlo no reconocerá ningún límite moral. Süskind expone el origen y el desarrollo de esa ambición sin convertir la novela en una investigación policial ni ocultar la identidad del criminal. La tensión no depende de descubrir quién comete los asesinatos, sino de observar hasta dónde puede conducir una inteligencia extraordinaria separada por completo de la empatía.

Uno de los mayores logros del libro reside en la inversión de nuestra manera habitual de percibir el mundo. La narrativa suele privilegiar la vista: describe colores, volúmenes, rostros y movimientos. Süskind desplaza esa jerarquía y organiza la realidad mediante olores. Las personas, los edificios, las calles y los objetos se reconocen por sus emanaciones. París no es una ciudad contemplada desde la distancia, sino un organismo que exhala residuos, alimentos, sudor, enfermedades, animales muertos, aguas estancadas y perfumes. El lector no se limita a imaginar los espacios; casi puede respirarlos.

La abundancia de olores podría haber producido una prosa recargada o meramente ornamental. Süskind evita ese peligro mediante enumeraciones precisas, contrastes inesperados y un vocabulario material que concede presencia física a lo descrito. La traducción española conserva esa riqueza sensorial y la alternancia entre la aspereza de los ambientes miserables y la delicadeza del lenguaje perfumista. La novela demuestra que las palabras pueden sugerir incluso aquello que carece de forma visible.

El narrador en tercera persona observa a Grenouille con una mezcla muy calculada de cercanía, frialdad e ironía. Conocemos su percepción del mundo y seguimos sus razonamientos, pero esa proximidad no pretende despertar comprensión sentimental. El protagonista permanece moralmente distante. Süskind describe sus facultades con admiración técnica, aunque nunca confunde el talento con la bondad. Esta separación resulta fundamental: Grenouille puede crear belleza sin reconocer la humanidad de quienes lo rodean. Su arte no nace del amor por el mundo, sino del deseo de apropiárselo.

La estructura recuerda a la novela de aprendizaje, pero invierte su significado. Grenouille atraviesa distintas etapas, cambia de maestros, adquiere conocimientos y perfecciona una técnica. Cada avance profesional, sin embargo, supone una mayor degradación moral. En lugar de integrarse en la sociedad, aprende a utilizarla. Su educación no lo convierte en una persona más consciente, sino en un manipulador más eficaz. También pueden reconocerse elementos de la picaresca: el nacimiento miserable, la sucesión de amos, la lucha por la supervivencia y el retrato crítico de los distintos grupos sociales. Pero el pícaro tradicional procura encontrar un lugar en el mundo, mientras que Grenouille pretende dominarlo desde su invisibilidad.

Publicada en 1985, El perfume fue la primera novela de Patrick Süskind y continúa siendo la obra central de su trayectoria. En ella aparecen ya varios rasgos que desarrollaría después en La paloma, La historia del señor Sommer y el monólogo El contrabajo: personajes solitarios, existencias gobernadas por una obsesión, espacios que actúan como formas de encierro y una mirada irónica sobre la respetabilidad social. La diferencia está en la amplitud del escenario y en la combinación de géneros. El perfume puede leerse como novela histórica, relato criminal, narración gótica, aprendizaje invertido y fábula filosófica.

La reconstrucción del siglo XVIII tampoco sirve únicamente como decorado. Frente a la imagen de una época guiada por la razón, la novela muestra una sociedad sometida a impulsos primarios, prejuicios y supersticiones. Bajo las ideas ilustradas persiste una humanidad vulnerable a la sugestión. Süskind cuestiona así la confianza excesiva en la autonomía del individuo: los personajes creen actuar libremente, pero sus emociones pueden ser provocadas por una sustancia cuya existencia desconocen.

Encuentro aquí el núcleo ético de la obra. Grenouille descubre que no necesita ser amado de verdad; le basta con fabricar en los demás la reacción externa del amor. El perfume puede suscitar confianza, compasión, deseo o veneración sin que exista una causa moral que justifique esos sentimientos. La apariencia sensorial sustituye a la verdad. De este modo, la novela obliga a preguntarnos cuántas de nuestras adhesiones nacen de un juicio consciente y cuántas responden a mecanismos de seducción que no sabemos identificar.

También conviene señalar una limitación. Las jóvenes perseguidas por Grenouille apenas adquieren individualidad. Las conocemos principalmente a través del olor que despierta la obsesión del protagonista. Esta reducción resulta coherente con su mirada cosificadora, pero puede producir una incomodidad legítima: la narración se detiene mucho más en el perfeccionamiento del asesino que en la vida de sus víctimas. No considero que esa elección invalide la novela, aunque sí exige una lectura que no confunda la fascinación estética con la aceptación moral.

¿Por qué leer El perfume ahora? Porque la historia de Grenouille permite pensar en una sociedad donde el prestigio, la simpatía y el deseo pueden fabricarse mediante estímulos cuidadosamente calculados. En un presente dominado por la imagen pública, los mensajes persuasivos y la construcción artificial de identidades, la novela conserva una inquietante actualidad. Süskind nos recuerda que la seducción más eficaz es aquella que actúa sin ser percibida y que la belleza, cuando se separa de toda responsabilidad, puede convertirse en una forma refinada de violencia.

La razón principal por la que recomiendo su lectura está en esa unión entre imaginación sensorial y lucidez crítica. El perfume propone una experiencia narrativa singular, pero también una reflexión sobre nuestra necesidad de ser aceptados y sobre los peligros de querer obtener por la técnica aquello que solo debería surgir de una relación humana verdadera.

Metadescripción: Análisis de El perfume, de Patrick Süskind: una novela sobre el olfato, la identidad, la seducción y la fabricación del deseo como forma de poder.