Summa vitae: la insumisión verbal de José Manuel Caballero Bonald
Hay poetas cuya obra puede leerse como una biografía moral, aunque no porque cuenten su vida de una manera confesional o transparente, sino porque en cada uno de sus libros queda fijada una forma de estar en el mundo. Eso es lo que yo encuentro en Summa vitae, de José Manuel Caballero Bonald: no un balance apaciguado ni una recopilación destinada a clausurar un recorrido, sino la persistencia de una voz que ha hecho de la disidencia expresiva una manera de conocimiento. El título, en ese sentido, no debe engañarnos. No alude, a mi juicio, a una voluntad de cierre ni a la administración serena de una herencia, sino a una tentativa de reunir, bajo una forma verbal extrema, las tensiones principales de una vida que sólo parece inteligible cuando entra en combustión con el lenguaje.
Caballero Bonald ocupa un lugar singular dentro de la poesía española de la segunda mitad del siglo XX. Se le suele inscribir, con razón histórica, en la llamada generación del 50, pero muy pronto se advierte que esa clasificación resulta insuficiente. Participa de algunos de sus impulsos —la conciencia histórica, la experiencia como materia de escritura, el rechazo de los idealismos abstractos—, pero su poética se desplaza hacia otro territorio, menos comunicativo en el sentido habitual del término y mucho más exigente en su concepción del poema como espacio de resistencia verbal. En él no hay una confianza inmediata en la claridad, ni una voluntad de transparencia entendida como virtud cívica del estilo. Hay, por el contrario, una sospecha de fondo: la de que la realidad no se deja decir sin fricción, sin espesura, sin rodeo, y la de que sólo una lengua tensada hasta su límite puede aspirar a rozar algo verdadero.
Ésa es, para mí, la primera clave de lectura de Summa vitae: no se trata de una poesía que represente el mundo, sino de una poesía que lo discute a través de la sintaxis, del ritmo, de la elección léxica, de la densidad metafórica. El poema no viene después de una experiencia previa que pudiera formularse de otro modo; el poema es la experiencia misma en su fase más rigurosa. Caballero Bonald no escribe para embellecer una vivencia ni para hacerla compartible de manera inmediata. Escribe para someterla a una prueba de lenguaje. Y de esa prueba salen, muchas veces, no certezas, sino residuos, iluminaciones parciales, zonas de ambigüedad irreductible. De ahí que su poesía resulte tan ajena a cualquier sentimentalismo complaciente. Incluso cuando trata asuntos biográficos, elegíacos o memoriales, lo hace sin abandonar nunca esa vigilancia crítica que impide que la emoción se convierta en mercancía expresiva.
En el plano formal, Summa vitae ofrece con claridad algunos de los rasgos mayores de la escritura de Caballero Bonald. El primero de ellos es la conciencia de la frase poética como unidad de presión. Sus versos rara vez se abandonan a una música fácil o a una linealidad expositiva. Lo que domina es una sintaxis de avance complejo, hecha de encabalgamientos significativos, de subordinaciones que demoran el sentido, de inflexiones que obligan al lector a rehacer constantemente el trayecto de la frase. Esa dificultad no es ornamento. Forma parte del pensamiento del poema. Leer a Caballero Bonald exige aceptar que el sentido no está dado de una vez, sino que se construye en el forcejeo con una materia verbal deliberadamente espesa. Su retórica, tan mencionada a veces de manera simplificadora, no consiste en el exceso decorativo, sino en una manera de recordar que toda relación con lo real está mediada por la palabra y que, por tanto, el poema debe hacerse responsable de esa mediación.
