El proceso creativo no es lineal: avances, bloqueos y desvíos

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Escribir a trompicones

Hay una superstición tenaz sobre la escritura: la de que un texto nace cuando una idea clara encuentra una voluntad disciplinada y avanza, de principio a fin, como una flecha. Esa imagen tranquiliza, porque convierte la creación en un itinerario reconocible: primero se concibe, luego se ordena, después se redacta y, por último, se corrige. Pero casi nunca escribimos así. Yo, al menos, no conozco a ningún autor serio que trabaje de ese modo de forma constante. Lo habitual es otra cosa: avances parciales, detenciones, cambios de tono, desvíos argumentales, páginas enteras que solo sirven para descubrir qué no debía hacerse. La escritura, cuando de verdad está viva, no progresa en línea recta; tantea, retrocede, se enreda, corrige y vuelve a empezar.

Conviene decirlo sin dramatismo. No se trata de romantizar el bloqueo ni de convertir la inseguridad en un fetiche. Se trata de asumir una evidencia filológica y estilística: el lenguaje no se nos entrega hecho. Pensar y escribir no son dos operaciones sucesivas, sino dos movimientos que se corrigen mutuamente. Muchas veces no escribimos para volcar una idea previa, sino para averiguar qué pensamos de verdad, qué ritmo pide una escena, qué registro soporta una voz narradora o qué sintaxis puede alojar una vacilación sin empobrecerla. Por eso el proceso creativo es irregular. Y por eso también los mejores textos suelen conservar, aunque sea ya muy trabajada, la memoria de sus vacilaciones.

La tradición literaria española ha sabido representar muy bien ese carácter oblicuo de la escritura. No solo en ensayos o poéticas, también en la textura misma de la prosa. Un ejemplo especialmente fértil sigue siendo Javier Marías. El arranque de Corazón tan blanco —“No he querido saber, pero he sabido” (Javier Marías, Corazón tan blanco, Alfaguara, 1992)— condensa en ocho palabras una poética de la conciencia no lineal. La frase no avanza limpiamente desde la ignorancia al conocimiento, sino que instala una contradicción: la voluntad de no saber y el hecho irreversible de haber sabido. La cito porque me interesa su función argumentativa: esa torsión sintáctica muestra que la experiencia humana, y con ella la narración, rara vez se deja ordenar como una secuencia estable. La escritura de Marías trabaja precisamente ahí, en el lugar donde una frase piensa a contrapelo de sí misma y donde el discurso incorpora la resistencia de lo real.

Ese procedimiento no es solo temático; es estilístico. La sintaxis dilatada, las subordinaciones, las rectificaciones y los incisos no son una ornamentación culta, sino la forma adecuada para representar un pensamiento que no llega al mundo ya resuelto. En términos filológicos, podríamos decir que la frase extensa cumple una función cognitiva: no adorna la idea, la produce. De ahí que los llamados “desvíos” de la prosa —las digresiones, las repeticiones moduladas, los rodeos— sean con frecuencia el verdadero centro del trabajo literario. Lo que parece apartarse del asunto, en realidad lo está construyendo.

Algo parecido ocurre en una tradición distinta, más ensayística y autorreflexiva, como la de Carmen Martín Gaite. En El cuento de nunca acabar (Anagrama, 1983), la autora desarrolla una idea decisiva para entender la escritura como proceso: escribir implica buscar interlocutor, incluso cuando ese interlocutor no está presente. Prefiero aquí parafrasearla antes que arriesgar una literalidad dudosa: Martín Gaite sostiene que la narración no nace de un monólogo autosuficiente, sino de una necesidad de conversación, de respuesta, de escucha imaginada. Esa observación me parece central porque desplaza la imagen solitaria y heroica del escritor. Si escribir es, en parte, construir la figura de quien puede recibir lo escrito, entonces el proceso no es lineal por una razón de fondo: uno avanza probando distancias, ajustando tonos, corrigiendo énfasis para que la voz encuentre a su destinatario. La reescritura no llega después; está ya dentro del primer impulso.

Rosa Montero ha trabajado esa misma intuición desde otro ángulo, más pegado a la experiencia material del oficio. En La loca de la casa (Alfaguara, 2003), vuelve una y otra vez sobre la mezcla de memoria, invención, miedo y método que sostiene cualquier escritura. De nuevo prefiero la paráfrasis precisa a una cita insegura: Montero insiste en que la imaginación no funciona como una máquina obediente, sino como una potencia desordenada, caprichosa, a veces fértil y a veces esquiva. La utilidad de esa idea es doble. Por una parte, nos libra del prejuicio escolar según el cual escribir bien consiste únicamente en dominar una técnica. Por otra, nos recuerda que la técnica sigue siendo necesaria: no para evitar el desorden, sino para darle forma. La escritura madura no elimina la inestabilidad; aprende a trabajar con ella.

Este punto es importante porque en el debate contemporáneo se confunden dos cosas. Una es la defensa legítima del trabajo, de la rutina, de la corrección paciente. Otra, muy distinta, es la fe ingenua en que basta con aplicar un procedimiento para que el texto se resuelva. Ninguna novela importante, ningún ensayo de largo aliento, ninguna prosa con verdadera respiración sale adelante por mera aplicación de una receta. La planificación ayuda; el esquema orienta; la documentación sostiene. Pero hay un momento en que el texto exige otra clase de atención: la que escucha lo que está ocurriendo dentro de la frase. Y ahí reaparecen los bloqueos, que no siempre son esterilidad. A veces el bloqueo es una forma de lucidez: el indicio de que la voz elegida no sirve, de que el punto de vista falsea el material o de que el tono aún no ha encontrado su temperatura verbal.

