El gran frío, de Rosa Ribas y Sabine Hofmann [6]

Rosa Ribas y Sabine Hofmann convierten la España rural de 1956 en un territorio dominado por el caciquismo, la superstición y el silencio

En El gran frío, segunda entrega de la trilogía protagonizada por la periodista Ana Martí, Rosa Ribas y Sabine Hofmann abandonan la Barcelona urbana de Don de lenguas para adentrarse en un pequeño pueblo del Maestrazgo aragonés. El desplazamiento no es meramente geográfico: supone pasar de la vigilancia visible de las instituciones franquistas a una forma de sometimiento más íntima, asentada en el miedo, la dependencia y la aceptación colectiva del abuso.

La novela se sitúa en febrero de 1956, durante una de las olas de frío más intensas del siglo XX en España. El dato histórico no funciona como una simple referencia ambiental. Aquel mes registró temperaturas excepcionalmente bajas, nevadas persistentes e interrupciones de las comunicaciones. Ribas y Hofmann aprovechan esta realidad para construir un espacio cerrado en el que nadie puede entrar ni salir con facilidad.

Ana Martí llega a Las Torres para informar sobre Isabelita, una niña a la que supuestamente han aparecido los estigmas de la Pasión. El cura y el alcalde ven en el fenómeno una oportunidad para atraer peregrinos y sacar al pueblo de su anonimato. La noticia reúne todos los ingredientes del periodismo de sucesos: religión, infancia, misterio y emoción popular. Sin embargo, la reportera comprende pronto que la pretendida santidad es apenas la superficie de una realidad mucho más turbia.

El traslado al mundo rural permite a las autoras explorar otra dimensión de la dictadura. En Barcelona, la censura se ejerce desde los despachos, las redacciones y las comisarías. En Las Torres, el control se encuentra repartido entre el alcalde, el sacerdote, la Guardia Civil y el propietario de las tierras. Todos los vecinos saben quién posee la autoridad y cuáles pueden ser las consecuencias de contrariarla.

La nieve cubre caminos, borra huellas y reduce el horizonte. No embellece el paisaje: lo vuelve amenazador. El frío penetra en las casas, condiciona los movimientos y aumenta la sensación de indefensión. Las propias autoras explicaron que buscaban crear una atmósfera asfixiante que pudiera leerse como metáfora de la España franquista. El encierro meteorológico reproduce así otro aislamiento, más profundo: el de una comunidad apartada del conocimiento y sometida a sus jerarquías tradicionales. Este tratamiento del paisaje aproxima la novela al noir rural. El crimen ya no nace del anonimato de las grandes ciudades, sino de una sociedad donde todos se conocen y, precisamente por ello, todos callan. La proximidad no genera solidaridad, sino vigilancia. Cada vecino conoce una parte de la verdad, pero también sabe cuánto puede perder si decide contarla.

La superstición tampoco aparece como una peculiaridad pintoresca. Es una herramienta de dominación. La exaltación de la “santita” permite que los responsables del pueblo transformen la credulidad colectiva en prestigio, obediencia y eventual provecho económico. Ribas y Hofmann no ridiculizan la fe, pero sí muestran el modo en que puede ser manipulada cuando se combina con la ignorancia, la necesidad y la ausencia de una información libre.

Ana no es una investigadora profesional ni una heroína liberada de las limitaciones de su tiempo. Es una mujer que intenta ejercer el periodismo en un ámbito masculino y bajo una dictadura que vigila tanto lo que se publica como la identidad de quien lo escribe. Después de los acontecimientos de Don de lenguas, ha tenido que abandonar La Vanguardia y trabaja para el semanario de sucesos El Caso, ocultándose tras una firma masculina. Esta fragilidad profesional constituye una de las mayores virtudes del personaje. Ana investiga porque sabe escuchar, observar las contradicciones y reconocer aquello que no encaja en el relato oficial. Pero su acceso a la verdad no garantiza que pueda publicarla. Lleva el censor incorporado a su pensamiento y conoce los eufemismos necesarios para atravesar los filtros de la prensa franquista.

La investigación se convierte, por tanto, en una reflexión sobre los límites del periodismo. Descubrir no basta. Hace falta disponer de un lenguaje capaz de transmitir lo averiguado y de un medio que permita hacerlo. Cuando esas condiciones no existen, el periodista queda atrapado entre la responsabilidad de saber y la imposibilidad de contar.

Ribas y Hofmann modificaron para esta novela el procedimiento seguido en Don de lenguas. La planificación y la revisión continuaron siendo conjuntas, pero Rosa Ribas asumió la mayor parte de la redacción, mientras Sabine Hofmann intervino en determinados capítulos y en el análisis crítico del manuscrito. El resultado mantiene una notable unidad de tono. La prosa es limpia, sobria y contenida. Las autoras evitan convertir la documentación histórica en exhibición y permiten que la época aparezca a través de los diálogos, las ropas, los alimentos, las viviendas, las relaciones laborales y los silencios. Cada personaje se define tanto por lo que dice como por lo que evita nombrar. El suspense avanza mediante una administración paciente de la información. La novela no depende de una sucesión constante de sobresaltos, sino de la creciente sospecha de que el pueblo entero protege algo. Los testimonios parciales, las hostilidades y los recuerdos incompletos forman una red que Ana debe interpretar sin saber en quién puede confiar.

Lectura crítica

El gran frío es más convincente como novela negra de carácter social que como simple intriga sobre unos supuestos estigmas. Su principal logro reside en mostrar que la violencia no necesita permanecer oculta cuando el poder ha conseguido que una comunidad la considere inevitable. El verdadero enigma no consiste únicamente en averiguar qué ocurrió, sino en comprender por qué tantos vecinos han aprendido a convivir con lo intolerable. Algunos personajes vinculados a las autoridades responden deliberadamente a figuras reconocibles de la España rural —el cacique, el alcalde, el cura— y pueden resultar menos complejos que Ana o que los habitantes situados en los márgenes. Sin embargo, esa concentración de poderes ayuda a representar la estructura cerrada de la comunidad. La novela no afirma que todos sean igualmente culpables, pero sí examina los distintos grados de responsabilidad: actuar, consentir, beneficiarse o guardar silencio.

Aunque puede leerse de forma independiente, conviene comenzar por Don de lenguas, donde se presentan Ana Martí, su entorno familiar y las dificultades de una periodista en la Barcelona de 1952. El gran frío constituye después la entrega más sombría y claustrofóbica de la serie. Azul marino, ambientada en 1959, cierra el recorrido por una década en la que el régimen comienza a modificar su apariencia sin renunciar a sus mecanismos de control.

Ribas y Hofmann utilizan el género negro para iluminar las zonas que la historia oficial prefirió mantener en sombra. En El gran frío, la nieve no purifica ni oculta por completo: conserva las huellas de una sociedad en la que la verdad resulta peligrosa y el silencio se ha convertido en una forma cotidiana de supervivencia.

Fuentes 

PUNTO Y SEGUIDO – MARCOS GÓMEZ PUERTAS