A veces cierro un libro y me quedo mirando a la pared durante minutos, completamente desarmada, sin saber muy bien cómo regresar al mundo real. Eso mismo me ha pasado cuando he leído El balcón en invierno de Luis Landero casi de un tirón. Al cerrar la última página, me ha inundado una mezcla de tristeza, nostalgia y una extraña desconexión con mi presente. Si alguna vez has sentido ese vacío ensordecedor al terminar una lectura intensa, quiero decirte algo: no estás loco, ni eres un exagerado. Lo que experimentamos en esos momentos es pura «resaca literaria» y, en el fondo, una de las razones más hermosas por las cuales inventamos la literatura.
Landero no solo escribe; escarba en la tierra de la memoria compartida. Tras reflexionar mucho sobre el torbellino que se ha desatado en mi cabeza y en mi corazón, he logrado entender por qué una simple historia en papel puede revolucionarnos de una forma tan brutal.
Cuando me sumerjo en una novela tan sensorial y autobiográfica como la de Landero, mi cerebro no procesa las palabras como meros datos informáticos. Está demostrado que cuando leemos sobre el olor a tierra mojada, el frío de la mañana o el dolor de una pérdida, en nuestra mente se activan exactamente las mismas áreas que si lo estuviéramos viviendo en carne propia.
Al terminar el libro, sentí que había vivido una vida entera en apenas unas horas. Por eso, el final se siente como un duelo real. De repente, dejé atrás un universo donde estaba segura, profundamente acompañada por esos personajes. El silencio que queda al cerrar la última página es, literalmente, ensordecedor.
Landero tiene una capacidad magistral para evocar el mundo rural, la sencillez y la dureza de la niñez de antes. Pero lo fascinante es que, mientras leía su vida, el libro empezó a actuar como una llave maestra en mi propio interior, abriendo de golpe los cajones de mis recuerdos más íntimos.
Esos detalles del campo, las dinámicas familiares, el ritmo pausado del tiempo en la infancia… todo eso estaba latente en mí. El autor solo tiró del hilo y trajo a la superficie mi propia niñez, mi casa y a los míos. Me di cuenta de que no estaba llorando solo por el libro de Landero; estaba llorando por mi propia historia, utilizando sus palabras como un refugio.
La palabra «nostalgia» viene del griego nóstos (regreso a casa) y álgos (dolor). Es, literalmente, el sufrimiento de no poder regresar. Y claro que duele. Duele porque extrañamos a los que ya no están y a la persona que fuimos en esos escenarios del pasado.
Sin embargo, he aprendido a ver la magia detrás de este bajón: si duele y nos hace llorar, es porque amamos mucho. Esa tristeza es el tributo que le pagamos al amor que tuvimos y que nos dieron. Estar hecha polvo tras una lectura es la prueba viva de que nuestra capacidad de sentir, de recordar y de honrar nuestras raíces sigue completamente intacta.
Si hoy te encuentras en ese mismo punto tras haber cerrado un libro que te ha calado hasta los huesos, mi consejo es que no luches contra el sentimiento. No intentes animarte a la fuerza. Quédate un rato ahí. Tómate un café o una infusión caliente, mira por la ventana y deja que los recuerdos de los tuyos te acompañen.
Llorar por el pasado y por nuestra casa no es retroceder; es volver a abrazar a los nuestros por un momento a través del tiempo. Has tenido un encuentro frontal con el arte de verdad. Mañana el dolor se mitigará y prometo que solo quedará una ternura muy dulce.
© KIKA SUREDA para RESEÑAS (Mayo 2026)