Enrique Vila-Matas ha hecho de esa zona un territorio literario propio. En Bartleby y compañía (Anagrama, 2000), no solo tematiza la interrupción y la imposibilidad de escribir, sino que convierte esa imposibilidad en estructura. El libro avanza por notas, comentarios, desvíos y referencias que parecen girar alrededor de un vacío central. No es un vacío improductivo: es una forma de conocimiento. Lo relevante, para el asunto que me ocupa, es que Vila-Matas desmonta la idea del texto como desarrollo lineal y lo sustituye por una escritura de aproximaciones, de ecos, de rodeos deliberados. El argumento no progresa como una demostración cerrada, sino como una constelación. Y esa forma, lejos de ser un capricho posmoderno, refleja una verdad del trabajo creador: muchas veces solo podemos cercar un problema, no resolverlo de una vez.

Algo semejante, aunque en un registro más sobrio y más atento a la experiencia moral de la prosa, aparece en Antonio Muñoz Molina. Sus ensayos y artículos —pienso en libros como Pura alegría (Seix Barral, 1998) o Todo lo que era sólido (Seix Barral, 2013)— insisten en la escritura como disciplina de observación y de ajuste verbal. En su caso, el desvío no se presenta como exuberancia, sino como una exigencia de precisión. La frase vuelve sobre sí, matiza, corrige, porque nombrar con exactitud obliga a desconfiar de la primera formulación. Y aquí aparece una lección estilística decisiva: la corrección no es un trámite higiénico, sino una fase de pensamiento. Reescribir es averiguar qué sobra, pero también qué falta; no solo recortar, también encontrar la palabra que aún no había aparecido.

La filología, bien entendida, ayuda mucho a desmontar la falsa oposición entre inspiración y trabajo. Las palabras tienen historia, registros, usos sedimentados, valores afectivos y ritmos de época. Quien escribe no manipula piezas neutras: trabaja con materiales cargados de memoria. Por eso el proceso se desvía. A veces una palabra aparentemente correcta arrastra una connotación impropia y obliga a rehacer un párrafo entero; otras veces una construcción sintáctica demasiado simétrica esteriliza una voz que necesitaba un poco de aspereza. No hay linealidad posible cuando el idioma mismo ofrece resistencias, bifurcaciones, alternativas de tono. Escribir consiste también en escuchar esa resistencia.

No es casual que algunos de los mejores aforismos españoles sobre escritura formulen esta tensión entre forma, verdad y corrección. Antonio Machado dejó una frase que sigue siendo utilísima para cualquiera que escriba: “Se miente más de la cuenta por falta de fantasía: también la verdad se inventa” (Antonio Machado, Juan de Mairena, Espasa-Calpe, 1936). Aunque no pertenezca al grupo de los contemporáneos, la cito porque su función argumentativa es nítida: la verdad literaria no se opone a la invención; depende de una forma inventiva capaz de encontrarla. Del mismo modo, Juan Ramón Jiménez condensó toda una ética de la revisión en un verso mínimo y memorable: “No le toques ya más, / que así es la rosa” (Juan Ramón Jiménez, Eternidades, Calleja, 1918). Lo traigo aquí no como adorno, sino como advertencia técnica: el proceso no lineal incluye también el momento de detenerse, de reconocer que seguir corrigiendo puede empobrecer lo vivo del texto.

Entre esos dos polos —la necesidad de inventar para decir verdad y la necesidad de saber cuándo detener la mano— se juega casi todo el oficio. La escritura avanza a trompicones porque no busca solo comunicar; busca forma. Y la forma no aparece al principio como un molde externo, sino al final de muchas pruebas, de muchas versiones descartadas, de mucho trabajo invisible. He visto borradores que parecían perdidos y terminaban encontrando su centro gracias a un cambio de persona verbal; artículos enteros que no arrancaban hasta que se desplazaba el primer párrafo al final; reseñas que ganaban claridad cuando renunciaban a exhibir lectura y aceptaban, por fin, una sintaxis más respirable. Nada de eso es excepcional. Es, en realidad, la normalidad del oficio.

Por eso me cuesta creer en la retórica de la fluidez permanente. Desconfío de la idea de que un buen escritor es quien nunca se atasca. Más bien diría lo contrario: un escritor aprende a leer sus atascos. Aprende a distinguir el bloqueo banal —cansancio, dispersión, prisa— del bloqueo fértil, que anuncia una insuficiencia formal. Aprende también que desviarse no siempre es perderse. A veces el rodeo salva al texto de la obviedad; a veces una digresión descubre el nervio secreto del argumento; a veces una página fallida es el precio necesario para escribir después una página justa.

Escribir, en fin, no se parece a seguir una carretera despejada, sino a abrir paso entre materiales que se resisten, se ofrecen y se transforman mientras los trabajamos. Esa es su dificultad, pero también su dignidad. Cuando el proceso deja de ser lineal, no fracasa: empieza de verdad. Y quizá la madurez literaria consista justamente en aceptar esa condición sin impaciencia y sin épica, con la mezcla de rigor y humildad que exige todo trabajo serio con el lenguaje. Yo no conozco una definición mejor del oficio.

PUNTO Y SEGUIDO – Pilar Santisteban

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