Esa responsabilidad verbal explica también la riqueza léxica de su escritura. En Caballero Bonald el vocabulario nunca es neutro. Las palabras parecen elegidas no sólo por su valor denotativo, sino por su espesor histórico, por su capacidad de resonancia, por la memoria literaria que arrastran. Hay en su lengua un sedimento culto evidente, pero sería un error reducirlo a culturalismo. No estamos ante un poeta que exhiba su biblioteca; estamos ante un poeta que ha interiorizado una tradición y la hace trabajar dentro del poema como energía activa. De ahí las afinidades que suelen señalarse con Góngora y con Juan de Mena, y que me parecen pertinentes si se entienden bien. No se trata de una imitación arqueológica ni de una devoción manierista. Lo que Caballero Bonald hereda de esa línea no es un repertorio de adornos, sino una convicción decisiva: que el lenguaje puede ser un instrumento de complejidad cognitiva, que la oscuridad relativa no es una tara, sino a veces la forma más honesta de representar una realidad intrincada, desgarrada, resistente al esquematismo.
Ahora bien, esa filiación barroca convive con otras modulaciones. En algunos momentos asoma una sequedad moral que recuerda ciertas entonaciones de Quevedo; en otros, una soltura melódica, una flexibilidad rítmica que remite de lejos a la lección de Lope. Pero incluso esos ecos quedan absorbidos por una voz inconfundible, reconocible por su gravedad sin énfasis y por una manera muy propia de convertir la memoria en un campo de litigio. Porque si algo atraviesa Summa vitae de principio a fin es la idea de que recordar no equivale a restaurar. La memoria, en Caballero Bonald, no es un refugio ni un almacén de fidelidades intactas. Es una zona de incertidumbre, una reescritura continua, una conciencia de pérdida atravesada por el deseo y por la impugnación. Lo vivido sólo regresa deformado por la lengua, y esa deformación no empobrece la verdad del recuerdo: la vuelve más exacta en términos poéticos.
A mí me interesa especialmente la dimensión ética que se desprende de esa operación formal. Caballero Bonald pertenece a una tradición de escritores para quienes la literatura no puede desligarse de una posición moral ante el mundo, pero su ética no adopta casi nunca la forma de la proclama. No es una poesía de tesis ni de mensaje. Su disconformidad se inscribe en la propia estructura del decir. Hay una negativa persistente a aceptar las convenciones del discurso dócil, a plegarse a la simplificación, a hablar desde un lugar pacificado. Esa negativa es ya, en sí misma, una forma de resistencia. Y quizá por eso la obra de Caballero Bonald resulta tan valiosa en un tiempo como el nuestro, tan inclinado a confundir inteligibilidad con simplificación y comunicación con consumo rápido de consignas emotivas.
La condición ética de esta poesía se percibe también en su tratamiento del yo. Aunque la primera persona comparece con fuerza, no lo hace para instalar una autoridad incontestable ni para teatralizar una intimidad reconocible en los términos habituales de la confesión contemporánea. El yo de Caballero Bonald es un lugar problemático, a veces escindido, atravesado por la conciencia de su propia inestabilidad. No hay narcisismo autocomplaciente, sino examen, sospecha, desmontaje. La subjetividad aparece como un campo de contradicciones donde se cruzan la experiencia histórica, la memoria personal, la culpa, el deseo, la lucidez y la degradación. Por eso sus poemas, incluso cuando parten de lo vivido, evitan el tono testimonial en sentido estrecho. Lo que importa no es la anécdota del sujeto, sino la forma en que esa anécdota se transforma en conocimiento verbal.
Desde esa perspectiva, Summa vitae puede leerse como la confirmación de una fidelidad: la fidelidad a una idea alta de la escritura. Digo “alta” no en un sentido jerárquico ni decorativo, sino en el sentido de exigente. Caballero Bonald no rebaja nunca el listón de su lengua para hacerse más accesible, y esa decisión tiene consecuencias estéticas y también morales. Frente a la banalización de la dicción poética, frente al empobrecimiento expresivo que tantas veces se celebra como cercanía, su obra recuerda que la dificultad puede ser hospitalaria cuando responde a una necesidad interna y no a una pose. Lo complejo, en su caso, no expulsa al lector; le pide que lea de verdad, que desacelere, que acepte la literatura como una forma no trivial de atención.
Esa exigencia lo vincula, por otra parte, con una de las herencias más fecundas de la generación del 27. Cuando pensamos en el 27 solemos atender, con razón, a su capacidad de articular tradición y vanguardia, cultura popular y alta elaboración, música y pensamiento. Pero a veces olvidamos algo decisivo: que muchos de sus autores entendieron la forma como una ética de la precisión. No se trataba sólo de innovar o de restaurar una tradición culta, sino de encontrar para cada experiencia una estructura verbal irreductible. En Caballero Bonald, aunque pertenezca a una promoción posterior y a un contexto histórico distinto, pervive esa lección. De Jorge Guillén a Vicente Aleixandre, de Cernuda a Alberti —cada uno en su registro— hay una conciencia intensa de que el poema es un artefacto verbal donde se juega una verdad que no existe antes de su formulación. Caballero Bonald hereda esa convicción y la somete a la intemperie moral de la posguerra, del desencanto histórico, de la experiencia del deterioro y de la crítica de las imposturas sociales.
Por eso su escritura puede situarse, a mi entender, en un cruce especialmente fértil entre la tradición del 27, la conciencia crítica del 50 y una radicalización muy personal del barroco como método de conocimiento. Esa posición híbrida le permite escapar de las reducciones escolares. No es sólo un poeta de la experiencia histórica, ni sólo un heredero de los clásicos, ni sólo un virtuoso del idioma. Es un escritor que ha hecho del idioma el lugar donde la experiencia histórica se vuelve formalmente conflictiva. Y ahí reside buena parte de su importancia.
La cita de Mariano Antolín Rato con la que se presenta el libro acierta en un punto que conviene tomar en serio: Caballero Bonald encarna una poesía “poco pura”, si por pureza entendemos el aislamiento de la palabra respecto de la materia conflictiva de la vida. En su obra la vida entra con sus impurezas: la violencia, el deseo, la corrupción, la memoria quebrada, la conciencia de finitud, la decepción política, la insatisfacción ante lo real. Pero esa impureza no desemboca nunca en el descuido. Al contrario: exige una elaboración extrema. El poema aparece entonces como una forma de no capitular ante lo indecente del mundo, de no asumirlo con la pasividad del discurso ordinario. Hay, en ese gesto, una rara mezcla de elegancia verbal y rebeldía moral. Y esa mezcla, cuando es auténtica, produce una de las experiencias más intensas que puede ofrecernos la poesía contemporánea.
No creo, en suma, que Summa vitae deba leerse como una simple culminación retrospectiva. Prefiero entenderlo como una reafirmación de principios: la convicción de que la poesía sigue siendo un espacio de riesgo verbal; la certeza de que la memoria sólo merece ese nombre cuando se interroga a sí misma; la negativa a separar estética y ética; la fidelidad a una lengua capaz de volverse conocimiento, herida, resistencia. Caballero Bonald no facilita nunca el camino, pero precisamente por eso deja una huella más duradera. Sus poemas no se agotan en la primera lectura ni buscan ser inmediatamente asimilados. Permanecen. Incomodan. Vuelven. Y esa persistencia es uno de los signos más fiables de su verdad.
Para los lectores de Hojas Sueltas, dentro de este Especial Centenario de la generación del 27, la lectura de Summa vitae me parece no sólo recomendable, sino necesaria. Necesaria porque permite entender que la herencia del 27 no es una reliquia conmemorativa, sino una energía todavía activa cuando pasa por una voz capaz de asumirla críticamente; y necesaria también porque nos recuerda que la poesía española de verdad importante no se limita a cantar o a contar, sino que piensa en el interior mismo de la música verbal. Acercarse a Caballero Bonald es, todavía hoy, una manera exigente y fértil de defender la literatura frente a toda simplificación.
PUNTO Y SEGUIDO – Pilar Santisteban
GALAXIA GUTENBERG – Selección y prólogo de Jenaro Talens
Colección: Serie mayor
ISBN: 978-84-8109-681-1
Publicado: 1/6/2007
Páginas: 340



